Vi mis manos temblar violentamente mientras me apoyaba en la pared junto a mí, buscando algo que me impidiera caer.
Corrí y corrí.
No había tenido el valor de mirar atrás, pero sabía que me seguía.
Podía oírlo.
Podía sentirlo.
Podía olerlo.
Ese aroma dulce me atormentaba. Estaba tan presente en mi nariz que sentía que iba a atraparme en cualquier momento, que bastaría con detenerme un segundo para tenerlo encima.
Tac.
Tac.
Tac.
Golpes suaves y periódicos. Lentos. Controlados.
Como si estuviera diciéndome: «Sé exactamente adónde irás, así que no hace falta correr»
Yo seguí corriendo.
No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo. Tampoco recordaba en qué momento había dejado de reconocer el camino por el que había llegado. Solo sabía que estaba oscuro. No tanto como para impedirme distinguir mis manos o los objetos a mi alrededor, pero sí lo suficiente para que cada sombra pareciera esconder algo.
O a alguien.
Mi pecho subía y bajaba sin parar. Tenía la espalda, las manos e incluso el cuello empapados en sudor, pero sentía la boca seca, desértica. Como si toda el agua de mi cuerpo hubiera decidido exiliarse para hacerle espacio al aire.
El aire.
Necesitaba aire.
—No puedo... respirar...
Me apreté el pecho, intentando con todas mis fuerzas concentrarme en los latidos de mi corazón. Uno. Otro. Otro más.
Olvidarme de que, de hecho, el oxígeno no estaba llegando a mis pulmones.
Olvidarme de los pasos.
Del aroma.
De que alguien me perseguía.
Mis piernas comenzaron a desfallecer. Tropecé, recuperé el equilibrio por puro instinto y di un par de pasos más antes de sentir que ya no podía mantenerme en pie.
Cuando pensé que me caería, un par de manos me sujetaron por los brazos y me sostuvieron contra un cuerpo ajeno, rodeándome los hombros en un gesto extrañamente protector.
Alcé la vista.
Kristopher.
—N-no puedo... No puedo respirar...
Él no perdió el tiempo haciendo preguntas. Antes de decir algo, o de jadear, siendo exactos, sacó el inhalador y me lo puso en los labios.
Instintivamente, inhalé de forma desesperada las primeras cuatro veces. Cuando sentí que mi respiración comenzaba a estabilizarse un poco, lo hice más despacio unas tres veces más.
Cerré los ojos.
Respiré.
Una vez.
Otra.
La sensación de alivio fue tan repentina que casi me dieron ganas de llorar. No porque estuviera bien, sino porque, por un instante, dejé de sentir que mi propio cuerpo se había convertido en mi enemigo.
—¿Qué tenemos aquí?
La voz de Kristopher me hizo abrir los ojos.
Lo miré.
Tenía la mirada destellante. No de impresión, como habría esperado en cualquier otra circunstancia, sino de una emoción tan pura y avasallante que, por un instante, tuve la impresión de que acababa de encontrar una mina de oro.
—Una pequeña vaca traviesa —añadió, ensanchando la sonrisa.
Giré la cabeza hacia el frente.
Y solté un respingo.
Rodeé a Kristopher con los brazos, temblando.
Ahí estaba.
Ese hombre.
El del disfraz de toro.
Era real.
No me lo había imaginado. No estaba teniendo delirios de paranoia. No era una sombra a la que mi cerebro, agotado y aterrorizado, había decidido darle forma.
Estaba ahí.
Y eso me aterraba todavía más.
El hombre se movió apenas. Fue un pequeño balanceo del brazo, casi insignificante, pero bastó para que el bate que sostenía se desplazara ligeramente.
Instintivamente, me giré y escondí el rostro contra la ropa del pelinegro.
—¿B? ¿Kristopher?
Reconocí la voz antes de atreverme a mirar.
Abrí los ojos y saqué la cabeza lo suficiente para encontrarme con una MJ bastante más lúcida que quince minutos atrás. A su lado estaba Taylor, cuyos ojos alternaron entre Kristopher, el hombre del bate y yo.
—¿Qué pasó? —preguntó, acercándose con preocupación.
Ninguno de los dos alcanzó a responder.
El tipo arrojó el bate contra el suelo.
El ruido metálico me hizo gritar y me aferré todavía más a Kristopher, incapaz de evitarlo.
Para cuando conseguí levantar la cabeza, el hombre ya había echado a correr.
Lo siguiente que sentí fue una ráfaga de aire golpeándome el rostro cuando Taylor salió disparado tras él.
Yo no me moví.
No porque no quisiera.
Porque mi cuerpo, temblando de aquella forma tan violenta, sencillamente no me lo permitía.
—¿Qué ocurrió?
La voz de MJ sonó más cerca esta vez. La morena se aproximó deprisa, echándole una rápida mirada a Kristopher antes de volver a concentrarse en mí.
—¿B?
Su mano me acarició el cabello, apartando los mechones que habían terminado pegados a mi cara por el sudor. Sus labios seguían moviéndose, pero las palabras parecían llegar desde muy lejos, como ecos bajo el agua.
Intenté concentrarme.
No pude.
—Está en shock —oí decir al pelinegro— Trae___ ca__ante__ la enfermería.
MJ frunció el ceño.
Su boca se movió de nuevo, llenando el espacio con palabras entrecortadas que no conseguía comprender del todo.
—No__ Me__ré__ ella.
El tono salió tajante. Ligeramente hostil.
Pude identificarlo enseguida porque MJ no suele hablar así.
Parpadeé, esforzándome por enfocar la mirada en ella. Por entender lo que estaba diciendo. Por hacer que las palabras dejaran de deshacerse antes de llegar a mí.
Cuando al fin mis oídos dejaron de zumbar, conseguí rescatar parte de la frase.
—T__ buscar el calmante.
Kristopher guardó silencio durante unos segundos.
Quizá estaba sopesando si le haría caso. Quizá pensaba en algo que resultaba obvio para él, pero que nadie más parecía estar tomando en cuenta.
Finalmente, alzó los brazos.
—Bien. Esperemos que ella me suelte y lo hablamos.
MJ abrió la boca, a punto de objetar.