
Como cada mañana, Elías avanzaba junto a su hermano mayor por el camino de siempre que los llevaba al colegio. El silencio entre ambos nunca resultaba incómodo, porque no necesitaban hablar constantemente para disfrutar de la compañía del otro; les bastaba con caminar juntos, escuchando el canto de los pájaros que se escondían entre los árboles y el suave crujido de las hojas secas bajo sus zapatos.
Maxime llevaba las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta y de vez en cuando observaba de reojo a su hermano menor; había algo diferente en él que no podía ignorar. Después de haberlo visto completamente abatido el día anterior, con los hombros caídos y la mirada perdida, ahora su expresión transmitía una serenidad que hacía mucho no veía.
Sus hombros ya no estaban tensos, su mirada había recuperado aquel brillo tranquilo y dulce que tanto lo caracterizaba y, aunque intentaba disimularlo por su naturaleza reservada e introvertida, una pequeña sonrisa curiosa y tímida aparecía de vez en cuando en sus labios, como si no pudiera contener la felicidad que llevaba dentro. Y aunque Elías les había dicho la razón del porqué, Maxime no podía evitar que había algo más que Elías aún no les ha dicho.
Finalmente, Maxime rompió el silencio.
Maxime: —Hoy te ves mucho mejor. —Elías levantó apenas la vista, con esa dulzura reservada que lo hacía apartar la mirada cuando se sentía observado, y sonrió con la discreción que siempre lo caracterizaba.
Elías: —Dormí bien. —La respuesta era sencilla, casi susurrada, pero para él significaba muchísimo más. Había dormido con el corazón tranquilo por primera vez en muchos días.
Había dejado de tener miedo de perder a la persona que más amaba y solamente él conocía el verdadero motivo de aquella paz. Maxime sonrió con alivio al verlo así.
Maxime: —Me alegro.
Continuaron caminando durante unos minutos más sin necesidad de añadir ninguna otra palabra, porque su silencio era cómodo. Cuando finalmente llegaron frente al colegio, los alumnos ya comenzaban a llenar el patio principal con su bullicio habitual. Antes de separarse, Maxime pasó una mano por el cabello de su hermano, revolviéndolo cariñosamente como hacía desde que eran pequeños.
Maxime: —Nos vemos a la salida. —Elías acomodó distraídamente algunos mechones despeinados mientras sonreía, un poco sonrojado por el gesto.
Elías: —Nos vemos. —Ambos tomaron caminos distintos.
Maxime se dirigió hacia el edificio correspondiente a su curso, mientras Elías comenzó a recorrer los largos pasillos que conducían a su salón.
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El ambiente era el habitual. Grupos de estudiantes conversaban animadamente, otros corrían para no llegar tarde y algunos profesores ya comenzaban a organizar a los alumnos; entonces ocurrió. Elías levantó la vista y los vio, los tres muchachos que durante tanto tiempo habían convertido su vida escolar en un constante infierno.
Durante un instante, su cuerpo reaccionó por instinto, como siempre lo hacía; sus músculos se tensaron, su respiración se hizo un poco más corta. Aún no lograba olvidar el miedo que les provoca, porque por más que intentara ser valiente, su parte más introvertida guardaba cada recuerdo, pero, para su sorpresa, los tres también lo habían visto y ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Ninguno de ellos dio un paso hacia él, ninguno sonrió con burla, ninguno preparó una nueva humillación; por el contrario, los tres bajaron la mirada casi al mismo tiempo, con una sumisión que nunca antes habían mostrado. Uno retrocedió un paso con evidente nerviosismo; otro tragó saliva mientras evitaba cualquier contacto visual. El tercero murmuró con voz apenas audible.
Bravucón 3: —Ahí viene... —Hizo una pequeña pausa antes de terminar la frase, con la voz temblorosa. —...el de la bici. —Los otros dos palidecieron todavía más al escucharlo.
Sin decir absolutamente nada, los tres se hicieron lentamente a un lado del pasillo para dejarlo pasar, como si el muchacho al que antes disfrutaban atormentar ahora fuera alguien a quien era mejor no provocar. Elías los observó completamente desconcertado, no entendía qué estaba ocurriendo; durante unos segundos simplemente continuó caminando, todavía esperando escuchar alguna burla detrás de él, pero nunca llegó, solo escuchó el silencio y entonces comprendió.
Esa vez que Alexander los amenazó si volvían a hacerme daño, la demostración de fuerza que ninguno de ellos sería capaz de olvidar, no había necesitado volver a amenazarlos; había bastado una sola vez para dejar claro que jamás permitiría que volvieran a tocar a Elías. Sin darse cuenta, una sonrisa pequeña, cálida y completamente sincera apareció en el rostro del muchacho; no era una sonrisa de orgullo, era una sonrisa nacida del alivio más puro. Por primera vez desde que había comenzado aquel curso, había podido cruzar ese pasillo sin sentir miedo.
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Cuando entró al salón, una voz lo recibió de inmediato.
Lukas: —¡Por fin llegó! —Elías levantó la vista.