
La noche había caído por completo sobre el pueblo, envolviéndolo todo en ese silencio sereno que solo rompía el canto lejano de los grillos y el suave susurro del viento entre las ramas. Por la ventana de su habitación se filtraba la luz plateada de la luna, dibujando un rectángulo pálido sobre el suelo de madera y acariciando apenas una esquina de la cama donde Elías permanecía acostado.
Estaba boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirando fijo al techo; llevaba minutos así, con los ojos abiertos, sin poder conciliar el sueño porque su mente no dejaba de volver, una y otra vez, a la misma tarde. Recordaba el bosque con una claridad que le dolía, ese silencio antinatural que lo había rodeado, y luego esa figura emergiendo de entre las sombras, un vampiro que no conocía; recordaba sus ojos, su sonrisa torcida y, sobre todo, esas manos cerrándose con una fuerza brutal alrededor de su cuello.
Instintivamente, Elías llevó la yema de los dedos hasta su garganta y la acarició con suavidad, casi con miedo; todavía podía sentir la presión, el aire escapándose de sus pulmones, la desesperación punzante de intentar respirar sin conseguirlo. Su cuerpo se estremeció por un segundo, un temblor pequeño y reservado que intentó ocultar incluso estando solo.
Luego bajó la mirada hacia su piel; no había nada, ni una marca, ni un rasguño, ni un leve enrojecimiento. Alexander había hecho desaparecer cada herida antes de que regresara a casa, con ese cuidado protector que siempre tenía con él.
Una sonrisa dulce, tímida y genuina se dibujó en los labios de Elías.
Elías: —Gracias... Alexander... —Susurró con una dulzura casi imperceptible, como si temiera que alguien más pudiera oírlo.
Aquel gesto había significado para él mucho más de lo que Alexander probablemente imaginaba; gracias a eso, cuando llegó a casa, nadie sospechó nada, ni Maxime, que siempre notaba cuando algo le pasaba, ni sus padres, ni siquiera su abuelo, que solía mirarlo como si pudiera leerle el alma.
Todos lo recibieron como cualquier otro día, sin imaginar que apenas horas antes había estado al borde de perder la vida y eso era un alivio inmenso, porque si alguno descubría que un vampiro lo había atacado, todo cambiaría, su familia empezaría a preocuparse de más, le prohibirían acercarse al bosque y, lo que más le dolía solo de pensarlo, quizá intentarían impedir que volviera a ver a Alexander; solo imaginar esa posibilidad hizo que su pecho se encogiera.
Negó despacio con la cabeza, abrazando su almohada con esa forma introvertida y pequeña que tenía de protegerse.
Elías: —No... es mejor que nunca lo sepan. —Su sonrisa fue desapareciendo poco a poco, porque había algo mucho más pesado que seguía dando vueltas en su cabeza desde aquella conversación con Alexander.
Una frase, solo una, pero pesaba más que cualquier otra cosa.
Elías: —"El Despertar Carmesí..." —Murmuró casi sin darse cuenta, frunciendo ligeramente el ceño.
Esas palabras no dejaban de resonar, no sabía qué eran, no sabía si era una enfermedad, una ley antigua, una maldición o algo incluso peor; lo único que tenía claro era la expresión que Alexander había puesto al pronunciarlas. Jamás lo había visto así; no era simple preocupación, había sido miedo, un miedo profundo, antiguo, como si hablar de aquello significara abrir una puerta que llevaba siglos cerrada a propósito.
Elías, con esa curiosidad tranquila y reservada que lo caracterizaba, abrazó más firmemente la almohada contra su pecho.
Elías: —¿Qué será exactamente? —Su voz fue apenas un susurro.
Recordó entonces todas las veces que Alexander le había repetido desde que se conocieron que un vampiro y un humano no podían estar juntos, que era peligroso, que había cosas que él todavía no podía entender. Hasta ahora siempre había pensado que todo se debía al Consejo Vampírico, o quizá a Arthur, o a las antiguas reglas, pero ahora ya no estaba tan seguro.
Sus ojos, siempre tan expresivos a pesar de su timidez, reflejaban esa necesidad introvertida de comprenderlo todo.
Elías: —¿Será... la verdadera razón por la que un vampiro no puede estar con un humano...? —Un leve escalofrío recorrió su espalda.
Si estaba en lo cierto, entonces el verdadero enemigo nunca había sido Arthur, ni el Consejo, ni siquiera el Bosque Oscuro; el verdadero peligro era algo mucho más antiguo, mucho más profundo, algo que formaba parte de la propia existencia de los vampiros. Cerró lentamente los ojos y respiró hondo; podía seguir imaginando cientos de posibilidades durante toda la noche, pero ninguna le daría respuestas; solo una persona podía dárselas y esa persona era Alexander.
Una tenue sonrisa volvió a su rostro, esa sonrisa dulce que solo aparecía cuando pensaba en él.
Elías: —Mañana... se lo preguntaré. —Permaneció unos segundos en silencio antes de continuar, esta vez con una determinación poco habitual en él, una valentía silenciosa que nacía de su amor. —Esta vez... no quiero que vuelva a ocultarme nada. —No lo hacía por desconfianza; al contrario, confiaba plenamente en Alexander.
Precisamente por eso necesitaba conocer la verdad, quería comprender el peso que cargaba sobre sus hombros, quería acompañarlo incluso en aquello que más le dolía y, sobre todo, quería demostrarle que no pensaba alejarse de él tan fácilmente. Con ese último pensamiento, el cansancio acumulado del día finalmente lo venció y sus párpados se fueron cerrando lentamente hasta que el sueño lo envolvió por completo.