
Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a abrirse paso entre las copas de los árboles que rodeaban el bosque de Valduerne; una tenue neblina cubría el suelo húmedo y el refugio vampírico despertaba lentamente con esa calma silenciosa que lo envolvía cada mañana, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Alexander estaba jugando en estos momentos con su hermanita Olga cuando algo totalmente inesperado los interrumpe.
Marc: —Alexander. —La profunda voz de Marc resonó detrás de ellos, grave y definitiva.
Los dos hermanos giraron inmediatamente; Olga bajó la mirada casi por reflejo, reconociendo la autoridad en ese tono.
Olga: —Papá. —Marc permanecía de pie junto a la puerta.
Su expresión era completamente seria; no había enojo en su rostro, pero sí una preocupación que resultaba imposible ignorar, una sombra vieja y cansada. Durante unos segundos observó a ambos en absoluto silencio; finalmente, habló con voz tranquila, pero que no admitía réplica.
Marc: —Olga... —¿Podrías ir un momento a tu habitación? —La pequeña comprendió enseguida que aquello no era una simple petición.
Miró a Alexander con evidente inquietud; él, siempre protector, le dedicó una sonrisa cálida y tranquilizadora, intentando restarle importancia al momento.
Alexander: —No te preocupes, pequeñita, todo está bien. Ve, anda. —Aunque no estaba completamente convencida, Olga terminó asintiendo.
Olga: —Está bien. —Salió de la habitación despacio y cerró la puerta tras de sí.
El silencio que quedó después pareció mucho más pesado que cualquier palabra. Alexander observó a su padre con cierta incertidumbre; había algo extraño en aquella mirada, algo que no lograba descifrar.
Alexander: —¿Ocurre algo, papá? —Marc respiró profundamente antes de responder.
Marc: —Sí. —Guardó unos segundos de silencio que se hicieron eternos—. Quiero hacerte una pregunta... y espero que me respondas con la verdad. —El estómago de Alexander se contrajo.
Un incómodo presentimiento comenzó a recorrerle el cuerpo, helándole la sangre. Intentó mantener la calma, recurriendo a esa fachada sarcástica que tan bien sabía usar.
Alexander: —¿Qué sucede? —Marc dio un paso al frente, acortando la distancia.
Marc: —¿Me estás ocultando algo? —Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Alexander sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho. Miles de pensamientos atravesaron su mente en apenas un segundo.
¿Lo descubrió? ¿Viktor habló? ¿Arthur le dijo algo? ¿El Consejo ya sabe lo de Elías?
Su respiración amenazó con quebrarse, pero consiguió controlarse antes de que cualquier emoción apareciera en su rostro, manteniendo esa compostura de chico seguro que siempre mostraba.
Alexander: —¿Ocultarte... qué cosa? —Marc no apartó la mirada.
Era la misma expresión que utilizaba cuando interrogaba a cualquier miembro del refugio. Una mirada capaz de atravesar el alma.
Marc: —Algo que vaya en contra del Consejo. —Aquellas palabras hicieron que todo el cuerpo de Alexander se tensara.
Por primera vez sintió un verdadero miedo, no por él, sino por Elías, por su dulce y curioso Elías, que no merecía pagar por sus decisiones. Si el Consejo llegaba a descubrir la verdad, no solo Alexander sería castigado, también pondría en peligro al chico que amaba y eso jamás podría perdonárselo.
Respiró lentamente antes de responder, con una firmeza que le costó cada fibra de su ser.
Alexander: —No. —Marc continuó observándolo, como si intentara descubrir una mentira escondida detrás de aquella única palabra.
Alexander sostuvo su mirada sin apartarla; no podía romperse, no ahora, no cuando Elías dependía de él. Los segundos se hicieron eternos. Finalmente, Marc dejó escapar un largo suspiro, un suspiro que sonaba más a derrota que a alivio.
Marc: —Espero de verdad que sea así, hijo. —Su voz perdió parte de aquella firmeza que siempre mostraba como líder del refugio. Ahora hablaba únicamente como un padre, uno profundamente preocupado—. Porque lo único que deseo... —Hizo una pequeña pausa, como si aquellas palabras le costaran más de lo que estaba dispuesto a admitir—. Es que nunca cometas los mismos errores que yo cometí. —Alexander levantó lentamente la vista.
Era la primera vez que escuchaba a su padre hablar de esa forma, con esa vulnerabilidad.
Marc: —Las reglas del Consejo existen por una razón. —Bajó la mirada unos segundos antes de continuar, con la voz más apagada—. Quizá muchas veces sean injustas... Quizá incluso crueles... Pero nosotros... No podemos escapar de ellas, nunca. —Aquellas últimas palabras sonaron demasiado personales, como si no estuviera hablando de una simple norma, sino de una herida que jamás había conseguido cerrar, de un amor perdido.