Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 18

La tarde había caído sobre Valduerne envuelta en una calma engañosa; una suave brisa recorría los senderos del colegio, haciendo que las hojas de los árboles se mecieran lentamente bajo la cálida luz del atardecer. A simple vista, todo parecía tranquilo; los estudiantes caminaban de un lado a otro entre risas y conversaciones, completamente ajenos a la tormenta emocional que estaba a punto de desatarse en un rincón apartado del patio.

Alexander permanecía inmóvil, su mirada seguía clavada en el suelo, incapaz de encontrar el valor para observar el rostro de la persona que tenía enfrente. Sentía el pecho pesado, como si cada respiración le costara más que la anterior. Las palabras que acababa de pronunciar todavía resonaban con fuerza en su cabeza, golpeando como un eco cruel aquella mentira, una mentira que había ensayado una y otra vez frente al espejo, convenciéndose de que era la única manera de proteger a Elías, pero jamás imaginó que decirla pudiera doler tanto, que cada sílaba desgarrara una parte de su corazón.

Frente a él, Elías permanecía completamente inmóvil; su personalidad dulce y reservada se hacía evidente en la forma en que contenía todo dentro. Él había esperado toda la tarde con una ilusión que solo una persona introvertida y curiosa como él podía guardar en secreto, imaginando varias veces cómo sería volver a verlo, qué conversación tendrían y cuánto tiempo podrían pasar juntos antes de regresar a casa. Toda esa ilusión desapareció poco a poco de su rostro; su sonrisa, siempre tan pequeña y tímida, se desvaneció lentamente.

Sus ojos descendieron hacia el suelo mientras intentaba comprender lo que acababa de escuchar; no había enojo en ellos, ni decepción, solo una inmensa tristeza, una tristeza silenciosa, de esas que no necesitan lágrimas para sentirse, tan propia de alguien que está acostumbrado a guardar sus emociones.

Alexander levantó apenas la mirada y, al verlo así, sintió que el dolor regresaba con más fuerza; hubiera preferido mil veces que Elías se enfadara, que le gritara, que lo odiara; cualquier cosa habría sido más fácil que verlo aceptar aquella despedida con tanta resignación, con esa docilidad que le partía el alma. Después de unos largos segundos de silencio, Alexander reunió fuerzas para hablar, y su voz, usualmente segura y llena de carisma, sonó rota.

Alexander: —Lo siento. —Tragó saliva; su garganta era un nudo insoportable. Su lado protector quería abrazarlo, pero su miedo lo mantenía a distancia. —De verdad lo siento. —Elías levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos seguían brillando con una tristeza que intentaba ocultar detrás de su naturaleza introvertida. Cuando habló, su voz apenas fue un susurro, tan bajo que la brisa casi se lo lleva.

Elías: —Lo entiendo. —Guardó silencio unos instantes, jugando distraídamente con el borde de la manga de su uniforme, ese gesto tan suyo que hacía cada vez que estaba nervioso o cuando intentaba controlar sus emociones para no incomodar a los demás.

Después hizo un enorme esfuerzo por sonreír, una sonrisa diminuta, frágil, tan forzada que parecía romperse en cualquier momento.

Elías: —Siempre me dijiste que solo estarías aquí por un tiempo... Supongo que... simplemente no pensé que ese día llegaría tan rápido. —Alexander sintió que el nudo en su garganta se hacía insoportable.

Aquello era demasiado; quería decirle la verdad, quería tomarlo entre sus brazos, quería decirle que no pensaba irse a ninguna parte, que todo aquello era una mentira desesperada para mantenerlo lejos del peligro, pero no podía, porque decir la verdad significaba revelar quién era realmente y eso pondría a Elías en un peligro aún mayor.

Respiró profundamente, intentando mantener la compostura, buscando en su repertorio extrovertido las palabras justas que siempre sabía decir.

Alexander: —Aun así... quiero que sepas algo. Estos han sido... los mejores días de mi vida. —El corazón de Elías dio un vuelco.

Sintió cómo el calor subía inmediatamente hasta sus mejillas; no pudo evitar sonrojarse. Desvió la mirada durante unos segundos, incapaz de sostener aquellos ojos azules que parecían hablar con tanta sinceridad; su corazón latía tan deprisa que estaba convencido de que Alexander podía escucharlo y entonces recordó las palabras de Lukas y Valerie; aquella conversación ocurrida días atrás volvió a aparecer con total claridad en su memoria.

"Si algún día sientes que quieres pasar más tiempo con él... Simplemente invítalo."

Elías respiró profundamente; nunca había sido alguien que diera el primer paso, siempre esperaba que fueran los demás quienes iniciaran las conversaciones, las invitaciones, las decisiones importantes, porque tenía miedo de incomodar, de ser rechazado o de malinterpretar las intenciones de las personas, pero esta vez era diferente, si Alexander realmente iba a marcharse al día siguiente... Quizá aquella sería su última oportunidad y no quería vivir preguntándose qué habría pasado si hubiera reunido un poco más de valor.

Bajó la mirada, sus dedos comenzaron a entrelazarse nerviosamente, los movía una y otra vez, intentando controlar el temblor de sus manos. Tomó aire. Y finalmente habló, con esa curiosidad dulce que lo caracterizaba, venciendo a su timidez.

Elías: —Alexander. —Él levantó inmediatamente la vista.

Su expresión se suavizó al ver lo nervioso que estaba Elías; esperó pacientemente, sin interrumpirlo, como si quisiera darle todo el tiempo del mundo, tan protector como siempre.

Elías: —Esta noche... En el lugar secreto de la escuela... Habrá un baile. —Un nuevo silencio se instaló entre ambos.

El viento volvió a mover suavemente las hojas de los árboles. Elías sintió que las palabras se le atoraban en la garganta; era ridículo, solo tenía que hacer una pregunta, pero para él significaba muchísimo más, porque no estaba invitando a cualquiera, estaba invitando a la persona que, sin darse cuenta, había cambiado por completo sus días desde que llegó a Valduerne.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 06.10.2026

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