Yo Compro a esa Mujer

Capítulo 2: Piolín entra al penthouse

Doña Carmen Legrand tenía una teoría sobre la vida que había repetido durante veintisiete años, y era que ninguna noticia buena llegaba sin una noticia mala escondida detrás, como las sorpresas de las cajas de cereal que uno tiene que buscar hasta el fondo.

Por eso, cuando Siria entró a la casa a las once y media de la noche, descalza, con los zapatos de Yarisa colgando de una mano y una cara que oscilaba entre la risa y el llanto, su madre se incorporó en el sillón de la sala, apagó el televisor con el control remoto como quien desactiva una bomba y le preguntó, sin ningún saludo previo:

—¿A quién mataste?

—A nadie, mamá.

—¿A quién robaste?

—A nadie.

—¿A quién le debes dinero que no sea el banco?

—Mamá, siéntate.

—Ya estoy sentada.

—Pues sigue sentada.

Siria dejó los zapatos en el suelo, se sentó en el brazo del sillón y respiró profundo. La sala de la casa era pequeña, con el sofá de flores cubierto por una funda de plástico que doña Carmen se negaba a quitar desde 1998, un abanico girando en el techo con un ruido de motor cansado, y una vitrina llena de adornos que no combinaban entre sí: un gallo de cerámica, un Jesucristo de yeso, una tortuga de cristal y una fotografía de Siria a los doce años con un diente menos y una expresión de odio hacia el fotógrafo.

Allí, en esa sala, entre el olor a café recalentado y a jabón de cuaba, Siria le contó todo.

Se lo contó despacio, sin saltarse nada, porque sabía que si se saltaba un detalle su madre lo adivinaba. Le habló de la subasta, del presentador que se equivocó con la lista, de la mujer de rojo y su comentario sobre la cocina, de la voz en el fondo del salón, de los cincuenta mil dólares exactos, de la bandeja de plata volando sobre doscientos millonarios, del pasillo de servicio, del contrato y de la cláusula nueve.

Doña Carmen la escuchó sin interrumpir, con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos muy abiertos. Cuando Siria terminó, hubo un silencio largo, de esos silencios que pesan, solo roto por el abanico del techo.

—A ver si entendí —dijo por fin doña Carmen—. ¿Un millonario te compró en una subasta?

—Sí.

—¿Por cincuenta mil dólares?

—Sí.

—¿Y tú le tiraste una bandeja?

—Sí, pero no le di.

—¿Y después firmaste un contrato para ser su novia?

—Falsa, mamá. Su novia falsa.

—¿Por treinta días?

—Treinta días.

—¿En su casa?

—En su penthouse.

—¿Y yo también voy?

—Tú también.

Doña Carmen se quedó mirando el techo un momento, como si en el abanico estuviera escrito el secreto del universo. Luego se llevó la mano al pecho, justo encima de la cicatriz, y soltó un suspiro largo, dramático y lleno de emoción.

—Mija, dime una cosa —murmuró.

—Dime.

—¿Qué tan bueno está el hombre?

—¡Mamá!

—Es una pregunta legítima. Yo me voy a mudar con él. Quiero saber con qué me voy a encontrar a la hora del desayuno.

Siria se tapó la cara con las dos manos, y a través de los dedos se le escapó una risa que no pudo contener.

—No lo sé. Normal.

—Normal no es una respuesta.

—Es alto.

—Eso ya me gusta.

—Tiene el pelo negro.

—Mejor.

—Es un idiota.

—Eso es detalle. Los idiotas se arreglan con paciencia y cocina. ¿Y de plata?

—De plata tiene más que el Banco Central, según Eugenio.

—¿Quién es Eugenio?

—Un compañero de trabajo.

—¿Y es soltero?

—Mamá.

—Lo pregunto por el futuro, no por ti.

Siria suspiró, bajó las manos y sacó su teléfono. Abrió la aplicación del banco con los dedos temblorosos, como quien abre una caja que podría contener una serpiente, y se la tendió a su madre.

—Mira.

Doña Carmen sacó los lentes del bolsillo de la bata, se los puso con lentitud, y miró la pantalla con los ojos entrecerrados. Movió los labios, contando ceros. Volvió a contarlos. Se quitó los lentes, los limpió con el borde de la bata, se los volvió a poner y miró otra vez.

—Mija —dijo con una voz extraña, más aguda de lo normal—. Ese número tiene muchos ceros.

—Cincuenta mil dólares, mamá. Llegaron hace veinte minutos. Mientras yo iba en el autobús.

—¿Y ya son tuyos?

—Eso dice la aplicación.

—¿Y no se van a ir?

—No sé. No creo.

Doña Carmen se levantó del sillón de un salto, algo que no hacía desde antes de la operación, y empezó a caminar por la sala dando vueltas con las manos en la cabeza.

—¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Cincuenta mil dólares! ¡Y la casa es nuestra! ¡Y el banco no se la queda! ¡Y la mata de limón sobrevive! ¡Ay, Dios, sabía que ibas a escuchar mis rezos, pero no pensé que me ibas a contestar con un millonario!

—Mamá, cálmate, que te va a subir la presión.

—¡Que me suba! ¡Me la voy a bajar bailando!

Y para horror de Siria, doña Carmen empezó a mover las caderas con un merengue improvisado que no tenía música pero sí mucha convicción, agitando la bata y los pies descalzos sobre las baldosas.

—Mamá, por favor, que son las doce de la noche y los vecinos...

—¡Que se enteren! —gritó doña Carmen—. ¡Que se enteren que mi hija se vendió por cincuenta mil dólares!

—¡Mamá, no me vendí! ¡Me alquilé! ¡Es diferente!

—¡Es mejor aún! ¡Los alquileres se renuevan!

En ese momento sonaron tres golpes secos en la pared. Era la señora Altagracia, la vecina de al lado, que a esa hora siempre estaba despierta viendo telenovelas y escuchando todo.

—¡Carmen, baja la voz que estoy viendo el capítulo final!

—¡Altagracia! —gritó doña Carmen hacia la pared—. ¡Mi hija se vendió por cincuenta mil dólares!

Hubo una pausa breve al otro lado.

—¿Y por qué tan barato? —respondió la voz de Altagracia a través del cemento.

Siria se dejó caer hacia atrás en el sillón, con los brazos abiertos, mirando el techo.

—Voy a morir —dijo—. Voy a morir aquí mismo, de vergüenza, y quiero que me entierren con los zapatos de Yarisa para que sufra.




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