Continuaba pensando en su hijo, algunos minutos más tarde, mientras ingresaba a la sala principal del ala oeste y la descubrió sentada en uno de los sillones.
La espalda recta, las manos cruzadas sobre el regazo. Observó la serenidad de sus rasgos y la sobriedad del vestido oscuro con el que habitaba el espacio. La mayoría de las personas sucumbían ante el silencio opresivo de aquella casa, pero ella lo sostenía con firmeza.
—Nunca lo entendí —dijo Zlatan al fin, rompiendo la quietud—. Te ofrecí trabajar conmigo. Seguridad, recursos, acceso —expresó él, acortando la distancia a una prudente—. Y aun así elegiste ser la asistente de mi media hermana.
Romania bajó la mirada apenas, como si aquel recuerdo pudiera saltarle a la garganta y hacerle daño.
—Ego no buscaba una asistente, sino a alguien que no le temiera —respondió—. Todos los que la rodeaban pretendían poder, protección…, ascenso. Yo no buscaba nada; solo intentaba comprenderla.
La respuesta no le agradó.
—Intentar comprenderla era peligroso.
Romania levantó la vista, encontrando su fría mirada.
—Lo sé; por esa razón la elegí. Contigo habría estado a salvo, y yo no estaba buscando estar a salvo.
Zlatan le prestó especial atención. De pronto, todo encajaba con una claridad incómoda: la elección, la lealtad, la permanencia al lado de alguien que inevitablemente la arrastraría hacia el abismo.
—Ego te ofreció oscuridad. Yo te ofrecí orden.
—Y yo necesitaba conocer mis propios límites —agregó Romania, y se puso de pie.
Zlatan desvió la mirada hacia la penumbra de la sala. Pensó en su hermana. En su capacidad para reconocer a quienes compartían su fuego interno, en lo inevitable que había sido esa atracción.
—Fue una mala elección —dijo, sin dureza.
—Mía, de todos modos.
Zlatan volvió a mirarla. Comprendió que no se hallaba frente a él una víctima, sino una mujer que había elegido el peligro con total lucidez.
—Siempre eliges hombres y dinámicas peligrosas —continuó él en voz baja—. La mafia de Kosovo, mi hermana, y luego… Aion Samaras. Un trayecto inaudito.
—No los elijo por el peligro.
—Pero eso tampoco te detiene —replicó él, reduciendo el espacio entre ambos.
—Tú tampoco me detuviste —dijo ella.
Zlatan aceptó el golpe sin moverse.
—Resulta inaudito que sigas de pie, marcada por los Dangerov y por un Samaras, y conserves semejante entereza.
Romania sostuvo su mirada.
—No estoy intacta.
—Lo suficiente —respondió él—. Más de lo que cualquiera habría esperado.
—¿Eso te inquieta? —preguntó la joven con una ceja alzada.
—Me inquieta que no hayas aprendido a alejarte.
Romania esbozó una sonrisa breve, cansada. Zlatan inclinó ligeramente la cabeza. La luz tenue proyectó sombras duras sobre su rostro, marcando la severidad de sus facciones.
—Los hombres como Aion destruyen todo lo que aman —continuó—. Los hombres como yo lo conservan, incluso cuando eso implica… renunciar.
Romania lo miró con atención.
—¿Y eso te hace menos peligroso?
Zlatan dio un paso más. Esta vez quedó lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo.
—No —respondió—. Solo me hace más consciente.
Ella agachó la cabeza y soltó una pequeña risa nasal, apenas un cálido suspiro, antes de encontrar su mirada de nuevo.
—A veces amar implica simplemente dejar que el otro exista en libertad.
El comentario resonó en la penumbra, desprovista de pretensión. Durante un instante, aquella frase evocó en la memoria de Zlatan la voz lejana de Alenka, aquella misma filosofía con la que ella le enseñó que una ciudad se diseña para las personas y no para la rigidez de los planos.
Zlatan asimiló el impacto en silencio antes de responder:
—Eso exige una conciencia superior. Hay pasiones que no se cumplen para no convertirse en ruinas. —Hizo una pausa y añadió—: La nuestra fue una de ellas.
—Nunca pasó —respondió—. Eso es lo único que lo vuelve soportable.
Zlatan avanzó lentamente, deteniéndose a un par de pasos de ella.
—Lo nuestro siempre fue una línea —dijo—. Y las líneas existen para no cruzarse.
Romania se giró entonces. Sus ojos mostraban inquietud, una alerta que no había estado ahí antes.
—Justamente por eso —replicó—. No deberías estar acá.
Zlatan sostuvo su mirada. No la tocó. No hizo falta.
—Hubo un tiempo —dijo— en que pensé que iba a romper esa regla.
El silencio se volvió denso.
Romania inspiró con cuidado.
—Yo también —admitió—. Y por eso me fui.
Zlatan asintió apenas.
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Editado: 29.09.2026