
ACTO IV: EL DESPERTAR CARMESÍ (Capítulos 31-40)
La lluvia golpeaba con violencia los ventanales de la casa de los Montero y los relámpagos iluminaban por breves y crueles instantes la habitación compartida de los hermanos, dibujando sombras irregulares y alargadas sobre las paredes antes de que la oscuridad volviera a apoderarse de todo con más fuerza. Era una de esas noches en las que el mundo entero parecía estar llorando y, en aquella habitación, no era el único que lo hacía.
Del otro lado del cuarto, Maxime dormía profundamente, con la respiración pausada y tranquila, completamente ajeno a la tormenta que rugía tanto en el exterior como en el corazón de su hermano menor.
Elías permanecía sentado sobre su propia cama, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas con fuerza, como si ese pequeño círculo que formaba con su cuerpo pudiera contener todo el dolor que sentía y que amenazaba con desbordarse. Su camiseta blanca estaba completamente arrugada por sus propios dedos, su cabello castaño caía húmedo y pegado sobre su frente y sus manos temblaban sin ningún control.
No hacía ruido, no quería despertar a nadie; su naturaleza dulce y reservada, esa que siempre lo hacía anteponer la paz de los demás a la suya, lo obligaba a sufrir en silencio, a tragarse los sollozos para no romper la tranquilidad de su hermano, pero las lágrimas seguían cayendo una tras otra, silenciosas. Dolorosas. Imparables.
No podía dejar de ver aquella imagen, una y otra vez, como si alguien hubiera decidido ponerla en bucle dentro de su cabeza para torturarlo de la forma más cruel posible.
Elías: —No... —Susurró con la voz quebrada, apenas un hilo de voz perdido entre los truenos—. No puede ser... —Apretó los ojos con fuerza, con tanta fuerza que le dolieron.
Su mente curiosa, esa que siempre buscaba respuestas en los libros y en las estrellas, buscaba ahora desesperadamente grietas en el recuerdo, algún detalle que no encajara, una sombra mal puesta, una luz imposible, algo que le dijera que todo era un montaje, una mentira. Quería borrar ese recuerdo, quería despertar de golpe en su cama y descubrir que todo había sido una horrible pesadilla provocada por la tormenta.
Elías: —No... tú no... —Una nueva lágrima descendió por su mejilla, dejando un camino helado y brillante sobre su piel pálida.
Desde el primer día en que conoció la verdad sobre Alexander, había aceptado algo que muy pocos podrían comprender: que Alexander es un vampiro. Lo había visto con sus propios ojos, pero también había descubierto algo que nadie más parecía capaz de ver. Detrás de aquellos colmillos que podían matarlo, había un muchacho, uno que reía con él hasta que le dolía el estómago por una tontería, que se preocupaba genuinamente por su familia y por él, que protegía a su hermana con todo su corazón, como si fuera su tesoro más preciado, que era capaz de quedarse horas escuchándolo hablar de lo que fuera y al mismo tiempo darle ese amor tan especial que solo Alexander era capaz de darle.
Ese era el Alexander que Elías conocía, no el monstruo del video.
Elías: —Tú no eres así... —Su voz apenas fue un susurro perdido entre el sonido ensordecedor de la lluvia.
Su mente introvertida lo traicionó trayéndole recuerdos felices en el peor momento posible; recordó la primera vez que caminaron juntos por el bosque, la primera vez que hablaron, cómo después se siguieron viendo, cómo en esa noche tan especial se hicieron novios, todos los momentos especiales. Todo parecía tan real, tan sincero, tan humano. Entonces...
¿Por qué esa imagen seguía existiendo? ¿Por qué Alexander aparecía allí, de pie, frente a los cuerpos inmóviles de los tres bravucones que lo acosaban? ¿Por qué no podía encontrar una explicación lógica que encajara?
Las dudas comenzaron a romper lentamente todos aquellos recuerdos felices, como si fueran cristales golpeados por una piedra, y eso era precisamente lo que más lo destruía. No era el miedo a que Alexander le hiciera daño, era la posibilidad devastadora de que todo hubiese sido mentira desde el principio, que su petit copain, el que juró protegerlo contra todo y contra todos, fuera en realidad el monstruo que todos decían que era.
Elías: —Por favor... —Su respiración comenzó a entrecortarse, su pecho subía y bajaba con desesperación y sus dedos se clavaron en sus rodillas—. Dime que no eres un monstruo. —Cubrió su rostro con ambas manos mientras las lágrimas seguían escapando entre sus dedos, mojándole las palmas y la camiseta. —Por favor. —Afuera, un relámpago iluminó nuevamente la habitación con una luz blanca y violenta.
Pero Elías ya no levantó la vista, solo siguió llorando, encogido sobre sí mismo, como si aquella tormenta jamás fuera a terminar.
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Muy lejos de allí, en el refugio vampírico, Alexander permanecía sentado sobre el borde de su cama; la habitación estaba completamente a oscuras, ni siquiera había intentado encender la lámpara, no tenía ánimo para hacerlo, ni siquiera para moverse. Su postura era rígida, los hombros tensos como si esperara un ataque en cualquier momento; su naturaleza protectora lo mantenía alerta incluso en la quietud más absoluta.