Zlatan

XIX - La decisión

La mansión quedó en silencio mucho antes de la medianoche. Aunque las luces del ala principal permanecían encendidas, la actividad del personal se había extinguido por completo. En la penumbra del despacho, el vidrio frío de las ventanas reflejaban el rostro de Zlatan Dangerov, sin ninguna prisa por irse a descansar. Un vaso de whisky permanecía en su mano, aunque ya casi no quedaba nada dentro.

Su mente no se demoraba en la memoria de Egorath, sino en aquella lealtad que Romania Morgensen parecía haberle jurado a Aion Samaras.

Zlatan no podía negar que había algo en aquel hombre que reconocía. Algo que no le gustaba admitir. Había hechizado a Romania, pero estaba casi seguro de que, del otro lado, el enamoramiento de ella había sido un episodio menor, una distracción secundaria en una misión que el hombre no podía posponer por los afectos de una ilusa muchacha.

Zlatan Dangerov apoyó el vaso sobre el escritorio con un movimiento pausado y soltó un suspiro breve, irritado consigo mismo. Los celos eran una emoción vulgar, y él odiaba reconocer emociones vulgares.

Romania. Durante años había sido una presencia constante en el entorno de Egorath. Inteligente, leal hasta lo absurdo, peligrosa cuando se le daba la oportunidad.

Y hermosa.

Zlatan no era un hombre que negara la belleza cuando la veía. Pero lo de ellos había sido imposible. Pero no fue porque él nunca lo hubiera considerado, sino porque Romania pertenecía al mundo de Ego, y mezclar ciertas cosas con su hermana siempre había sido una mala idea.

Además, la muchacha había tenido una devoción casi enfermiza hacia Egorath… O hacia otra cosa. Zlatan dejó escapar una pequeña risa seca.

—Por supuesto.

La conclusión era evidente. Romania era un caso perdido.

La inclinación de la joven hacia un hombre de violencia impredecible confirmaba un patrón vicioso: ella había pasado años orbitando en torno a Ego, la figura más peligrosa de la familia, para luego fascinarse con quien le dio muerte.

Era casi… coherente.

Zlatan negó con la cabeza, disgustado.

—Tiene el mismo gusto que mi hermana.

Aquella idea le repugnaba. Egorath siempre había tenido una extraña fascinación por los hombres rotos, violentos, impredecibles. Como si la destrucción fuera una forma de arte. Y Roma… era demasiado igual en ese sentido.

—Ridículo.

Se dio media vuelta y se dispuso a ahuyentar aquellos pensamientos sobre la joven. Había asuntos más importantes que considerar. Romania… no era relevante.

La noche terminó sin más pensamientos útiles y Zlatan finalmente se retiró a descansar.

Al despuntar el alba, la luz cálida del amanecer atravesó las ventanas altas del comedor privado. Zlatan ya estaba despierto ante una taza de café intacta. En el examen minucioso de cada pausa del diálogo sostenido con Romania, una certeza comenzó a molestarle.

Romania no carecía de astucia; Egorath jamás habría tolerado la ineficiencia. La muchacha sabía cómo moverse entre secretos, cómo guardar información, cómo sobrevivir cerca de personas peligrosas. Entonces… ¿por qué había hablado?

¿Por despecho? ¿Por un rechazo? Una respuesta era peor que cualquier otra. Porque si la joven había sido capaz de revelarle a él los secretos de Aion Samaras solo por una herida emocional…, entonces no había ninguna razón para creer que no haría lo mismo con los secretos de la familia Dangerov, y en especial, los secretos de su hermana.

Zlatan se puso de pie, observando el jardín con una determinación renovada. El jardín estaba cubierto por la humedad de la mañana. Todo parecía limpio, ordenado, tranquilo.

Pero él sabía mejor.

Romania Morgensen sabía demasiado. De Egorath, de sus antiguas operaciones, de nombres que no debían salir jamás de ciertos archivos…

Y ahora… también conocía a Aion.

Zlatan cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada.

—Ossian.

La puerta se abrió casi de inmediato. El chófer y mano derecha de Zlatan entró con su discreción habitual, aguardando instrucciones.

—Hay un asunto que debe resolverse inmediatamente —declaró Zlatan, girándose con pausada gravedad—. Romania Morgensen. Quiero que te encargues de ella.

El silencio que siguió se prolongó apenas un instante. Ossian contuvo cualquier gesto, plenamente consciente de lo que aquello realmente significaba para Zlatan.

Sabía quién era Romania para su jefe. Había visto las miradas, había notado los silencios. Había entendido, como entendía muchas cosas sin que nadie se las explicara, que Romania era una de esas pocas personas que Zlatan Dangerov nunca había procurado acceder del todo y que, quizás por eso mismo, nunca había dejado de mirar.

—Como ordene, señor —asintió finalmente, inclinando la cabeza antes de retirarse sin decir más nada.

La puerta se cerró suavemente detrás de él.

Durante varios segundos, Zlatan permaneció inmóvil en medio de la habitación. Allí a solas, una ira fría se asentó en su pecho, dirigida enteramente hacia sí mismo.




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