Siria Legrand había tomado tres decisiones importantes en las últimas veinticuatro horas, y las tres habían sido terribles.
La primera fue aceptar el trabajo de mesera en la subasta benéfica del Hotel Grand Caribe, porque pagaban cuatro mil pesos por la noche y ella necesitaba hasta el último peso, aunque sabía perfectamente que cuatro mil pesos no eran los cincuenta mil dólares que le debía al banco. La segunda fue ponerse los zapatos negros que le había prestado su prima Yarisa, que le quedaban media talla más pequeños y que le habían convertido los dedos de los pies en un conjunto de salchichas furiosas. La tercera, y la peor de todas, fue prometerle a su madre que se iba a portar bien.
Porque Siria no se portaba bien. Nunca lo había hecho. Tenía veintisiete años, el cabello negro y largo hasta la mitad de la espalda, unos ojos oscuros que se entrecerraban cuando alguien le caía mal, y un orgullo tan grande que a veces le estorbaba para pasar por las puertas. Su madre decía que ese orgullo era herencia de su abuelo, un hombre que una vez se negó a pedirle un vaso de agua a un vecino y prefirió caminar tres kilómetros hasta el río. Siria pensaba que su abuelo había sido un tonto, pero un tonto con carácter, y que eso era lo único que importaba.
Eran las nueve de la noche y llevaba dos horas de pie, con una bandeja de plata en la mano, sonriendo como si la sonrisa se la hubieran pegado con pegamento de zapatero.
El salón principal del Grand Caribe parecía el sueño húmedo de un decorador con demasiado presupuesto. Había lámparas de cristal que colgaban del techo como cascadas congeladas, mesas redondas vestidas con manteles color marfil, arreglos de orquídeas blancas que costaban más que el alquiler de Siria y una alfombra tan gruesa que uno sentía que caminaba sobre una nube con sobrepeso. Al fondo, un escenario pequeño con un atril de madera oscura y, a un lado, una mesa con los objetos de la subasta: un reloj suizo, una escultura de bronce con forma de algo que Siria no lograba identificar, un fin de semana en un yate y una botella de ron de cuarenta años guardada en una caja de cristal como si fuera una reliquia religiosa.
Y entre todo eso, doscientas personas con más dinero del que ella vería en diez vidas, riéndose con ese tipo de risa que no se escucha pero se nota, esa risa de gente que nunca ha tenido que contar monedas para llegar a fin de mes.
Siria caminaba entre las mesas con su bandeja de canapés de salmón ahumado, equilibrando el peso con una mano y rezando para que el zapato izquierdo no la delatara con un cojeo.
—Señorita, ¿qué es esto? —le preguntó un hombre de bigote blanco, señalando un canapé con el dedo como si fuera una prueba en un juicio.
—Salmón ahumado con queso crema y alcaparras, señor.
—¿Y qué son las alcaparras?
Siria respiró hondo. En su cabeza, contó hasta tres.
—Son como unas bolitas verdes, señor, que usted le paga a alguien para que se las ponga encima de la comida y así sentirse especial.
El hombre del bigote la miró, parpadeó, y soltó una carcajada tan fuerte que varias cabezas se giraron.
—¡Me gusta esta muchacha! —le gritó a su esposa—. ¡Me gusta, Margarita!
Siria sonrió de verdad por primera vez en la noche, tomó una propina de cien pesos que el hombre le puso en la bandeja entre los canapés, y siguió caminando. Cien pesos. Quedaban 49,999 dólares con 99 centavos por conseguir, más o menos. Las matemáticas no le salían, pero la esperanza era gratis.
Hizo una pausa detrás de una columna decorada con flores, miró por encima del hombro para asegurarse de que nadie la veía y se metió un canapé entero en la boca.
Estaba delicioso. Era lo más delicioso que había comido en tres días.
Se metió otro. Y otro. Mientras masticaba con los ojos cerrados, sintió el vibrar del teléfono dentro del bolsillo de su delantal. Lo sacó escondiéndolo contra el pecho. Era un mensaje de su madre, escrito completamente en mayúsculas, como siempre, porque doña Carmen Legrand nunca había entendido que las mayúsculas se leían como gritos.
MIJA, ¿YA COMISTE? NO TE VAYAS A DESMAYAR EN EL TRABAJO QUE ESA GENTE RICA NO TIENE SEGURO PA LAS MESERAS.
Siria escribió con el pulgar libre.
Mamá, estoy comiendo. Estoy comiendo salmón.
La respuesta llegó en dos segundos.
¿SALMÓN? ¿ESE PESCAO ROSADO DE LA TELEVISIÓN? ¡TRÁEME UNO EN LA CARTERA!
Siria se tapó la boca con la mano para no soltar la carcajada, lo cual era complicado porque tenía la boca llena de salmón. Guardó el teléfono, tragó, se limpió las migas del uniforme y volvió a la sala con la bandeja casi vacía.
Pensó en su madre. En la casa de dos cuartos en el barrio de Los Mina, con el techo de zinc que cantaba cuando llovía y la mata de limón en el patio que se había negado a morir durante veinte años. Pensó en la operación del corazón que le habían hecho a doña Carmen hacía seis meses, la misma que había salvado su vida y casi les había quitado la casa. Porque cuando el hospital pidió el adelanto, y no había de dónde sacarlo, su madre hipotecó la casa sin decirle nada a Siria, y cuando Siria se enteró ya estaba firmado, sellado y cobrando intereses.
Cincuenta mil dólares. En siete días. O el banco se quedaba con todo.
Siria había intentado de todo. Había vendido su moto, su teléfono viejo, un anillo de plata que le dejó su abuela, tres vestidos, la bicicleta, y hasta había considerado vender su cabello, aunque en la peluquería le dijeron que por su largo le darían cuatrocientos pesos, lo cual era un insulto y un precio de ganga al mismo tiempo. Había tocado puertas en cinco bancos, dos cooperativas y una iglesia. En la iglesia el pastor le dijo que Dios proveería, y ella le contestó que esperaba que Dios tuviera prisa, porque el banco no era tan paciente.
Y así, con las manos vacías, había terminado en el Grand Caribe, tragándose canapés escondida detrás de una columna.
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Editado: 01.11.2026