Zlatan recibió el mensaje de Ossian horas más tarde.
“Ya está hecho.”
Apretó el celular en su mano un poco más de manera casi inconsciente, y dejó caer su mano mientras inhalaba hondo y miraba otra vez al frente. Un músculo se tensó apenas en su mandíbula.
Finalmente, Romania Morgensen ya no era un asunto pendiente, ni siquiera un problema que debiera ser mencionado otra vez.
Zlatan pensó en qué habría pensado su hermana de él si aún siguiera con vida y supiera que él mandó a matar a su preciosa asistente personal.
Probablemente Ego no habría reaccionado inmediatamente. Lo habría visto primero con un fugaz asombro y reemplazado inmediatamente con una mueca de diversión maliciosa, como diciéndole “sabía que tarde o temprano tendrías que ensuciarte las manos”. Al fin y al cabo, seguía siendo un Dangerov.
Él no quería creer que era como su media hermana. Nunca lo había sido.
Cuando la gente indagaba sobre Egorath, casi siempre esperaban escuchar el momento en que empezó a convertirse en un monstruo. Nunca sabían qué responder cuando Zlatan hablaba de una niña.
A los siete años, ella le fracturó la nariz al hijo del jardinero —un muchacho dos años mayor y considerablemente más alto—, dejándolo tendido sobre el césped mientras los empleados intentaban contener la hemorragia.
Zlatan, de dieciséis años, acudió al escuchar el alboroto y descubrió a su hermana con los nudillos inflamados, la ropa y el pelo mojados y el vestido cubierto de barro. Se arrodilló frente a ella, sacó un pañuelo del bolsillo y limpió con delicadeza un corte sobre su mejilla antes de interrogarla.
—¿Qué hiciste?
Ego lo miró como si la pregunta fuera absurda. Luego, se limitó a señalar el estanque donde una perra preñada luchaba por mantenerse a flote mientras el jardinero corría a rescatarla.
Con el ceño fruncido y desconcertada por la indignación general de todos los demás, ella respondió:
—Lo mismo que él.
Zlatan siguió el recorrido de su mirada. El otro niño había empujado al animal al agua, y Egorath lo había empujado a él, aunque con mucha más fuerza y con un puñetazo en toda la cara.
Décadas más tarde, algunos dirían que aquella escena demostraba que siempre había sido violenta. Zlatan nunca estuvo de acuerdo. No pensaba que había crueldad en aquella niña, sino una idea de justicia tan absoluta que resultaba incapaz de medir sus consecuencias, un impulso que creyó posible enseñarse con su formación.
Crecieron como crecían los hijos de los Dangerov: tutores, idiomas, libros, mapas y responsabilidades desmedidas para la edad que tenían.
Zlatan descubrió pronto su fascinación por la arquitectura, la economía y la planificación urbana, dedicando tardes enteras a trazar avenidas imposibles sobre hojas en blanco, proyectando puentes donde solo había ríos, diseñando puertos donde solo había costa. Desde el extremo opuesto de la biblioteca, Egorath leía sobre campañas militares, biografías de conquistadores y tratados sobre la caída de imperios.
Las discusiones entre ambos eran constantes: él argumentaba en favor del comercio y el desarrollo; ella defendía las fronteras, el poder y el dominio. Ninguno conseguía convencer al otro. Y, aun así, seguían buscando la conversación del día siguiente.
Una tarde de invierno, jugaron una partida de ajedrez que duró casi dos horas. Era una costumbre entre ellos. Zlatan concluyó el juego desplazando la torre con precisión.
—Jaque mate —anunció.
Egorath observó la posición final antes de esbozar una sonrisa con curiosidad.
—Jamás habría movido esa torre.
—¿Qué habrías hecho? —inquirió él mientras recogía el juego.
Ella levantó una de las negras entre los dedos y la hizo girar lentamente.
—Habría incendiado el tablero —respondió al devolver la pieza.
—Eso no forma parte del juego.
—Precisamente.
Zlatan celebró la frase como una ocurrencia mordaz. Nunca imaginó que, algún día… su hermana perdiera la facultad de distinguir entre el tablero y la realidad.
Los años pasaron. Y las responsabilidades también cambiaron. Las discusiones teóricas cedieron paso a disputas sobre toma de decisiones importantes, sobre personas, influencia y poder… hasta que un día dejaron de discutir y comenzaron a distanciarse sin siquiera notarlo.
Se citaron años más tarde para almorzar en un restaurante privado. Como tantas otras veces.
Egorath llegó casi una hora tarde. Entró al restaurante sin prisa, llevaba el cabello perfectamente recogido, la ropa impecable, salvo por un detalle que solo Zlatan podría haber notado: había una pequeña mancha oscura sobre el puño de la camisa. Ella notó que él la había visto. Lo saludó con un beso educado, se sentó frente a su hermano y pidió una copa de vino blanco como si fuera un día cualquiera.
Hablaron de negocios, de la familia, y del invierno que estaba por llegar con la misma frialdad habitual, hasta que Zlatan dejó su vaso sobre la mesa y formuló la misma pregunta de la infancia.
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Editado: 29.09.2026