
La habitación permanecía completamente en silencio; no era un silencio vacío, era un silencio denso, pesado, de esos que se sienten en la piel. Las últimas palabras de Marc seguían flotando en el ambiente, como si se hubieran quedado atrapadas entre las paredes, negándose a desaparecer.
"No quiero perderte como hijo."
Alexander aún no era capaz de reaccionar; durante toda su vida, y cuando digo toda, es literalmente siglos de existencia a la sombra de un linaje que exigía perfección, había esperado escuchar algo parecido, una muestra de comprensión, una grieta en la coraza de su padre, y aquellas palabras habían llegado cuando menos las esperaba, justo cuando ya había dejado de buscarlas, cuando ya había asumido que nunca llegarían.
Marc respiró profundamente; podía verse el conflicto interno en su rostro, debatirse entre seguir hablando o volver a esconder, como siempre había hecho durante siglos, todo aquello que llevaba guardando en su interior bajo capas de deber, orgullo y frialdad. Finalmente, después de una eternidad contenida, tomó una decisión.
Marc: —Todo lo que me dijiste hace un momento... me hizo pensar muchísimo. —Bajó la cabeza durante unos segundos, como si le pesara incluso el aire que respiraba. —Y creo... que tienes razón en algo. —Alexander permaneció en silencio, atento, sin interrumpir, dejando que por una vez su padre tuviera todo el espacio para hablar, con esa elegancia extrovertida suya que siempre sabía cuándo callar para escuchar de verdad. —No soy tan fuerte como tú. —Aquella confesión sorprendió al joven vampiro hasta lo más profundo.
Nunca, en todos sus años, imaginó escuchar a su padre admitir una debilidad en voz alta. Marc caminó lentamente hasta la ventana y observó el cielo nocturno, perdido entre recuerdos que solo él podía ver, recuerdos que dolían más que cualquier estaca.
Marc: —Pero no es porque sea un cobarde... es porque ya viví el peor dolor que puede soportar un corazón, perdí a la persona que más amaba... una vez. —Su voz comenzó a quebrarse de una forma que Alexander jamás había escuchado. —Y cuando creí que el destino, por piedad, me había dado una segunda oportunidad... la perdí otra vez. —El silencio volvió a envolver la habitación, pero ahora era un silencio de duelo.
Alexander conocía esa historia, conocía el peso que su padre había cargado durante siglos, pero nunca lo había escuchado hablar de ella de aquella manera, con tanta vulnerabilidad, sin el filtro del orgullo vampírico, como un hombre y no como un líder.
Marc apoyó una mano sobre el marco de la ventana, como si necesitara sostenerse para no caer.
Marc: —Desde ese día... vivo con un miedo que jamás ha desaparecido y ahora... cuando te veo dispuesto a desafiar al Consejo... a desafiar nuestras propias leyes... lo único que puedo imaginar... es que terminarás sufriendo el mismo destino que yo. Entiéndeme, por favor, no intento destruir tu felicidad, no intento decidir por ti; lo único que no soportaría... es perderte. —Alexander sintió un nudo en el pecho, un dolor agudo que no era del Despertar, era de amor filial.
Se levantó lentamente de la cama y caminó hasta quedar frente a su padre; no había rabia en sus ojos, solo una comprensión profunda que lo hacía ver mucho más maduro, más protector que nunca, incluso con su propio padre.
Alexander: —Lo sé, papá, créeme que lo sé. Entiendo perfectamente por qué tienes miedo; después de todo lo que viviste... yo también tendría miedo. —Esbozó una pequeña sonrisa, llena de cariño, de ese cariño romántico y protector que siempre le nacía sin esfuerzo, esa parte de él que siempre sabe qué decir en el momento exacto. —Pero mi decisión ya está tomada, nada de lo que pase va a hacer que renuncie a Elías, porque... lo amo y si amar es tan aterrador como tú dices, entonces prefiero tener miedo con él que estar a salvo sin él. —Marc cerró lentamente los ojos, golpeado por la fuerza de esa declaración.
Alexander: —¿Sabes qué es lo que más me duele de todo esto? Que ahora Elías cree que soy un monstruo y todo... por culpa de Arthur, porque simplemente no puede aceptar que ya no lo amo, que nunca volverá a ser nosotros, por más que intente arrastrarse de vuelta a mi vida con trucos baratos. —Bajó la mirada; una profunda presión volvió a instalarse en su pecho.
Llevó una mano hasta el corazón y respiró con dificultad, con ese dolor nuevo que lo descolocaba por completo.
Alexander: —Papá... no puedo explicarte lo que estoy sintiendo, es... como si algo me estuviera desgarrando por dentro. Cada vez que veo el odio en los ojos de Elías... cada vez que recuerda ese maldito video... siento un dolor... que jamás imaginé que un vampiro pudiera experimentar, un dolor que me hace querer arrancarme el pecho. —Marc abrió completamente los ojos.
Su expresión cambió de inmediato, de padre dolido a antiguo conocedor de los archivos prohibidos.
Marc: —Alexander... eso... no es normal, es exactamente lo que describen los antiguos registros del Despertar Carmesí: dolor en el pecho, emociones descontroladas, sentimientos humanos intensificados; todo comienza así y, si realmente estás despertándolo... podría ser muy peligroso, hijo. —Alexander bajó lentamente la mirada, pero no con miedo, sino con una extraña paz.