El empleado de seguridad llegó pocos minutos después de que Ailan llamara a recepción. Yana permanecía junto a la ventana, con el teléfono entre las manos y la fotografía abierta en la pantalla. Había intentado encontrar una explicación para aquella imagen, pero cada vez que la observaba descubría un detalle que la inquietaba más. La llave 3-B aparecía sobre la mesa, la pantalla de su computadora mostraba una ilustración perteneciente a un manuscrito inédito y, en el reflejo del vidrio, se distinguía una figura oscura cerca de la puerta que comunicaba ambas habitaciones. No podía asegurar que se tratara de una persona, aunque tampoco conseguía identificar qué objeto podía haber producido aquella silueta.
El guardia examinó la ventana y comprobó que estuviera cerrada. Después observó el edificio situado al otro lado de la calle, desde donde alguien podría haber fotografiado parte de la habitación si las cortinas permanecían abiertas.
—Vamos a revisar las cámaras exteriores y consultar si alguna de las habitaciones de enfrente tiene una vista directa hacia esta ventana —explicó—. Mientras tanto, les recomiendo mantener las cortinas cerradas.
—¿Y la puerta comunicada? —preguntó Yana.
—El acceso está registrado a nombre de ustedes. No tenemos constancia de que se haya emitido otra tarjeta, pero también vamos a comprobar los movimientos del personal.
Ailan acompañó al guardia hasta el pasillo para explicarle lo ocurrido con el teléfono que Fernández había retirado horas antes. Yana aprovechó para cerrar las cortinas y guardar su computadora. Todavía le costaba aceptar que alguien hubiera conseguido acceder a una ilustración que nunca había compartido, aunque sabía que una coincidencia visual no bastaba para demostrarlo. Necesitaba que Ortega examinara la fotografía original y determinara si realmente mostraba aquel diseño.
Cuando el guardia se retiró, Ailan regresó con una expresión de agotamiento que ya no intentaba disimular.
—Nos ofrecieron cambiar de habitación —comentó—. Hay una disponible en otro piso.
—Acabamos de instalarnos.
—Y alguien volvió a enviarte una fotografía desde un lugar donde podía observarte.
—No sabemos desde dónde la tomó.
—Precisamente por eso prefiero que nos cambiemos.
Yana miró las valijas, todavía abiertas junto a la cama, y sintió una irritación que no estaba dirigida contra su hermano. Habían abandonado el primer hotel después de descubrir que alguien había entrado en su habitación y ahora, apenas unas horas después, volvían a discutir si debían marcharse. Cada cambio parecía ofrecerles una seguridad que duraba hasta el siguiente mensaje.
—Podemos esperar a que llegue la policía —respondió finalmente—. Ortega dijo que enviaría a alguien.
Ailan aceptó, aunque antes de retirarse a su habitación comprobó nuevamente el seguro de la puerta comunicada. Yana permaneció despierta mientras esperaba al agente, revisando mentalmente las últimas horas. La llave había aparecido entre sus pertenencias, pero no podía demostrar que alguien la hubiera colocado allí. La fotografía mostraba su habitación, pero todavía no sabían si había sido tomada desde el exterior o si alguien había conseguido entrar. Y el parecido entre la ilustración de su manuscrito y la imagen recibida podía ser deliberado o simplemente una interpretación suya.
Lo único que parecía indiscutible era que alguien continuaba observándola.
La policía llegó cerca de la medianoche. El agente fotografió la ventana, registró la posición de los muebles y tomó declaración a ambos hermanos. Después examinó la imagen recibida sin modificar el archivo y solicitó que conservaran el teléfono para un análisis posterior. También recogió la llave 3-B, que Yana había dejado sobre una hoja de papel, y le pidió que explicara por qué creía que estaba relacionada con una de sus novelas.
—En esa historia, unos estudiantes encontraban una llave con el mismo número —respondió ella—. Después descubrían una habitación donde alguien había reunido fotos sacadas sin que lo supieran.
—¿La novela está publicada?
—Sí, desde hace varios años.
—Entonces cualquier lector podría conocer ese detalle.
—Ya sé, pero también encontramos una habitación preparada con fotos mías dentro del hospital y Tomás conocía mis libros.
El agente anotó la información sin expresar ninguna conclusión. Antes de marcharse, confirmó que Ortega recibiría un informe durante la mañana y recomendó aceptar el cambio de habitación. Ailan estuvo de acuerdo de inmediato y Yana terminó por ceder cuando comprendió que no conseguiría descansar mientras continuara preguntándose quién podía observarla desde el otro lado de la ventana.
El nuevo cuarto se encontraba en el primer piso y no tenía puerta comunicada. Ailan decidió quedarse con ella hasta que amaneciera, utilizando el pequeño sofá junto a la ventana. Apenas terminaron de acomodar las valijas, apagó las luces principales y dejó encendida una lámpara cerca de la entrada.
—Mañana tenemos que hablar seriamente de volver a Buenos Aires —comentó.
—Mañana hablamos.
—Eso dijiste ayer.
—Y sigo sin tener una respuesta diferente.
Ailan la observó unos segundos antes de acomodarse en el sofá. No insistió, pero Yana sabía que la conversación volvería a surgir. Su hermano llevaba días intentando convencerla de que se alejara de una investigación que parecía complicarse cada vez que encontraban una nueva prueba, y ella comenzaba a comprender que permanecer en Córdoba tampoco garantizaba que consiguiera respuestas.
Se acostó sin cambiarse de ropa y cerró los ojos, aunque el sueño tardó en llegar. Pensó en Tomás, en el manuscrito encontrado dentro del casillero y en la posibilidad de que alguien estuviera utilizando fragmentos de sus novelas para construir una historia alrededor de ella. Si aquello era cierto, cada pista podía haber sido preparada con suficiente anticipación como para parecer una coincidencia imposible. Sin embargo, todavía quedaba una pregunta que no conseguía responder: ¿por qué alguien se tomaría tantas molestias para obligarla a reconocer escenas que ella misma había escrito?