Your face

Unveiling —Parte 2

La mesa de dulces estaba peligrosamente cerca de un desastre azucarado.

Alguien había decidido que la mejor forma de servir gomitas era volcarlas directamente en una bandeja gigante, y ahora parecía más plastilina masticada que algo comestible. Aun así, nadie lucía particularmente interesado en ello.

Tomé un plato pequeño.

Tenía hambre. Y mucha.

Hacía más de siete horas que no echaba nada a mi pobre estómago y me había pasado las últimas dos de aquí para allá intentando averiguar qué demonios estaba pasando.

Al final, la única conclusión medianamente aceptable era que nadie tenía idea. No era la respuesta que estaba buscando pero, al menos, todos parecían estarse divirtiendo. Y lo más importante: la escuela seguía en pie.

Hurra por mi.

Di una bocanada de aire, saboreando la paz.

Porque sí. Para sorpresa de todos, no había caos —más allá del normal—. No había gritos desquiciados. No había gente saqueando comida como si fuera el fin del mundo, ni tirándose del cabello por un lugar en la cabina de fotos.

Solo… una fiesta funcionando.

Demasiado bien.

Arrugué el ceño.

Alcé la vista otra vez para mirar a los lados, como esperando que en cualquier momento alguien derramara algo, se desmayara o al menos demostrara algún tipo de comportamiento cuestionable.

Nada.

Hasta los pequeños de los cursos inferiores, por primera vez en la historia, se comportaban como seres humanos civilizados. Aunque tenía la fuerte sospecha de que era más una táctica para que los dejasen quedar más tiempo del establecido.

Pobres bebés ilusos.

El horario fue creado a partir de una determinación muy sólida: Para las diez no debe haber una sola persona menor de dieciséis dentro del colegio.

Ya faltaban siete minutos para eso.

Todos se lo habían tomado muy en serio, pero en ese momento, ninguno parecía recordarlo mientras la música seguía el ritmo de la absurda rueda humana que había visto antes, como si todo el gimnasio hubiera decidido colectivamente divertirse sin romper nada en el proceso.

Sonreí apenas, un poco incrédula.

«Estoy rodeada de gente que no está haciendo su trabajo… y aun así todo está funcionando.»

Eso era lo más distópico.

—¿Cómo es posible?

—¿Qué cosa?

Pegué un brinco.

Giré la cabeza.

Kristopher estaba a mi lado, como si hubiera estado ahí todo el tiempo y yo simplemente hubiera decidido ignorarlo por conveniencia mental. Sostenía lo que parecía otra de esas bolsas de sangre con la misma naturalidad con la que alguien sostendría una lata de soda.

«Dios... tengo que ponerle una campana en el cuello a este chico.»

Aunque llevaba dos en su gorro de bufón y ninguna hacía su trabajo.

No me estaba mirando directamente. Más bien… observaba la mesa como si evaluara algo irrelevante.

—Nada.—respondí rápido.

Tomó un dulce de la bandeja sin mirarlo y lo dejó caer de nuevo como si hubiera confirmado que no valía la pena.

—No manosees si no te lo vas a comer.

Esta vez sí me miró.

—¿De verdad crees que no lo está ya?

Abrí la boca, cerrandola un segundo después. Hacía unos minutos un niño se había acercado, metido toda la mano y, luego de darle varias vueltas, la sacó y se chupó los dedos cubiertos de azúcar.

«¿Cuántos veces lo habrá hecho...?»

Dejé el plato que había tomado sobre la mesa.

—No tengo tanta hambre —repuse al ver la expresión en su rostro.

—Ah, no. Yo tampoco.

Acto seguido, se llevó la bolsa de sangre a los labios.

—¿No comes otra cosa o qué? Te va a dar diabetes si sigues así.

—¿A qué te refieres?

Señalé su alimento con el dedo.

Él soltó un resoplido.

—¿Esto? Es un tentempié.

Alcé una ceja.

—¿Y cuántos tentempiés necesitas antes de comer? —giré la mirada a la mesa, viendo que los tubos de sangre aún tenían una buena cantidad.

¿De dónde las sacaba? M había preparado un montón, sí, pero todas estaban guardadas en...

«No me digas.»

Giré el cuello hacia él con brusquedad.

—¿¿Saqueaste la cafetería??

—“Saquear" es una palabra fuerte.

—¡Kristopher! ¡Esa comida está reservada para toda la noche! Si llega a acabarse—

—Solo fui a buscar agua. Todo aquí es alcohol —explicó, mirando hacia arriba como si estuviese reviviendo los sucesos en su mente— ¿Sabes el sabor tan repugnante que tiene el alcohol?

—No todo.

Le señalé los tubos de vidrio llenos de líquido libre de alcohol que teníamos prácticamente en las narices.

Él bufó.

Acto seguido, tomó uno de los vasos y vertió un poco. Luego me lo acercó a la boca, instándome a tomar.

Lo miré con desconfianza antes de hacerlo.

Al principio, todo fue perfecto.

Sabía a leche condensada y caramelo. Incluso llegué a pensar que quizá había exagerado con su descripción.

Entonces llegó el amargor.

Se extendió por mi lengua acompañado de aquel calor tan conocido, y mi expresión cambió de inmediato.

Arrugué la cara y me cubrí la boca para contener el impulso de escupirlo.

Kristopher alzó las cejas en una expresión que gritaba: “¿Ves lo que digo?"

«¿Pero quién llenó las bebidas de...?»

“Jefferson tiene dos botellas. ¡Ve a pedirle!"

Cerré los ojos un momento.

—Malditos idiotas.

¿No podían esperar hasta las once?

Suspiré profundamente y me dispuse a quitar cada tubo de la mesa, incluso aquellos cuyo contenido estaba a punto de acabarse.

«Si uno de estos niños llega a emborracharse...».

—¿Vas a beber todo eso? —cuestionó el pelinegro a mi costado.

Giré los ojos.

—No, genio. Voy a reemplazar su contenido.

—Ah, no es necesario. Los zombies traerán más en un rato.

—¿Los zombies? —alcé una ceja.

—Alguien más lo notó y se los pidió antes —explicó él, agregando en tono ladino— Parece que no eres la única responsable aquí, Mogüel.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 28.09.2026

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