“Hay personas que llegan a tu vida sin pedir permiso. Algunas se convierten en recuerdos bonitos y otras terminan siendo esa historia que, aunque pase el tiempo, nunca sabes cómo contar sin que te duela un poquito.”
Nunca me había caído mal alguien tan rápido.
Bueno, sí. A mi profesora de matemáticas, pero ella tenía motivos suficientes para ganarse mi desprecio: nos ponía exámenes los lunes, dejaba tareas los viernes y tenía la extraña habilidad de descubrir cuándo uno no había estudiado, incluso antes de repartir las hojas.
Pero el chico que estaba sentado sobre mi pupitre aquella mañana no tenía ninguna excusa.
Ninguna.
—Te estás sentando en mi puesto —le dije.
Él levantó la mirada de su teléfono. Tenía el cabello oscuro, un poco despeinado, una sudadera gris y una expresión de tranquilidad que me dieron ganas de borrarle de la cara.
Miró el pupitre.
Después me miró a mí.
—¿Tiene tu nombre?
Respiré profundamente.
Era lunes. Eran las siete y doce de la mañana. No había desayunado y todavía no había terminado la tarea de literatura.
No estaba preparada para discutir con un desconocido.
—Sí. Lo mandé a fabricar especialmente para mí. ¿No lo ves?
El chico soltó una pequeña risa.
Una risa de esas que parecen decir que acabas de hacer el ridículo, aunque la otra persona no haya entendido absolutamente nada.
—Qué carácter.
—Y tú qué estorbo.
Me miró durante unos segundos, divertido, y finalmente se levantó.
—Tranquila, princesa. Ya te lo devuelvo.
—No me digas princesa.
—Como quieras, princesa.
Se alejó antes de que pudiera contestarle.
Lo vi caminar hasta el fondo del salón, donde dejó caer su mochila sobre una silla y volvió a mirar el teléfono, completamente despreocupado.
Yo me senté en mi pupitre y saqué mis cuadernos.
Lo odiaba.
Bueno, todavía no podía odiarlo de verdad porque ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero estaba bastante segura de que no me caería bien.
Y, sinceramente, eso debía haber sido suficiente advertencia.
Pero la vida tiene una forma bastante cruel de reírse de las cosas que uno asegura que nunca van a pasar.
En mi caso, años después, terminaría recordando hasta la manera en que aquel idiota pronunciaba mi nombre.
Aunque ese lunes todavía no lo sabía.
Ese lunes solo quería que dejara de existir dentro de mi campo visual.
—¿Ya conociste a tu nuevo compañero? —preguntó Valentina, dejándose caer en la silla de al lado.
Valentina era mi mejor amiga desde hacía cuatro años. Tenía el cabello castaño, una colección preocupante de brillos labiales y la capacidad de enamorarse de alguien con solo escuchar su voz durante tres segundos.
—Si te refieres al idiota del fondo, sí.
Ella giró la cabeza para mirarlo.
Después volvió a mirarme.
Y sonrió.
Conocía esa sonrisa.
Era la sonrisa que ponía cada vez que encontraba una razón para molestarme durante los siguientes seis meses.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Valentina.
—Es guapo.
Cerré los ojos.
—No empieces.
—¿Qué? ¡Solo dije que es guapo!
—También hay tiburones guapos y no por eso quiero meterme al agua con uno.
Valentina se echó a reír tan fuerte que dos compañeros se giraron hacia nosotras.
—Estás loca.
—Y tú necesitas buscarte una actividad que no sea opinar sobre la cara de los hombres.
—Bueno, pero míralo.
—No.
—Solo una vez.
—No.
—Te apuesto a que antes de terminar el año te gusta.
La miré con tanta indignación que ella levantó las manos, fingiendo inocencia.
—Retiro lo dicho.
—Más te vale.
En ese momento entró la profesora de literatura y el salón empezó a quedarse en silencio.
La clase transcurrió entre explicaciones sobre narradores, personajes y conflictos. Yo intenté concentrarme, aunque de vez en cuando escuchaba una risa al fondo del aula.
No necesitaba girarme para saber de quién era.
A mitad de la explicación, la profesora dejó el marcador sobre el escritorio.
—Antes de continuar, quiero presentarles a su nuevo compañero. Espero que lo ayuden a adaptarse al grupo. Su nombre es Nicolás Herrera.
Nicolás.
Así que el idiota tenía nombre.
—Nicolás viene de otro colegio y se incorporará a partir de hoy. Espero que todos lo reciban bien.
Él levantó una mano a modo de saludo.
—Hola.
Solo eso.
Ni siquiera tuvo la decencia de fingir entusiasmo.
La profesora revisó una hoja y después miró hacia mi lado del salón.
—Julieta, como tienes un buen desempeño en la asignatura, ¿podrías compartir tus apuntes con Nicolás para que se ponga al día?
Me quedé inmóvil.
No.
No, no, no.
Había miles de estudiantes en aquel colegio. Miles. Y, de todos ellos, la profesora acababa de elegirme a mí para ayudar al único muchacho al que había querido estrangular mentalmente antes de las ocho de la mañana.
—Claro, profesora —respondí, porque mi educación todavía sobrevivía a pesar de las circunstancias.
Nicolás me miró desde el fondo.
Sonrió.
Y movió los labios para decir algo que entendí perfectamente.
Gracias, princesa.
Apreté el bolígrafo entre los dedos.
Valentina, a mi lado, estaba a punto de morir de la risa.
Aquello iba a ser un año muy largo.
A la hora del descanso, decidí que lo mejor era ignorarlo.
Era un plan sencillo, práctico y completamente razonable.
No mirarlo. No hablarle. No pensar en él.
Podía hacerlo.
—Julieta.
Seguí caminando.
—Julieta, la de los apuntes bonitos.
Me detuve.
Cerré los ojos un instante y me giré lentamente.
Nicolás estaba detrás de mí, con una mano en el bolsillo de la sudadera y la otra sosteniendo un cuaderno.