Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 30

La noche continuaba en el refugio vampírico, pero el silencio que reinaba entre sus muros no era precisamente uno de paz; era un silencio denso, cargado, de esos que pesan más que cualquier ruido. Alexander permanecía sentado sobre el borde de su cama, con la espalda ligeramente encorvada y la mirada completamente perdida en el suelo de piedra.

Por primera vez en mucho tiempo, ni siquiera era capaz de disfrutar de la tranquilidad de su habitación, ese pequeño santuario que siempre lo había calmado. Las palabras de su padre seguían resonando una y otra vez dentro de su cabeza como una condena imposible de ignorar:

"Ya sabe toda la verdad...".

Aquella frase parecía repetirse sin descanso, en bucle; ahora Marc conocía la existencia de Elías, sabía que estaba enamorado de un humano y, peor aún, estaba convencido de que aquella relación estaba destinada a terminar en tragedia. Alexander cerró lentamente los ojos mientras apoyaba ambos codos sobre sus rodillas, con las manos entrelazadas con fuerza; simplemente no podía aceptarlo. Alejarse de Elías nunca había sido una opción, ni siquiera una idea soportable.

Desde el primer momento en que aquel tímido muchacho de ojos curiosos y sonrisa dulce apareció en su vida, todo había cambiado para él; por primera vez en siglos había descubierto lo que significaba sentirse realmente feliz, no esa felicidad fingida de fiestas eternas, sino una real, humana. Había encontrado a alguien que no lo juzgaba por ser un vampiro, que lograba sacar su lado más humano y que, sin siquiera proponérselo, había conseguido llenar un vacío que Alexander llevaba demasiado tiempo intentando ignorar con sarcasmo y encanto.

No estaba dispuesto a perder todo aquello; no importaba cuánto insistiera su padre, no importaban las reglas del Consejo, no importaban las leyendas del Despertar Carmesí, se negaba rotundamente a abandonar a Elías. Sin embargo, también comprendía, con esa lucidez que siempre lo caracterizaba cuando dejaba de lado el drama, que enfrentarse a Marc únicamente con enojo no resolvería nada.

Si quería cambiar las cosas, primero debía hacer que su padre lo escuchara; necesitaba entender por qué estaba tan convencido de que un humano y un vampiro jamás podrían ser felices juntos. Tal vez, solo tal vez, si conseguía demostrarle que esta vez era diferente, aún existía una oportunidad para que Marc no solo guardara silencio ante el Consejo, sino que incluso decidiera apoyarlo.

Unos suaves golpes interrumpieron sus pensamientos.

Olga: —¿Alexander?

Alexander levantó ligeramente la cabeza, su instinto protector activándose al instante al reconocer esa vocecita dulce.

Alexander: —Pasa, mi pequeña. —La puerta se abrió con cuidado y Olga apareció asomando apenas la cabeza antes de entrar completamente, con esos pasitos cortos y cautelosos que siempre daba cuando sabía que algo andaba mal.

La pequeña caminó despacio hasta él y en su rostro podía verse claramente la preocupación, una preocupación que no le correspondía a una niña de su edad. Alexander apenas tuvo tiempo de sonreír con cansancio cuando ella ya estaba frente a él.

Olga: —Escuché... todo lo que pasó con papá. —Alexander suspiró, dejando caer los hombros.

No hacía falta preguntarle cuánto había escuchado; bastaba con verla para comprender que había oído lo suficiente.

Alexander: —No debiste preocuparte por eso, pequeña. Son cosas de mayores, de vampiros mayores y muy tercos.

Olga: —¿Cómo no voy a preocuparme? No me gusta verte triste, Alex... te ves... apagado. —Alexander guardó silencio, porque no sabía cómo decirle que sí, que estaba triste, sin romperla a ella también.

Olga bajó la mirada durante unos segundos, jugando con sus dedos, antes de volver a hablar con una valentía que le salía del corazón.

Olga: —Yo he sido testigo de lo feliz que te hace Elías. —La sonrisa de Alexander apareció apenas por un instante, genuina, involuntaria.

Olga continuó, con esa honestidad brutal de los niños.

Olga: —Siempre que vienes aquí después de verlo, no puedes dejar de hablar de él, me cuentas todo lo que hicieron, todo lo que dijeron... Incluso cuando te ayudo con tu apariencia humana, siempre terminas sonriendo por alguna cosa que hizo; te ríes solo, como tonto. —Alexander no pudo evitar reír muy suavemente.

Era cierto, ni siquiera él se había dado cuenta de cuánto hablaba de Elías hasta escuchar a su hermanita decirlo en voz alta.

Olga: —No quiero que papá los aleje... No quiero que te quedes solo otra vez. —Aquellas palabras terminaron de romper el poco ánimo que Alexander intentaba conservar.

Se levantó de la cama y acarició con ternura el cabello de la pequeña, con esa dulzura protectora que solo usaba con ella y con Elías.

Alexander: —Yo tampoco quiero eso, mi pequeña. —Olga lo miró con los ojos ligeramente humedecidos.

Alexander sonrió con enorme cariño, pero también con firmeza, y se agachó para quedar a su altura.

Alexander: —Pero quiero que me escuches muy bien, ¿sí? Mírame. —Ella asintió. —Tú no tienes absolutamente ninguna culpa de lo que pasó aquí, ni una pizca. ¿Entendido? —Olga abrió un poco los ojos, sorprendida. —Eres la persona más inocente de todo este asunto, nunca pienses lo contrario, jamás. —La pequeña sintió cómo un enorme peso abandonaba lentamente su pecho.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 27.10.2026

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