
Los sonidos comenzaban a apagarse, a volverse lejanos y huecos, como si estuviera hundiéndose en agua profunda y helada. Su cuerpo dejaba de responder, las piernas flojas, los brazos cayendo a los costados de la cama, inertes; el pecho le ardía con cada intento fallido de inhalar.
Elías: —Alexander... —Fue el último pensamiento que logró formular, pequeño, íntimo, como un rezo que solo él podía escuchar en su interior.
El nombre de Alexander, con toda su calidez protectora, fue su única ancla antes de que la oscuridad lo tragara por completo y entonces, una voz irrumpió con violencia en la habitación, cortando el aire viciado como un látigo.
Arthur: —¡¡Qué crees que estás haciendo!! —El antiguo vampiro no reaccionó.
Continuó apretando, perdido en su delirio, en esa alucinación que confundía el presente con un pasado sangriento que no lo dejaba descansar.
Arthur: —¡¡Suéltalo ahora!! —Aquella voz volvió a resonar, esta vez mucho más cerca, cargada de una autoridad que no admitía réplica y de un miedo que no solía mostrar.
Viktor apenas alcanzó a girar el rostro, con los ojos desenfocados, vacíos, sin reconocer y, en el siguiente instante, una mano sujetó con fuerza brutal su brazo; los dedos se clavaron en su antebrazo hasta dejar marcas blancas que tardarían en irse.
Arthur: —¡¡Ya basta!! —Viktor abrió ligeramente los ojos.
Parpadeó una vez, dos veces, confundido, como si despertara de una pesadilla que llevaba siglos soñando sin parar. Arthur lo obligó a apartarse unos pasos, empujándolo con una fuerza que no admitía discusión; su expresión estaba completamente alterada, la mandíbula tensa, las fosas nasales dilatadas por la furia y el pánico.
Arthur: —¿¡Qué demonios estabas haciendo!? —Viktor respiraba agitadamente.
El pecho le subía y bajaba con violencia, descontrolado; su mirada seguía completamente perdida, mirando a Elías, pero sin verlo realmente, todavía a medias entre dos tiempos.
Viktor: —Yo... —Arthur volvió a mirar a Elías.
El muchacho permanecía sobre la cama, encogido sobre sí mismo, tosiendo desesperadamente mientras intentaba llenar nuevamente sus pulmones de aire; cada respiración era dolorosa, un silbido húmedo y roto que le desgarraba la garganta. Su cuello ardía como si hubiera tragado brasas vivas; las lágrimas brotaban sin control, fruto del reflejo físico y del terror puro de lo que casi pasa, mientras el oxígeno volvía lentamente a entrar en su cuerpo.
Arthur apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula, se volvió nuevamente hacia Viktor, y su voz fue un filo de hielo.
Arthur: —¡¿Acaso perdiste la cabeza?! —Viktor llevó una mano temblorosa hasta su frente, presionando con fuerza como si así pudiera ordenar los recuerdos que se le agolpaban.
Todo comenzaba a regresar lentamente a la normalidad, a la cruda realidad; las imágenes de hacía apenas unos segundos aparecieron una tras otra, fotogramas de una película que no quería ver: Elías, su cuello frágil, sus propias manos alrededor de esa piel pálida y aquel nombre, maldito, susurrado por su propia boca.
Atreus.
Su respiración volvió a acelerarse, presa del horror.
Viktor: —No... —Murmuró, y la palabra le supo a ceniza en la lengua. —Yo... —Arthur dio un paso hacia él.
Su tono seguía siendo duro, pero ahora también había una preocupación genuina debajo, una grieta en su armadura de frialdad.
Arthur: —Estuviste a segundos de arruinarlo todo. —Viktor cerró los ojos con fuerza.
Todavía podía escuchar aquella voz del pasado, todavía podía ver aquel rostro, el rostro de Atreus, no... El rostro de Elías. Ya ni siquiera sabía cuál de los dos había tenido realmente frente a él; la culpa le cayó encima como una losa de piedra de toneladas.
Arthur volvió a sujetarlo del brazo, esta vez sin tanta fuerza, más como un ancla que lo traía de vuelta a la realidad que como una amenaza.
Arthur: —No hay tiempo, Alexander viene hacia aquí. —Viktor abrió los ojos de golpe, como si lo hubieran electrocutado.
El nombre fue un balde de agua helada que le recorrió toda la columna.
Viktor: —¿Qué?
Arthur: —Lo sentí, su presencia está cada vez más cerca y créeme... viene completamente fuera de control.
Viktor: —Tenemos que irnos. —Arthur asintió, tenso, con la mirada fija en la ventana.
Antes de marcharse, dirigió una última mirada hacia Elías; el muchacho seguía intentando respirar, cada inhalación un esfuerzo titánico, incorporarse era una tarea enorme para su cuerpo debilitado, sus manos todavía temblaban sin control sobre las sábanas arrugadas y, en su mirada reservada, siempre tan dulce y curiosa, había ahora una confusión que partía el alma. Esa curiosidad introvertida suya, la que siempre quería entenderlo todo, hasta el detalle más pequeño, ahora estaba teñida de un miedo que no comprendía.