Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 20

Las lágrimas seguían deslizándose silenciosamente por las mejillas de Elías; no intentaba limpiarlas, ya ni siquiera era consciente de ellas. Avanzaba por las calles de Valduerne sin mirar hacia dónde iba, dejando que sus pies lo condujeran mientras su mente permanecía atrapada en un torbellino del que parecía imposible escapar. Sus pasos eran lentos, inseguros, casi torpes; sentía las piernas pesadas, como si el simple hecho de caminar requiriera un esfuerzo enorme. Cada respiración le quemaba el pecho; nunca había imaginado que un corazón pudiera doler de aquella manera.

Las palabras de Arthur seguían resonando una y otra vez dentro de su cabeza, como un eco cruel que se negaba a desaparecer.

“Es un vampiro... Siempre se rio de ti. Es mi novio."

Elías apretó con fuerza los puños, un gesto pequeño y contenido, muy propio de él, que prefería hacerse daño a sí mismo antes que hacer ruido.

Elías: —¿Por qué? —Su voz apenas fue un susurro que el viento arrastró entre los árboles, tímida y rota. —¿Por qué me hiciste esto? —Quería convencerse de que todo había sido una mentira, que Arthur solo había querido hacerle daño, que Alexander aparecería de un momento a otro para explicarlo todo y demostrar que aquello no era cierto.

Pero cuanto más intentaba aferrarse a esa esperanza, más recuerdos aparecían, y es que Elías, curioso e introvertido, guardaba cada detalle como si fueran páginas de un libro.

Recordó la primera vez que Alexander le había sonreído, la forma tan natural con la que había tomado su mano cuando cruzaban la calle, las tardes en su casa enseñándole francés con una paciencia infinita, donde él, reservado, apenas se atrevía a pronunciar, y Alexander lo miraba como si cada palabra suya fuera fascinante, las veces que se había quedado observándolo en silencio, como si no existiera nadie más en el mundo. Cada recuerdo era una puñalada, porque ahora no sabía cuáles habían sido reales, ni cuáles habían sido una mentira.

Elías se llevó ambas manos al rostro, intentó contener el llanto, mordiéndose el labio, encogiéndose sobre sí mismo, pero terminó rompiéndose por completo.

Elías: —¿Por qué? —¿Por qué tenías que ser tú? —Sin embargo, en medio de todo aquel dolor había una imagen que se negaba a desaparecer.

El rostro de Alexander durante el baile no recordaba una sonrisa burlona, no recordaba arrogancia, no recordaba satisfacción; lo único que había visto era una tristeza tan profunda que parecía imposible de fingir. Sus ojos, aquellos ojos que tantas veces lo habían mirado con calidez, estaban completamente destrozados.

Elías: —No... No quiero pensar en eso. —Pero era inútil.

Por mucho que intentara odiarlo, su corazón, dulce y terco, seguía buscando una razón para creer en él y eso era lo que más le dolía, porque una parte de él todavía quería escuchar su versión, todavía deseaba creer que el Alexander que había conocido durante aquellos meses seguía existiendo.

Tan absorto estaba en sus pensamientos que no notó que había abandonado el sendero principal y se encontraba caminando por una calle casi desierta, rodeada de árboles cuya sombra comenzaba a alargarse con la caída de la tarde. Fue entonces cuando tres figuras aparecieron frente a él. Elías levantó lentamente la cabeza; al principio, la visión le pareció borrosa por las lágrimas, pero bastó un segundo para reconocerlos, los tres bravucones del colegio, los mismos que durante años habían convertido su vida en un infierno.

El miedo reemplazó inmediatamente toda la tristeza; su cuerpo se tensó, uno de ellos sonrió con una crueldad que hizo que a Elías se le helara la sangre.

Líder de los bravucones: —Miren nada más. —Los otros dos soltaron una carcajada. —El marica ya no trae guardaespaldas. —Elías dio un paso hacia atrás por instinto.

Su respiración comenzó a acelerarse; intentó rodearlos, con esa forma suya de evitar el conflicto, de hacerse pequeño, pero uno de ellos se movió rápidamente para cerrarle el paso.

Bravucón 1: —¿A dónde crees que vas? —Antes de que pudiera reaccionar, un violento empujón impactó contra su pecho.

Elías perdió el equilibrio y cayó con fuerza sobre el suelo; el golpe le arrancó un gemido de dolor. Apoyó las manos contra la tierra e intentó levantarse de inmediato; no quería quedarse allí, no quería volver a pasar por aquello, pero apenas logró incorporarse, dos de los muchachos lo sujetaron con fuerza por ambos brazos.

Intentó soltarse, forcejeó cuanto pudo, pero ellos eran mucho más fuertes.

Bravucón 3: —Ahora sí... No vas a escapar. —El líder comenzó a acercarse lentamente. Se remangó la camisa mientras cerraba el puño con calma, disfrutando cada segundo de aquella situación.

Líder de los bravucones: —Esta paliza te la debíamos hace semanas. —Elías sintió cómo el miedo lo paralizaba.

Su corazón latía tan rápido que apenas podía respirar, y entonces un combo directo al estómago recibió, dejando a Elías sin aire por un momento. El golpe lo hizo caer al suelo apenas con aire, pero rápidamente los bravucones que lo sostenían volvieron a levantarlo.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 06.10.2026

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