
El silencio reinaba por completo dentro de la habitación de Elías; la tenue luz de la luna se filtraba entre las cortinas, bañando el cuarto con un resplandor plateado que apenas alcanzaba a iluminar su cama. Elías permanecía acostado sobre el colchón, con las manos apoyadas sobre su pecho mientras contemplaba el techo, incapaz de cerrar los ojos. Por fortuna, nadie en casa parecía haberse dado cuenta de su ausencia durante aquella noche, y ese detalle le quitaba un enorme peso de encima, pues lo último que necesitaba era tener que inventar explicaciones.
Sin embargo, aunque su cuerpo ya descansaba bajo las mantas, su mente seguía completamente despierta, y era imposible dejar de pensar en todo lo que había ocurrido en menos de un día. Apenas unas horas atrás había discutido con Alexander de una forma tan dolorosa que realmente creyó que jamás volverían a verse; aquellas palabras, la distancia entre ambos y el miedo que sintió en ese momento todavía seguían presentes en su memoria. Había llegado a pensar que todo había terminado, que nunca tendría la oportunidad de volver a verlo, pero el destino había decidido sorprenderlo y en menos de veinticuatro horas todo había cambiado de una manera que jamás habría imaginado.
Ahora Alexander era su novio; el solo pensarlo hacía que una tímida sonrisa apareciera sobre sus labios, una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero completamente sincera, propia de su personalidad dulce, reservada e introvertida. Sentía que el pecho le latía con una calidez desconocida y, a sus 14 años, estaba descubriendo por primera vez lo que realmente significaba enamorarse de alguien y, curiosamente, la persona que había conseguido hacerlo sentir así era precisamente quien menos esperaba, un vampiro, Alexander.
Elías soltó una suave risa nerviosa mientras ocultaba parte del rostro entre la almohada, con esa curiosidad que siempre lo caracterizaba, preguntándose cómo era posible sentir tanta tranquilidad; si alguien del pueblo de Valduerne escuchara aquello, seguramente pensaría que estaba completamente loco; después de todo, desde que tenía memoria le habían enseñado que los vampiros eran criaturas peligrosas, monstruos a los que había que temer y mantener lo más lejos posible. Sin embargo, cada vez que estaba junto a Alexander, todas esas historias desaparecían; no veía un monstruo, veía a un muchacho que lo hacía sentir protegido, que lo miraba con una ternura que nadie más le había dedicado jamás, que siempre encontraba las palabras exactas para tranquilizarlo y que era capaz de hacerlo sonreír incluso cuando creía que todo estaba perdido.
Era extraño, muy extraño, pero cuando Alexander estaba cerca, Elías incluso olvidaba que pertenecía a la raza más temida de todo Valduerne; solo veía a Alexander, al chico del que se estaba enamorando cada vez más. Elías llevó lentamente una mano hasta sus labios; todavía podía recordar el beso que habían compartido y su rostro comenzó a sonrojarse de inmediato.
Elías: —No puedo creer que todo esto sea real. —Susurró para sí mismo con una mezcla de vergüenza y felicidad, con esa voz bajita e introvertida que usaba cuando no quería que sus propios pensamientos se escucharan demasiado alto.
Su corazón latía tan rápido que parecía querer escaparse de su pecho; sin embargo, aquella felicidad venía acompañada por una responsabilidad enorme, porque desde el día siguiente todo cambiaría, tendría que fingir, ocultar sus verdaderos sentimientos, disimular cada sonrisa, cada mirada, cada pequeño gesto de cariño hacia Alexander delante de los demás, no porque sintiera vergüenza de su relación, jamás; si por él fuera, le habría encantado poder decirles a todos lo feliz que era, pero no podía, no mientras eso pusiera en peligro la vida de Alexander, ni la de su familia, ni la de Olga, ni la de cualquiera que pudiera verse involucrado. Su amor tendría que permanecer como un secreto, un secreto compartido únicamente entre dos corazones.
Elías cerró lentamente los ojos.
Elías: —Vale la pena... Si es para protegerlos... puedo hacerlo. —Con ese último pensamiento, finalmente dejó que el cansancio venciera sus emociones y poco a poco el sueño terminó envolviéndolo.
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Mientras tanto, en las profundidades del bosque que rodeaba Valduerne, la oscuridad parecía mucho más espesa. Arthur caminaba entre los árboles con expresión seria; ni siquiera él entendía por qué había terminado allí esa noche; era como si una extraña sensación lo hubiera llamado hasta ese lugar, como si algo estuviera esperándolo. El viento agitó las hojas de los árboles y entonces una sombra apareció delante de él; no tuvo tiempo ni siquiera de reaccionar.
¡BOOM!
Alexander lo sujetó violentamente del cuello de la ropa y lo estrelló contra el tronco de un enorme árbol; la madera crujió por el impacto. Arthur apenas alcanzó a abrir los ojos con sorpresa. Alexander lo observaba fijamente; sus ojos carmesí brillaban con una intensidad inquietante, no había una sola muestra de duda en su expresión, solo determinación.
Alexander: —Ya sé lo que intentaste hacer. —Arthur guardó silencio. —Intentaste alejarme de Elías, así que voy a dejarte algo muy claro: ya no me interesas. Métetelo de una vez en la cabeza. —Arthur apretó ligeramente los dientes, pero continuó observándolo sin apartar la mirada. —Y si vuelves a intentar hacerle daño a mon petit copain. —Los ojos del vampiro parecieron endurecerse todavía más, y su tono, que siempre era romántico y sarcástico, se volvió gélido y protector. —No voy a tener ninguna consideración contigo. —Durante unos segundos, el bosque quedó completamente en silencio.