Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 17

Alexander cerró lentamente los ojos; su respiración seguía siendo irregular y su pecho subía y bajaba con dificultad. No era miedo, era algo mucho peor: desesperación. Conocía demasiado bien a Arthur; habían compartido demasiados años como para ignorar la forma en que actuaba cuando tomaba una decisión. Arthur nunca hablaba impulsivamente.

Alexander apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la palma de sus manos; eso, por supuesto, fue notado por Arthur.

Arthur: —¿Ni siquiera te alegra verme? —Alexander desvió la mirada.

Había demasiados recuerdos entre ellos, demasiadas promesas, demasiadas heridas. Su respuesta salió baja, pero firme, con ese toque sarcástico que siempre usaba para no mostrarse vulnerable.

Alexander: —Lo nuestro terminó hace mucho tiempo. —Arthur bajó lentamente la cabeza.

Durante unos segundos permaneció en silencio; después volvió a levantarla. En sus ojos podía verse una mezcla de tristeza, resignación y un cariño que jamás había desaparecido.

Arthur: —Lo sé. —Hizo una breve pausa antes de continuar—. Pero eso no significa que te haya olvidado. —Alexander no respondió.

No porque no tuviera nada que decir, sino porque cualquier palabra solo abriría heridas que ambos llevaban demasiado tiempo intentando cerrar. Arthur comenzó a caminar lentamente alrededor de él; cada paso era tranquilo, medido, como si estuviera recordando viejos tiempos mientras reunía el valor para decir aquello que realmente había venido a decir.

Arthur: —Cuando me pediste tiempo... —Bajó la mirada unos instantes—. Pensé que lo correcto era respetarlo. —Volvió a observar a Alexander—. Creí que necesitabas sanar. —Otra pequeña pausa—. Y también creí que algún día volverías a buscarme. —Alexander cerró los ojos durante unos segundos.

Aquellas palabras le atravesaron el pecho; sabía cuánto había sufrido Arthur, sabía cuánto lo había hecho esperar, pero también sabía que ya no podía devolverle aquello que él seguía esperando; había cosas que simplemente no podían reconstruirse. Arthur suspiró antes de continuar.

Arthur: —Acorté ese tiempo solamente por una razón. —Alexander levantó lentamente la vista. Arthur sostuvo su mirada sin apartarla un solo instante. —Porque descubrí la tontería que estás haciendo. —El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Alexander ya sabía cuál sería la siguiente palabra y, aun así, cuando Arthur la pronunció, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Arthur: —Elías. —Alexander tragó saliva. Arthur dio un paso más hacia él. ——¿De verdad vas a involucrarte con un humano? —Alexander respondió inmediatamente, su voz fue firme, protectora, como si el simple hecho de escuchar el nombre de Elías despertara en él esa necesidad romántica y posesiva de defender lo que amaba, de ponerse entre él y el mundo entero.

Alexander: —Eso no te incumbe. —Arthur negó despacio con la cabeza.

Arthur: —Sí me incumbe. —Su expresión seguía siendo tranquila. Pero ahora había una determinación imposible de ignorar. —Porque te conozco mejor que nadie. —Sus ojos no se apartaban de los de Alexander—. Sé perfectamente lo que está ocurriendo contigo. —Alexander sintió un nudo formarse en su garganta. Arthur continuó hablando con la misma serenidad. —Ya comenzó en ti... el Despertar Carmesí. —Alexander bajó la mirada.

Aquellas dos palabras pesaban como una condena; Arthur volvió a hablar, esta vez con una seriedad absoluta.

Arthur: —Sabes perfectamente lo que significa. —Su voz se volvió aún más grave—. No necesito recordarte las reglas. —Alexander levantó lentamente la cabeza.

En sus ojos había tristeza, pero también una determinación inquebrantable, esa que solo aparecía cuando se trataba de proteger a alguien.

Alexander: —Sé exactamente lo que estoy haciendo. —Arthur negó una vez más; su expresión mostraba una mezcla de decepción y dolor.

Arthur: —No. —Se acercó un paso más. —Porque si realmente lo supieras... —Su voz apenas vaciló—. Ya te habrías alejado de él. —Aquellas palabras golpearon directamente el corazón de Alexander.

Su respiración se volvió pesada; todo dentro de él gritaba que Arthur tenía razón, pero había algo mucho más poderoso: los recuerdos de Elías sonriendo, su curiosidad inocente, la forma en que lo observaba con aquellos ojos sinceros, el modo en que poco a poco había logrado devolverle una felicidad que creía perdida para siempre.

Alexander cerró los ojos; cuando volvió a abrirlos, apenas pudo pronunciar unas palabras.

Alexander: —No puedo. —Arthur permaneció inmóvil.

Aquella respuesta terminó de destruir la poca esperanza que todavía conservaba; durante un instante bajó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, su expresión había cambiado por completo; ya no hablaba el antiguo compañero, ni el chico que alguna vez lo amó; ahora hablaba un miembro del clan.

Arthur: —Entonces escucha bien. —El aire pareció detenerse; hasta el viento dejó de escucharse entre los árboles. Arthur sostuvo la mirada de Alexander con una firmeza absoluta. —O te alejas de ese humano... —Hizo una breve pausa—. O yo mismo le contaré toda la verdad al Consejo. —Alexander dio un paso hacia él; su voz salió cargada de angustia.

Alexander: —¡Arthur! —Pero Arthur ya había comenzado a alejarse, no se detuvo, ni siquiera giró el rostro, solo respondió con la misma calma con la que había llegado.

Arthur: —Esto es por tu bien. —Guardó un breve silencio. Después añadió con una tristeza que apenas consiguió ocultar. —Y también por el suyo. —El viento volvió a soplar en la sala.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 06.10.2026

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