
Elías permanecía refugiado entre los brazos de Alexander, completamente envuelto en una calidez imposible para un cuerpo que debería estar frío. El fuerte y constante latido del corazón del vampiro resonaba junto a su oído, un sonido grave, seguro y profundamente humano que poco a poco iba deshaciendo toda la angustia que había acumulado durante aquellos días infernales. Era extraño, casi ilógico, después de todo lo que había ocurrido, después de las mentiras, de las amenazas, del miedo que le había calado hasta los huesos y lo había dejado sin dormir, seguía existiendo un único lugar en el mundo donde se sentía completamente seguro, y era allí, entre los brazos de Alexander, donde nada podía alcanzarlo.
El joven vampiro continuaba acariciando lentamente su cabello con una paciencia infinita, sin prisas, con dedos cuidadosos que se deslizaban una y otra vez, como si quisiera transmitirle con cada movimiento delicado que todo volvería a estar bien, que el mundo podía seguir girando allá afuera con todo su caos, pero que nada malo podría tocarlo mientras él estuviera ahí. Elías, con esa naturaleza dulce y reservada que lo caracterizaba y que lo hacía esconder siempre lo que sentía, cerró los ojos unos segundos, disfrutando de ese gesto con una timidez que no podía ocultar, y luego habló con la voz apenas audible, casi temiendo romper el silencio sagrado que los envolvía.
Elías: —Gracias. —Alexander sonrió con esa dulzura protectora que solo Elías conseguía sacarle, esa que nadie más en siglos había logrado ver, y ladeó ligeramente la cabeza con una curiosidad juguetona, observándolo como si fuera la cosa más preciada del mundo.
Alexander: —¿Por qué me das las gracias, mon petit copain? —Elías levantó lentamente la vista.
Sus ojos todavía estaban enrojecidos por las lágrimas, brillantes y vulnerables, y su timidez introvertida le hacía bajar la mirada enseguida, jugando nervioso con el borde del uniforme de Alexander entre sus dedos, sin atreverse a sostenerle la mirada por mucho tiempo.
Elías: —Porque... porque dijiste que vas a protegerme, a mí... y también a mi familia. —Alexander acarició suavemente una de sus mejillas con el dorso de su mano fría, limpiando el rastro húmedo que aún quedaba allí con una ternura infinita que contrastaba con su naturaleza.
Alexander: —Claro que lo haré, mon petit copain, no lo dudes ni un segundo. Es una promesa. —Elías bajó nuevamente la mirada.
Había algo que seguía inquietándolo, algo que no conseguía apartar de su cabeza por más que intentaba esconderse en ese abrazo; su curiosidad ansiosa, esa parte de él que siempre necesitaba entenderlo todo, no lo dejaba en paz y le daba vueltas sin parar.
Elías: —Pero... —Alexander arqueó ligeramente una ceja, con ese toque sarcástico y extrovertido que usaba a propósito para hacerlo reaccionar y sacarlo de su caparazón.
Alexander: —¿Qué ocurre, mi pequeño pensador? Te conozco, esa cabecita tuya está trabajando a mil por hora otra vez. —Elías respiró profundamente, armándose de valor, aferrando un poco más fuerte la tela del uniforme como si necesitara anclarse.
Elías: —No quiero que nada malo te pase. —Aquellas palabras hicieron que el vampiro lo mirara con enorme ternura, con una devoción absoluta y sin filtros.
El muchacho continuó hablando, con ese miedo genuino que lo hacía tan transparente y honesto.
Elías: —Arthur es peligroso... ese otro vampiro también y ahora sé que hay un Consejo entero detrás de todo esto, no soportaría... que te ocurriera algo por mi culpa. —Alexander no respondió enseguida, simplemente sonrió con esa sonrisa cálida, segura, la misma que siempre lograba tranquilizar a Elías incluso en sus peores momentos, esa sonrisa que parecía decir que él ya tenía todo bajo control.
Con mucha suavidad, le dio un pequeño golpecito en la frente con uno de sus dedos.
Elías: —¡Ay...! —se quejó en voz baja mientras se llevaba una mano a la frente, con un adorable puchero que lo hacía ver aún más dulce.
Alexander soltó una pequeña risa, encantado, completamente derretido por él.
Alexander: —Mon petit copain... a veces piensas demasiado, mi curioso introvertido, y me encanta, pero me preocupas.
Elías: —Es difícil no hacerlo —respondió haciendo un pequeño puchero, con las mejillas infladas, sin poder evitar verse ofendido de la forma más tierna.
Alexander volvió a sonreír, esta vez más romántico, acercándose un poco más hasta que su aliento rozó su frente, bajando la voz.
Alexander: —Lo sé, mon petit copain, pero también deberías confiar un poquito más en tu novio, que para algo es un vampiro que lleva siglos viviendo con excelente gusto para elegir pareja. —Aquellas palabras hicieron que el rostro de Elías adquiriera un leve tono rojizo, un sonrojo que le subió hasta las orejas.
Alexander aprovechó aquella reacción para continuar, siempre sabiendo exactamente qué decir en el momento justo, con esa labia extrovertida que nunca le fallaba.
Alexander: —Sé cuidarme y tampoco voy a permitir que me pase nada; después de todo... todavía tenemos muchísimas citas pendientes, y pienso cobrarme cada una de ellas con intereses y, créeme, soy muy bueno cobrando intereses. —Elías dejó escapar una pequeña risa, tímida y cristalina, que resonó bajito.