—¿Qué? ¿Dónde están? Iré enseguida —dijo MJ al otro lado de la línea.
Habíamos conseguido llegar hasta el auto sosteniendo a Angie entre los dos. Kristopher abrió la puerta trasera y me ayudó a acomodarla en el asiento. Después de asegurarnos de que estuviera lo bastante estable, subimos y emprendimos el camino hacia su casa.
No tenía idea de que había un callejón con una salida justo enfrente de la escuela. Siempre había asumido que por allí solo había un montón de casas y concreto abandonado.
«Me sorprende que Kristopher conozca esa calle»
—No, eh... no es necesario.
—¿Su papá irá a recogerla?
Vi cómo Kristopher acomodaba el espejo para mirarnos. Sus ojos se dirigieron a mi regazo de inmediato.
Los imité, contemplando el rostro hinchado y enrojecido de Angie.
«Supongo que es normal que se preocupe si la ve así»
—¿B? ¿Hola? —llamó la morena desde el aparato— ¿Se cortó...?
—Ah, sí. De hecho... Kristopher y yo la llevaremos a su casa.
Ella guardó silencio durante un largo momento.
De no ser por la música y el ruido de fondo, habría pensado que se había cortado la llamada.
—¿Ustedes dos? —inquirió, como si no hubiera oído bien.
—Sabes que él y Angie son amigos.
«Por alguna razón».
—Ajá. Pero... ¿Kristopher te avisó o cómo fue que acabaron juntos con ella? —preguntó, completamente confundida. No podía culparla.
—No. Yo... estaba con Angie. Luego él apareció y...
Suspiré, bajando considerablemente la voz.
—M, eso no importa ahora. Luego te cuento bien, ¿sí? El punto aquí es que no puedo dejar a Angie sola estando como está.
Se calló durante unos segundos, en los que pude jurar que estaba tratando de decidir si aceptaría mi descarado intento de cambiar de tema o haría lo que mejor sabía hacer: sacarme la verdad.
—Es cierto —admitió, más seria, aunque no muy convencida— De acuerdo, B. Llámame si pasa algo más.
—Bien. Adiós.
Colgué y guardé el aparato en el bolsillo antes de volver mi atención a Kristopher, que ahora miraba atentamente al frente, como si estuviera demasiado concentrado en sus propios pensamientos para escuchar conversaciones ajenas.
—Gracias por esto —dije sinceramente.
Él alzó la mirada hacia el espejo y sus ojos se encontraron con los míos por primera vez en un buen rato.
No dijo nada. Tampoco esperaba que lo hiciera. Aun así, sentí que debía agradecérselo.
Sacó las llaves y encendió el motor.
Opté por centrarme en la pelirroja. Ya que estaba inconsciente, alguien debía sostenerle la cabeza si no queríamos que terminara estampada contra el parabrisas.
El resto del trayecto transcurrió en silencio.
Yo me ocupé de Angie. Kristopher, de conducir.
Cada tanto, miraba a Angie por el espejo retrovisor. No sabía por qué lo hacía tan seguido; supongo que temía que se pusiera peor o que terminara vomitando en los lujosos asientos de cuero de su auto. Quién sabe.
—¿Está bien? —preguntó en una de esas ocasiones.
—Creo que sí.
No sonó demasiado convincente, ni siquiera para mí.
Pasé los siguientes minutos acomodando los mechones rebeldes del cabello de la chica. Lo llevaba tan corto como siempre, pero, debido a su abundancia, por cada hebra que apartaba de su frente, veinte más se le pegaban al cuello.
También tuve que darle indicaciones al pelinegro, que, según sus propias palabras, jamás había pisado la casa de Angie.
Me pareció extraño. Ella hablaba de Kristopher con una familiaridad que a veces incluso me hacía olvidar que, en realidad, no lo conocíamos tanto.
Angie lo había conocido hacía apenas unos meses, igual que los demás, y aun así su cariño por él era tan palpable que a veces no podía evitar sentir algo de celos.
Pero quizá simplemente era una de esas amistades que funcionaban de maneras que yo no entendía.
¿Quién era yo para juzgar cómo los demás llevaban sus relaciones interpersonales?
Lo primero que distinguí al acercarnos al condominio fue la reja. Lo segundo, a los padres de Angie, que nos esperaban juntos.
Ambos estaban en bata, lo que confirmaba lo que ya sospechaba desde que los había llamado hacía un rato, antes de avisarle a MJ: los había despertado.
Sentí vergüenza y ansiedad al pensar en cómo podría verse aquella situación desde fuera.
La amiga de tu hija la lleva a casa a mitad de la noche en un estado de ebriedad preocupante. Para colmo, el día que se supone que pasarían juntas.
Y los padres de Angie no me conocían lo suficiente como para llegar a una conclusión demasiado favorable.
Jugueteé con mi pulsera, ansiosa, mientras veía cómo se acercaban cada vez más.
«¿Qué les digo?»
«“Encontré a su hija borracha, tirada en un callejón frente a la escuela. Aquí se las dejo"».
Excelente primera impresión.
Volví la vista hacia Kristopher, que detuvo el auto justo frente a ellos.
Se bajó poco después y cargó a Angie. Yo los seguí de cerca, procurando mantener su cuello en una posición mínimamente cómoda.
Sus padres intercambiaron una mirada, entre preocupados y molestos.
Los saludé por lo bajo. Ni siquiera supe si debía darles las buenas noches. ¿Parecería grosera? Definitivamente, estaba fuera de lugar.
Era obvio que no estaban teniendo una buena noche.
—Debes ser Kristopher —saludó el señor. Luego me lanzó una miradita— Hola, Blues.
—¿Cómo está? —solté en automático.
La mamá de Angie se acercó, apartándole el cabello de la cara antes de indicarle a su esposo que la sostuviera.
Kristopher se la entregó en brazos. Angie ya ni siquiera podía hilar una sola palabra, así que, en definitiva, no iba a poder caminar.
—¿Qué tomó? —preguntó la señora, mirándome fijamente.
Abrí la boca.
No tenía ni idea.
Esa era la respuesta.
Sencilla. Verdadera. Cruda.
Pero decirla significaba explicar dónde había encontrado a Angie y cómo. Y entonces vendrían las preguntas.