Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 36

La brisa nocturna seguía recorriendo silenciosamente los cielos de Valduerne, fría, suave y casi reverente, como si el mundo entero hubiera decidido contener la respiración. Alexander volaba con total tranquilidad, con ese dominio elegante y de siglos de experiencia, cortando las nubes con movimientos precisos y sin ningún esfuerzo aparente.

Sobre su espalda, aferrado con fuerza a su cuello y con el rostro escondido entre sus hombros, iba Elías; su corazón aún latía muy rápido, pero ya no era por miedo.

Hacía apenas unos minutos el muchacho había sentido un vértigo helado, indescriptible, que le había cerrado la garganta al dejar el suelo, un miedo primario a caer, a lo desconocido; ahora, en cambio, ese miedo se había disuelto por completo, reemplazado por una paz pequeña, cálida y brillante que le crecía en el pecho. Se sentía a salvo, completamente a salvo entre los brazos del viento y de Alexander.

Desde aquella altura, la ciudad parecía completamente distinta, irreconocible y hermosa; las luces de las calles formaban pequeños caminos dorados que atravesaban la oscuridad como venas de luz palpitante, las montañas rodeaban el reino como gigantes silenciosos, imponentes guardianes dormidos que protegían el valle y, sobre ellos, inmensa, perfecta y testigo de todo, la luna seguía iluminándolo todo con su resplandor plateado, bañando el rostro de Elías.

Elías, con esa curiosidad dulce que siempre lo delataba, aunque intentara ocultarla bajo su timidez reservada, no pudo evitar abrir mucho los ojos y sonreír, fascinado, con esa inocencia introvertida que lo hacía mirar el mundo como si fuera la primera vez.

Elías: —Es increíble... —Alexander giró apenas la cabeza, lo justo para ver de reojo aquel brillo en su rostro, ese brillo que tanto adoraba y que lo desarmaba por completo.

Alexander: —¿Qué cosa, mon petit copain?

Elías: —Nunca imaginé que Valduerne pudiera verse así; siempre lo vi desde las callecitas, entre la gente... nunca desde aquí arriba. —Alexander soltó una pequeña risa, baja, orgullosa, con ese toque sarcástico y encantador que nunca perdía y que usaba para esconder lo mucho que le importaba.

Alexander: —Eso pasa porque ustedes, los humanos, siempre miran el mundo desde abajo, con la nariz pegada al suelo. Nosotros, los que tenemos alas, tenemos la ventaja de verlo desde otro lugar, tenemos mejor perspectiva, mi soñador. —Elías levantó una ceja, con esa timidez que intentaba disfrazar de valentía cuando se sentía cómodo.

Elías: —¿Así que ahora presumes por poder volar? —Alexander fingió pensarlo unos segundos, con una seriedad teatral y extrovertida, como si estuviera debatiendo una profunda filosofía.

Alexander: —Un poquito, solo un poquito. ¿Me culpas? Tengo a mon petit copain aferrado a mí, con esa carita de asombro, diciendo que todo es increíble. —¿Cómo no voy a presumir si tú me das todas las razones? —Elías dejó escapar una pequeña risa, suave y corta, escondiéndose un poco más.

Elías: —Qué presumido eres.

Alexander: —¿Y qué puedo hacer si mon petit copain acaba de admitir que soy increíble sin siquiera darse cuenta? —sonrió orgulloso, con esa labia que siempre lo salvaba.

Elías: —¡Yo no dije eso!

Alexander: —No hizo falta, tu cara lo dijo por ti; esa carita de asombro es muy poco discreta, te delata por completo. —Elías, completamente sonrojado, escondió el rostro sobre la espalda de Alexander para ocultar el calor que comenzaba a subirle por las mejillas.

Alexander volvió a reír, esta vez con una ternura mucho más profunda y protectora.

Alexander: —Definitivamente extrañaba esto. —El muchacho levantó nuevamente la cabeza, curioso, con los ojos brillando bajo la luz de la luna, incapaz de no preguntar.

Elías: —¿El qué?

Alexander: —Hacerte sonrojar, hace días que no podía hacerlo; entre tanto caos con Arthur y todo lo demás... casi olvido cómo se veía y es mi vista favorita. —El muchacho soltó un pequeño suspiro, bajando la mirada con dulzura.

Aunque se quejara, en el fondo le encantaba cuando Alexander era así de directo y romántico.

Elías: —No tienes remedio.

Alexander: —Jamás quise tenerlo —respondió con aquella sonrisa traviesa y romántica que tanto lo caracterizaba, una sonrisa hecha exactamente para desarmarlo por completo.

Durante algunos minutos, ninguno volvió a hablar; simplemente contemplaron el paisaje, dejándose llevar por el viento. El mundo abajo seguía girando, con sus problemas y sus miedos, pero arriba todo era silencio. Por primera vez desde que Arthur había aparecido nuevamente en sus vidas, desde que el miedo había vuelto a instalarse en la casa Montero, el mundo parecía haber recuperado un poco de paz y esa paz les pertenecía solo a ellos dos, suspendida en el cielo.

Al cabo de un rato, Alexander comenzó a descender lentamente, con la misma delicadeza con la que había emprendido el vuelo, como si no quisiera romper el hechizo del momento; planeó en círculos suaves y amplios sobre la casa Montero hasta quedar nuevamente frente a la ventana de la cocina. Entró primero, con movimientos felinos y atentos, barriendo toda la habitación con la mirada para asegurarse de que no hubiera nadie; la cocina estaba vacía y a oscuras, en silencio. Solo entonces, con una caballerosidad protectora que le salía natural y sin esfuerzo, ayudó a Elías a bajar de su espalda, sosteniéndolo con firmeza y cuidado por la cintura para que no se cayera.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 27.10.2026

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