Yana

LA FOTOGRAFÍA

El agente llegó al hotel poco después de que Ailan terminara de hablar con Ortega. Yana permanecía sentada al borde de la cama, observando el teléfono que habían dejado sobre la mesa sin volver a tocarlo. La fotografía seguía allí, mostrando su habitación desde la puerta comunicada y una figura oscura que parecía estar sentada detrás de ella. Había revisado mentalmente lo ocurrido tantas veces que comenzaba a desconfiar del orden de sus propios recuerdos. Sabía que había escuchado golpes, que encontró el celular de su hermano en la habitación contigua y que la imagen apareció cuando todavía estaba sola, pero no podía explicar cómo alguien había conseguido fotografiarla sin que advirtiera su presencia.

El agente se presentó como Fernández y explicó que debía retirar el dispositivo para que Molina pudiera examinarlo. Antes de guardarlo, pidió a Yana que describiera lo sucedido desde el momento en que Ailan salió a comprar comida. Ella relató los golpes, las llamadas y la intervención del personal de seguridad, procurando distinguir aquello que había visto de lo que simplemente había supuesto. Fernández tomó nota y solicitó que conservaran las grabaciones de ambas habitaciones y del pasillo.

—¿La fotografía demuestra que alguien entró? —preguntó Ailan.

—Todavía no, primero necesitamos saber cómo llegó al teléfono y si fue tomada con su cámara. También vamos a revisar los accesos a las habitaciones.

—La puerta comunicada estaba cerrada cuando llegamos —aclaró Yana—. Y cuando escuché los golpes seguía cerrada.

—¿Llegó a verla abierta en algún momento?

Yana negó con la cabeza. Recordaba haberse acercado varias veces, pero nunca había visto el picaporte moverse ni había escuchado que alguien accionara la cerradura. Fernández anotó la respuesta y les explicó que la fotografía podía haber sido transferida desde otro dispositivo. Aquella posibilidad no la tranquilizó demasiado, porque significaba que alguien podía haberla tomado desde un lugar diferente o incluso haberla preparado para que apareciera cuando ella estuviera sola.

Antes de retirarse, el agente comprobó que la puerta comunicada estuviera asegurada y les pidió que no respondieran a ningún mensaje desconocido. También les confirmó que el personal del hotel había recibido instrucciones de no entregar tarjetas adicionales sin autorización.

Cuando finalmente quedaron solos, Ailan dejó la comida sobre la mesa y se sentó junto a su hermana.

—Ahora tenemos que esperar —comentó mientras abría una de las bolsas—. Ortega va a revisar el teléfono y las cámaras; no podemos hacer mucho más esta noche.

—Podríamos revisar nuestras cosas.

—¿Qué estás buscando?

—No sé, alguien entró en nuestra habitación anterior y todavía no sabemos si tocó algo más que el armario.

Ailan observó las valijas durante unos segundos antes de aceptar. Habían recogido el equipaje con ayuda de la policía, pero ninguno había tenido tiempo de revisar cuidadosamente su contenido. Mientras él comprobaba sus documentos y pertenencias, Yana comenzó a ordenar la ropa que había guardado apresuradamente antes de abandonar el primer hotel. Encontró un cargador que creía perdido, algunas hojas con anotaciones sobre sus próximos compromisos y una pequeña bolsa de tela que utilizaba para guardar accesorios.

Al levantar una de las prendas, escuchó un objeto metálico caer sobre el fondo de la valija. Se inclinó para recogerlo y descubrió una llave dorada, pequeña y bastante antigua, que no reconoció. Tenía algunas marcas de desgaste y tres caracteres grabados cerca de la cabeza.

3-B.

—Ailan, ¿esto es tuyo?

Su hermano dejó lo que estaba haciendo y se acercó.

—No. ¿Dónde estaba?

—Entre mi ropa.

Ailan examinó la llave sin tocarla.

—¿Puede ser de alguna de tus valijas?

—No tienen cerraduras de ese tipo. Además, nunca vi esta llave.

—Entonces no la sigas manipulando, vamos a avisarle a Ortega.

Yana la dejó sobre una hoja de papel y tomó una fotografía antes de llamar al comisario. Ortega les pidió que no intentaran utilizarla y que la conservaran donde estaba hasta que pudieran recogerla. También quiso saber si Yana recordaba haberla visto entre sus pertenencias antes de llegar a Córdoba, pero ella no pudo asegurarlo. Había cambiado varias veces el contenido de la valija durante el viaje y no acostumbraba revisar cada bolsillo antes de guardar la ropa.

—Puede que estuviera ahí desde antes —comentó Ailan cuando terminó la llamada.

—También pudo dejarla quien entró a mi habitación.

—Por eso vamos a permitir que la revisen. Si tiene alguna relación con lo que encontramos en la terminal, Ortega podrá averiguarlo.

Yana volvió a mirar los caracteres grabados. Había algo familiar en aquella combinación, aunque al principio no consiguió recordar de dónde la conocía. No correspondía a ninguno de los números que habían encontrado durante la investigación y tampoco reconocía la llave como parte de sus pertenencias. Sin embargo, mientras intentaba recordar, una escena de una de sus primeras novelas comenzó a tomar forma en su memoria.

—El aula 3-B —murmuró.

Ailan levantó la mirada.

—¿Qué aula?

—Es de una historia que escribí hace años; había una llave con ese número.

—¿Estás segura?

—Recuerdo el aula, pero no todos los detalles. Fue una de mis primeras novelas, cuando todavía publicaba con otro nombre.

Ailan observó la llave.

—Tomás conocía tus libros. Si quería dejarte una pista relacionada con alguno, pudo elegir cualquier referencia.

—Eso es lo que me preocupa.

—¿Que haya leído una novela?

—Que alguien esté usando cosas que escribí para hacerme vivir situaciones parecidas.

Su hermano no respondió inmediatamente. Habían encontrado suficientes pruebas de que Tomás había estudiado su obra y preparado una habitación dedicada a ella, por lo que la posibilidad de que hubiera utilizado otra de sus historias ya no resultaba descabellada. Sin embargo, tampoco podían asegurar que la llave estuviera relacionada con el manuscrito ni que alguien la hubiera colocado deliberadamente.




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