
ACTO III: SOMBRAS ENTRE NOSOTROS (Capítulos 21-30)
La distancia entre ellos prácticamente había desaparecido; seguían suspendidos en el aire, con las frentes apoyadas una contra la otra y los ojos incapaces de apartarse, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para ellos. Sus sonrisas hablaban por sí solas. Después de tantos silencios incómodos, de tantas dudas que los carcomían por dentro y de tantos sentimientos contenidos a punto de estallar, por fin habían tenido el valor de confesarse aquello que ambos llevaban guardando desde hacía tanto tiempo; por primera vez, ninguno necesitaba decir nada, bastaba con mirarse.
Alexander contemplaba el rostro de Elías con una expresión que jamás había tenido en todos los siglos de su existencia; había conocido incontables amaneceres y anocheceres, había visto civilizaciones levantarse y caer, había visto personas nacer y morir, había recorrido el mundo entero buscando algo que ni siquiera sabía nombrar... pero jamás había experimentado aquello; lo más extraño de todo era que podía sentirlo con absoluta claridad.
Esperó, casi por costumbre, aquella sensación que siempre aparecía cuando sus emociones se desbordaban, el despertar carmesí, esa fuerza salvaje, esa bestia interna que buscaba desestabilizarlo cada vez que sus sentimientos escapaban de su control, pero esta vez... no ocurrió. Alexander cerró lentamente los ojos durante unos segundos; ni un solo impulso violento, ni una sola sed descontrolada, solo felicidad, una felicidad inmensa, cálida, tan pura que incluso le resultaba difícil describirla.
Abrió nuevamente los ojos y volvió a encontrar la mirada azul de Elías observándolo con la misma dulzura tímida de siempre, con esa curiosidad reservada que lo hacía bajar la vista cada dos segundos. Entonces comprendió la verdad.
Alexander: —Así... —Susurró para sí con una sonrisa casi incrédula, con esa voz baja y aterciopelada que solo usaba cuando estaba realmente conmovido—. Así es como debe sentirse un humano cuando está enamorado.
Toda su vida había sido un vampiro, desde el mismo instante en que nació; nunca conoció una infancia humana, nunca sintió un corazón latiendo dentro de su pecho. Siempre creyó que emociones como aquella, tan cálidas y tan frágiles, estaban destinadas únicamente a las personas que aún podían ver salir el sol sin tener que esconderse; pensó que jamás tendría el privilegio de enamorarse de verdad y, sin embargo... la vida había decidido regalarle esa oportunidad.
No provenía de otro vampiro, no provenía del consejo, no provenía de siglos de existencia; se la estaba regalando un simple humano, se la estaba regalando Elías. Alexander sonrió con una ternura que ni él mismo sabía que era capaz de sentir.
Alexander: —No pienso desperdiciar esto... jamás. —Sujetó con delicadeza la cintura de Elías, con ese cuidado protector que lo caracterizaba, como si temiera romperlo, y ambos descendieron lentamente hasta volver a tocar el suelo.
Apenas sus pies rozaron la hierba, el silencio volvió a envolverlos. Fue Elías quien lo rompió, como siempre; la curiosidad pudo más que él, más que su timidez. Lo observó durante unos segundos, jugueteando con sus dedos, antes de hablar con esa mezcla de timidez e interés que tanto lo caracterizaba.
Elías: —¿Puedo preguntarte algo? —Alexander soltó una pequeña risa, encantado por ese gesto tan propio de él.
Alexander: —Puedes preguntarme lo que quieras. —le dijo con ese tono sarcástico pero cariñoso que solo él sabía usar sin sonar cruel.
Elías sintió cómo el apodo le arrancaba un leve sonrojo, bajó la mirada un instante, pero decidió concentrarse en la pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde hacía tiempo, con esa curiosidad introvertida que no lo dejaba en paz.
Elías: —Quiero saber cómo ha sido tu vida... como vampiro. —Alexander arqueó ligeramente las cejas; no esperaba aquella pregunta.
Durante un instante permaneció completamente inmóvil; después sonrió, con esa seguridad extrovertida que siempre lo hacía parecer dueño de la situación. Si aquello hubiera ocurrido unos días atrás, probablemente habría evitado responder con un comentario sarcástico, pero ahora era diferente; acababan de abrirse el corazón el uno al otro, ya no quería esconder absolutamente nada, no de Elías, jamás de Elías.
Respiró profundamente antes de comenzar.
Alexander: —Desde que nací... he sido un vampiro, nunca conocí otra vida distinta; para mí, todo esto siempre fue normal: la fuerza, la velocidad, los sentidos, la inmortalidad... todo aquello que ya has visto con tus propios ojos. —Hizo una breve pausa, su expresión perdió parte de aquella felicidad mientras algunos recuerdos regresaban lentamente, oscureciendo su mirada—. Pero también vi cosas que ningún niño debería ver.
Bajó la mirada.
Alexander: —Mi madre murió en extrañas circunstancias y hasta el día de hoy no sé qué es lo que le paso y… vi morir a mi madre adoptiva el mismo día en que nació mi hermana menor... Olga. —Su voz se volvió mucho más suave, casi vulnerable—. Ella es un encanto, Elías, es la persona más dulce que conozco... y voy a confesarte algo. —Una sonrisa sincera apareció en su rostro, una sonrisa orgullosa y genuina—. Si no hubiera sido por ella... jamás habría podido disfrazarme de humano para venir a verte; fue ella quien me ayudó desde el principio; mi hermana solo quiere verme feliz. —Elías sonrió con ternura al imaginar aquella escena, con esa dulzura reservada que lo hacía iluminarse por dentro.