Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 4 “ceguedad”

Los hombres de Sonur y él montaron sus caballos e iniciaron el camino hacia Zuhnmir. Se vistieron de manera más decente, como campesinos o viajeros que solo pasarían por el pueblo, para no generar sospechas. El pueblo de Zuhnmir estaba acostumbrado a los viajeros, así que no se les hacía raro ver gente nueva en el lugar. Durante el trayecto, Sonur repasó una y otra vez su plan. No podía fallar. Había buscado la esfera durante años, y ahora estaba a solo unos pasos de conseguirla. Sus hombres, fieles por miedo más que por lealtad, lo seguían en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos oscuros. Al llegar, los hombres se dispersaron por el pueblo con la finalidad de encontrar a esa mujer, pero pasando desapercibidos. Los habitantes, gente hospitalaria y de buen corazón, los recibieron con los brazos abiertos. Les ofrecieron agua, comida, un lugar donde descansar. Nadie sospechó nada. ¿Cómo iban a hacerlo? En Zuhnmir, los extraños eran solo amigos que aún no conocían. Sonur también caminó por el pueblo. Recorrió las calles de tierra, miró las casas de madera, observó a los niños jugar y a los ancianos sentados al sol. Llegó al mercado, donde las mujeres vendían frutas y telas, y los herreros mostraban sus herramientas. Preguntó por aquí y por allá, siempre con una sonrisa amable, siempre con la mirada atenta. Pero no preguntaba directamente por la mujer y el oso. Sabía que sería raro. Y Sonur era un hombre inteligente. Caminó durante un buen rato, hasta que pasó por la escuela. Era un edificio pequeño, de paredes blancas y techo rojo, con un patio cercado donde los niños corrían y gritaban. Casualidad o destino, los niños estaban en receso y Jin estaba con ellos, sentada en un banco de madera, riendo mientras un par de pequeños tiraban de su falda. Sonur se detuvo. La observó unos segundos. Era una mujer común, de sonrisa cálida y ojos grandes, que en ese momento estaba ayudando a una niña a atarse los zapatos. Algo en ella, sin embargo, le llamó la atención. No sabía qué era. Quizás la forma en que movía las manos, o la paciencia con la que escuchaba a los niños. Pero había algo. A pesar de su apariencia intimidante —alto, de hombros anchos y rostro severo—, Sonur llevaba muy bien el personaje de un hombre bueno. Su inteligencia le jugaba a favor, y su rostro, hasta cierto punto atractivo, ayudaba a desarmar las sospechas. Se acercó a Jin con paso tranquilo, las manos cruzadas detrás de la espalda, como si fuera un simple viajero curioso. —Disculpe —dijo, con una voz suave y amable—. ¿Es usted la maestra? Jin levantó la vista y lo miró. No había nada en su expresión que delatara miedo o desconfianza. Solo la curiosidad natural de quien vive en un pueblo donde los extraños son bienvenidos. —Sí, así es —respondió, sonriendo—. ¿En qué puedo ayudarle? —Solo tenía una curiosidad —dijo Sonur, sentándose en el banco junto a ella, sin invadir su espacio pero tampoco alejándose demasiado—. ¿Cómo es lidiar con tantos niños? Yo no podría. Me volverían loco. Jin soltó una risa ligera, como una campanita. —Si los amas, no es lidiar —respondió—. Es compartir. Sonur la miró con fingida admiración. —¿Te gustan los niños? —preguntó, usando un tono más cercano, como si fueran viejos conocidos. —Son lindos y graciosos —dijo Jin, y señaló a un niño que dibujaba en el suelo con una tiza—. Especialmente ese de ahí. Sonur siguió su mirada. —¿Quién es? —preguntó. —Su nombre es Clant —respondió Jin, y su sonrisa se hizo más grande—. Créeme, lo querrías tener siempre contigo. Sonur también le soltó una sonrisa. Pero era una sonrisa calculada, medida, como todo lo que hacía. —¿Y tienes hijos? —preguntó entonces. Jin negó con la cabeza. —No, no tengo hijos. —Serías una excelente madre —dijo Sonur, y la miró a los ojos. Jin lo miró y sonrió. No había malicia en su mirada. Solo gratitud por el cumplido. Bajó la vista un momento, un gesto casi tímido, y fue entonces cuando Sonur vio lo que había estado buscando. La manga de Jin estaba un poco levantada, y se alcanzaba a notar una mancha roja en su brazo. No era grande, pero era visible. Sonur lo notó al instante. Su corazón latió más rápido, pero su rostro no cambió. Señaló el brazo de Jin con un gesto casual, como si fuera algo sin importancia. —¿Sarpullido? —preguntó, con curiosidad fingida. Jin lo miró nerviosa. Inmediatamente se acomodó la manga, cubriendo la marca. —Marca de nacimiento —respondió, evitándole la mirada y volviendo a mirar a los niños—. Me da un poco de vergüenza, por eso la cubro. Sonur sonrió para sus adentros. Ya había encontrado a su mujer. Pero no podía mostrar sus cartas todavía. —No creo que sea tan grave —dijo, y luego soltó una risa falsa—. Yo tengo una verruga muy asquerosa en mi pecho. Imagínate. Jin se rió. Fue una risa sincera, desprevenida. Sonur rió con ella, aunque por dentro ya estaba calculando los siguientes pasos. En eso, una campanita sonó desde el interior de la escuela. El receso había terminado. Los niños empezaron a recoger sus juguetes y a formarse en fila frente a la puerta. —Bueno, me tengo que ir —dijo Jin, levantándose del banco. —Antes de que te vayas —dijo Sonur, también poniéndose de pie—. ¿Podría saber tu nombre? Jin lo miró, dudó solo un segundo, y luego sonrió. —Y el tuyo es... —preguntó, devolviéndole la cortesía. —Soy Sonur —dijo él, mientras le sonreía. —Un placer, Sonur, soy Jin —respondió. Luego volteó y empezó a llamar a los niños para volver a clase. Sonur se quedó en el patio, mirándola. Había algo en esa mujer que lo cautivó, tuvo que admitirlo. No era solo la esfera. Era su forma de moverse, de reír, de tratar a los niños como si fueran suyos. Pero no podía permitirse esas debilidades. Ya había encontrado lo que buscaba. Ahora solo faltaba el momento adecuado. Por la noche, los hombres de Sonur y él se quedaron en una cabaña abandonada en las afueras del pueblo. Era pequeña, de una sola habitación, con paredes de madera agrietadas y un techo que dejaba pasar la luz de la luna. Pero era suficiente. Encendieron unas velas, y la luz amarilla bailaba sobre sus rostros mientras se reunían en círculo. Sonur habló primero. —Ya encontré a la mujer —dijo, en voz baja—. Se llama Jin. Es la maestra de la escuela. Uno de sus hombres, un tipo grande y barbudo, Lixo, su mano derecha y el uno fiel por lealtad, frunció el ceño. —¿Y por qué no actuamos ya? La secuestramos, le cortamos el brazo y nos vamos. Sonur negó con la cabeza. —No es tan sencillo. El poder de la esfera no se activa con violencia externa. Surge cuando la persona siente la necesidad de atacar, o cuando tiene miedo. Si la atacamos ahora, sin que ella esté preparada, el poder puede manifestarse de forma impredecible. Necesito que confíe en mí. Necesito acercarme a ella, ganarme su confianza. Y cuando el momento llegue... cuando menos lo espere... ahí actuaremos. Los hombres asintieron, aunque algunos no terminaban de entender. —¿Y cómo vamos a hacer para cortarle el brazo? —preguntó otro, más joven, con cicatrices en los brazos. —Esa es la única manera de liberar el poder de la esfera —explicó Sonur, con paciencia—. Las marcas están en su piel. Si cortamos el brazo, la esfera quedará libre y podré absorber su poder. No es la primera vez que atacamos a una mujer, ¿verdad? Los hombres rieron. Una risa oscura, cavernosa, que llenó la cabaña como humo. Las velas parpadearon, como si también tuvieran miedo. Sonur levantó una mano para pedir silencio. —Escúchenme bien. Quiero que pasen desapercibidos. Que se ganen el respeto de los pueblerinos. Ayuden en lo que puedan, rían con ellos, tomen sus bebidas, duerman con sus mujeres si es necesario. Pero no levanten sospechas. Cuando sea el momento, lo sabrán. Los hombres asintieron. La reunión terminó. Uno a uno fueron acomodándose en el suelo, usando sus capas como mantas. El silencio volvió a la cabaña, roto solo por el crujir de la madera y el ulular de un búho afuera. Así acabó la noche. Y los hombres descansaron, aunque Sonur no pudo dormir. Se quedó mirando el techo, pensando en Jin, en la esfera, en el poder que pronto sería suyo. Por otro lado, en la casa de Jin y Milo, la noche había sido mucho más tranquila. Jin llegó a casa con el recuerdo del viajero amable en la mente. Se quitó los zapatos en la puerta y fue directo a la cocina, donde Milo estaba cortando verduras para la cena. —¿Cómo estuvo el día? —preguntó él, sin levantar la vista. —Tranquilo —respondió Jin, sentándose en una silla—. Llegaron unos viajeros al pueblo. Gente nueva. Hablé con uno de ellos, en la escuela. Milo dejó el cuchillo y la miró, levantando una ceja. —¿Ah, sí? ¿Y quién es este gran hombre tan interesante? —preguntó, con un tono sarcástico que delataba una pizca de celos. Jin se rió. —No dije que fuese interesante —dijo, y luego añadió, casi en secreto—: Aunque no estaba mal. Milo fingió un puchero. —¿No estaba mal? ¿Más guapo que yo, querrás decir? —No dije eso —respondió Jin, riendo—. Tú solo preguntaste si era agradable. Y sí, lo era. Amable, educado... —Y guapo —interrumpió Milo, cruzando los brazos. —Y guapo —admitió Jin, encogiéndose de hombros con una sonrisa pícara—. ¿Ya estás contento? Milo arqueó las cejas, fingiendo indignación, pero una sonrisa se le escapaba por las comisuras de los labios. —Muy graciosa —dijo, volviendo a las verduras—. Ya verás cuando llegue alguna viajera guapa. Ahí sí que te va a dar celos. Jin se levantó, se acercó a él por detrás y lo abrazó, apoyando la barbilla en su hombro. —Te amo —susurró. Milo suspiró, dejó el cuchillo y giró la cabeza para darle un beso en la frente. —Yo también te amo —respondió—. Solo no me cambies por un viajero guapo. —Jamás lo haría —dijo Jin, y le dio un beso en los labios. Terminaron de cenar entre risas y bromas, como tantas otras noches. Ya acostados, Milo le comentó que no había podido conseguir a alguien que pudiera sanar sus marcas. Había preguntado en el mercado, en la herrería, incluso a la curandera del pueblo, pero nadie sabía qué eran ni cómo quitarlas. —No voy a dejar de buscar —dijo Milo, mirándola a los ojos en la penumbra—. Te lo prometo. Jin le sonrió, acariciándole la mejilla. —Descansa —le dijo—. Mañana será otro día. Apagaron la vela. La noche los envolvió en su manto oscuro, y por un momento, todo estuvo bien. A la mañana siguiente, el sol brillaba alto cuando Milo y Jin salieron de su casa, cada uno camino a sus labores. El aire olía a pan recién horneado y a tierra mojada, y los pájaros cantaban en los árboles como si nada malo pudiera ocurrir en el mundo. No habían caminado ni dos cuadras cuando se encontraron con Sonur. Él estaba apoyado contra un poste de madera, en la esquina del mercado, como si estuviera esperando a alguien. Y en efecto, así era. —Buenos días —dijo Jin con una sonrisa—. Qué casualidad. Sonur devolvió la sonrisa, inclinando ligeramente la cabeza. —Buenos días, Jin. El pueblo es pequeño, parece. Milo se quedó a su lado, observando al desconocido con curiosidad. —Milo, te presento a Sonur —dijo Jin—. Es uno de los viajeros que llegaron ayer. Milo extendió la mano y Sonur la estrechó con firmeza, sin apretar demasiado, sin soltar muy rápido. Un apretón de manos correcto, educado, medido. —Encantado —dijo Milo. —El gusto es mío —respondió Sonur, con esa voz suave que parecía hecha para desarmar sospechas—. Jin me habló de usted. Dice que es herrero. —Sí, así es —dijo Milo, orgulloso—. Si necesita algo de hierro, ya sabe dónde encontrarme. —Lo tendré en cuenta —respondió Sonur. Se despidieron con una sonrisa. Jin se fue hacia la escuela y Milo se dirigió a la herrería. Pero Sonur, en lugar de seguir su propio camino, lo acompañó. —¿No le molesta si lo acompaño? —preguntó—. Me interesa mucho el trabajo del metal. En mi tierra también hay herreros, pero quería ver cómo lo hacen por aquí. Milo, que era hombre de pocas sospechas, asintió con gusto. —Claro, venga. Le enseño. Llegaron a la herrería, donde Jackson y Lumus ya estaban trabajando. El fuego ardía en la fragua, el martillo golpeaba el yunque, y el aire olía a hierro caliente y sudor. Sonur se quedó en una esquina, observando, haciendo preguntas aquí y allá, siempre con interés genuino. Jackson le ofreció un trago de agua, Lumus le contó un chiste. Todos se llevaron bien. En medio de la conversación, mientras Milo martillaba una pieza de metal, Lumus soltó sin querer: —Oye, Milo, ¿y para cuándo la boda? ¿Ya le pediste la fecha al curandero ese para que le quite las marcas a Jin? Milo levantó la vista, incómodo. Tiró una mirada rápida a Sonur, que estaba allí, escuchando con atención. —Bueno —dijo Milo, limpiándose las manos en el delantal—. Todavía no. Jin ha estado un poco inquieta desde aquel incidente en el bosque. Prefiero esperar a que las cosas mejoren para ella antes de dar el paso. Sonur frunció el ceño, como si hubiera escuchado algo curioso. —¿Incidente? —preguntó, con tono casual—. ¿Qué ocurrió? Milo lo miró un momento, dudando. Pero Sonur parecía un buen hombre, y además ya había estado hablando con Jin. No había razón para ocultarle la verdad, o al menos una versión de la verdad. —Hace unos días —dijo Milo, bajando la voz—, Jin tropezó con unas plantas venenosas en el bosque. Le dejaron unas marcas en la piel, nada grave, pero estamos esperando a que desaparezcan antes de... bueno, antes de cualquier cosa. Sonur asintió, como si entendiera perfectamente. Pero por dentro, notó la incongruencia. Marcas por plantas venenosas, cuando Jin le había dicho que era una marca de nacimiento. Algo no cuadraba. Eso significaba que la pareja estaba tratando de ocultar algo. Pero Sonur no era tonto, y sabía que no debía presionar. —Qué mala suerte —dijo, con voz compasiva—. Pero quizás yo pueda ayudarlos. Milo levantó la cabeza, ilusionado. —¿Cómo? —Conozco a alguien —dijo Sonur—. Un curandero, de esos que saben de remedios caseros. Inclusive, una vez hizo desaparecer un lunar que un amigo tenía desde niño. Si las marcas de Jin son por plantas, estoy seguro de que él puede ayudar. Milo abrió los ojos como platos. Jackson y Lumus también lo miraron con esperanza. —¿De verdad? —Preguntó Milo, dejando el martillo a un lado—. ¿Dónde se encuentra esa persona? Sonur sonrió, sabiendo que el anzuelo había picado. —En un pueblo un poco lejano, más allá de las montañas. Pero en este momento no está allí. Salió del país hace unas semanas, por asuntos de negocios. Pero en cuanto vuelva, yo mismo los llevaré hasta él. Milo no podía creer su suerte. —Sonur, no sé cómo agradecerte —dijo, emocionado—. ¿Quieres quedarte a un trago con los muchachos? Para celebrar. Sonur negó con la cabeza, cortés. —No bebo —dijo—. Pero agradezco la oferta, de verdad. Milo sonrió, le dio una palmada en el hombro y volvió al trabajo con más energía que antes. Jackson y Lumus intercambiaron miradas de felicidad. Todo parecía encajar. Al llegar a casa esa noche, Milo le contó a Jin la noticia. Ella lo abrazó, agradecida, y por un momento la esperanza floreció en su pecho como una pequeña flor en tierra seca. Pasaron algunos días. Sonur siguió su plan al pie de la letra. Se hizo amigo de los vecinos, ayudó a cargar sacos de harina, regaló caramelos a los niños, y siempre tenía una palabra amable para todos. Poco a poco, los habitantes de Zuhnmir empezaron a verlo como uno más. Milo, Jin y Sonur se hicieron más cercanos. Compartieron comidas en la taberna, caminatas por el bosque, tardes de cerveza frente a la fragua. Sonur se ganó su confianza con la paciencia de un cazador que espera a que su presa baje la guardia. Hasta que una noche, Milo y Jin lo invitaron a cenar a su casa. La cena fue sencilla: sopa de verduras, pan recién horneado y un poco de queso. Charlaron de cosas sin importancia, del clima, de las cosechas, de los niños de la escuela. Pero cuando Sonur cruzó la puerta, Mitzu, el perro, empezó a ladrarle con furia. el perro se erizó, mostrando los dientes. Milo lo miró, extrañado. Sonur se quedó quieto, mirando al perro a los ojos. No dijo nada. Solo lo miró, fijamente, con una intensidad que helaba la sangre. Y el perro, de repente, se calló. Bajó la cabeza, metió el rabo entre las piernas y se fue a dormir a su rincón. —Es que es así —dijo Milo, ignorando los ladridos—. A veces se pone nervioso con los extraños, pero luego se calma. Sonur sonrió, y la cena continuó. Un rato después, mientras bebían té junto a la chimenea, llamaron a la puerta. Era Clant, que había venido a mostrarles un nuevo dibujo. Al entrar, vio a Sonur sentado en el sillón, y se quedó paralizado. —¿Quién es él? —preguntó Clant, señalando con el dedo. —Es Sonur, un amigo —respondió Jin—. Llegó hace unos días al pueblo. Clant lo miró con desconfianza. No sabía por qué, pero algo en ese hombre le daba mala espina. Quizás era la forma en que sonreía sin que los ojos le brillaran. Quizás era la manera en que movía las manos, siempre juntas, siempre quietas. O quizás era solo un presentimiento, de esos que los niños tienen y los adultos ignoran. —Hola —dijo Sonur, con voz amable—. Tú debes ser el famoso Clant. Jin me ha hablado mucho de ti. Clant asintió, sin decir una palabra. Le extendió su dibujo a Jin, que lo miró con cariño, y luego, sin más, se despidió. —Me tengo que ir —dijo, con la mirada baja—. Mi papá me espera. Salió de la casa sin mirar atrás. Afuera, el aire frío de la noche le golpeó la cara. Se apoyó contra la pared de madera y respiró hondo. No sabía qué era, pero algo en ese hombre no le gustaba. Algo en su mirada le decía que no era quien decía ser. Unos días después, Clant estaba en el bosque, buscando ramas para un nuevo dibujo. Le gustaba perderse entre los árboles, escuchar el canto de los pájaros, sentir la tierra mojada bajo sus pies. Caminó más de lo debido, alejándose del pueblo, hasta que llegó a un claro que no conocía. Allí, a lo lejos, vio figuras moviéndose entre los árboles. Se agachó detrás de un arbusto y aguzó la vista. Eran hombres. Cuatro, cinco, tal vez seis. Y entre ellos, reconoció a uno. Era Sonur. Clant sintió cómo la sangre se le helaba. Sonur estaba hablando con esos hombres, gesticulando, señalando un mapa que tenían extendido sobre una roca. Clant no podía oír lo que decían, pero supo, con una certeza absoluta, que no era nada bueno. Intentó retroceder en silencio, pero su pie pisó una rama seca. Crack. El sonido fue pequeño, apenas un chasquido, pero en el silencio del bosque pareció un trueno. Todos los hombres voltearon hacia donde estaba. Clant se agachó rápidamente, escondiéndose entre las plantas frondosas. Contuvo la respiración. El corazón le latía tan fuerte que temía que lo escucharan. Pasaron unos segundos. Luego un minuto. Los hombres murmuraron algo, y Clant escuchó pasos que se alejaban. Suspiró aliviado. Ya se habían ido. Empezó a levantarse, pero una mano grande y fría se posó sobre su hombro. —¿Qué haces aquí, niño? —dijo la voz de Sonur, justo detrás de él. Clant pegó un salto. Se dio la vuelta y lo vio allí, de pie, con los brazos cruzados y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —N-nada —tartamudeó Clant, arrastrándose hacia atrás sobre la tierra—. No estaba haciendo nada. —¿Seguro? —preguntó Sonur, inclinando la cabeza—. Escuché un ruido. Y te vi escondido. ¿Estabas escuchando nuestra conversación? —¡No, no señor! —dijo Clant, negando con la cabeza—. Yo solo... buscaba ramas. Para... para dibujar. Nada más. Sonur lo miró fijamente, como si pudiera leerle la mente. Luego, su sonrisa se ensanchó, pero había algo cruel en ella. —Escúchame bien, niño —dijo, agachándose para quedar a su altura—. Escuchar conversaciones ajenas es de mala educación. ¿Entiendes? Clant asintió, con la cabeza gacha. —Sí, señor. —¿De verdad no escuchaste nada? —No, señor. Lo juro. Sonur se quedó callado un momento. Luego se incorporó, y su expresión cambió por completo a una de falsa amabilidad. —Muy bien —dijo—. Ahora deberías irte a casa. La noche se acerca, y el bosque puede ser peligroso para un niño solo. Clant no necesitó que se lo repitieran. Se levantó de un salto y salió corriendo entre los árboles, sin mirar atrás. El corazón le estallaba en el pecho. No paró hasta que llegó a las primeras casas del pueblo, y solo entonces se permitió doblarse sobre sus rodillas y recuperar el aliento. Algo andaba mal con ese hombre. Algo muy mal. Esa misma tarde, Sonur reunió a sus hombres en la cabaña. El sol se escondía tras las montañas, y la última luz del día se filtraba por las grietas de las paredes. —El niño sospecha —dijo Sonur, con voz fría—. No sabe nada, pero nos vio. Hay que apurar los planes. Uno de los hombres, el más corpulento, levantó la mano. —¿Y qué hacemos con él? ¿Lo eliminamos? Sonur negó con la cabeza. —Todavía no. Si el niño desaparece, el pueblo se alarmará. Y eso pondría en riesgo todo. Por ahora, lo vigilan. Pero no le pierdan de vista. Los hombres asintieron. Sonur sacó un mapa y lo extendió sobre la mesa de madera. Era un mapa rudimentario, dibujado a mano, pero marcaba con precisión el camino a Serpia. —El plan es el siguiente —explicó, señalando el mapa con el dedo—. Vamos a guiar a Jin y a Milo hacia Serpia. Les diré que allí vive el curandero que puede curar sus marcas. El pueblo está deshabitado, así que será más fácil interceptarlos en el camino, o una vez que lleguen. —¿Y cuándo atacamos? —preguntó otro hombre. —Cuando menos lo esperen —respondió Sonur—. Cuando Jin esté confiada, relajada. El poder de la esfera se activa con el miedo o la necesidad. Si la atacamos por sorpresa, reaccionará. Pero yo he ganado su confianza. Estaré a su lado. Y cuando llegue el momento... Hizo una pausa. Sus ojos brillaron en la penumbra. —Le cortaré el brazo. El silencio se hizo pesado. Luego, uno de los hombres soltó una risa gutural. —Y el poder será nuestro. —No se confíen —advirtió Sonur—. Aún no conocemos el verdadero alcance de la esfera. Pero mientras ella confíe en mí, tendré la ventaja. Los hombres asintieron. La luz de las velas temblaba sobre sus rostros duros. La noche cayó sobre Zuhnmir, y ninguno de los aldeanos podía imaginar la sombra que se cernía sobre ellos. Esa tarde, Sonur llegó a casa de Jin. Milo no se encontraba. Había salido a la herrería temprano y no volvería hasta el anochecer. Jin estaba sola, descansando en la cocina, con su camisa de mangas cortas porque en su hogar no necesitaba esconder nada. Sonur llamó a la puerta, y Jin abrió sin pensar. Al verlo, su rostro se tensó. Miró su brazo descubierto, donde las marcas rojas brillaban bajo la luz de la tarde, e inmediatamente lo cubrió con la manga, pero ya era tarde. Sonur lo había visto. —Sonur, no esperaba... —dijo Jin, nerviosa—. Milo no está. —Lo sé —respondió Sonur, con voz tranquila—. Vine a verte a ti. Entró despacio, sin forzar, y se sentó en la silla de la cocina como si fuera su casa. Jin se quedó de pie, apoyada en el mesón, sin saber qué hacer. —Jin —dijo Sonur, mirándola a los ojos—. Somos amigos, ¿no? No tienes por qué sentir vergüenza delante de mí. Jin no respondió. Tragó saliva. —No siento vergüenza —dijo, pero su voz sonó débil. —Entonces, ¿por qué las escondes? —preguntó Sonur, señalando su brazo—. ¿Por qué las cubres siempre? Jin bajó la mirada. Dio un paso hacia la silla y se sentó a su lado. Había confianza en su gesto, pero también timidez. Como quien va a mostrar un secreto que nunca ha compartido. —Está bien —dijo, suspirando—. Te lo enseñaré. Las marcas rojas se desplegaron sobre su antebrazo. Sonur las miró, y por un momento, su máscara de hombre bueno cayó. Sus ojos brillaron con avidez, con deseo. Pero se recuperó rápido. —Son hermosas —dijo en voz baja, y no mentía—. Pero está claro que no es una marca de nacimiento, Jin. ¿Qué te pasó realmente? Jin suspiró. Y entonces, con la confianza de quien cree tener un amigo de verdad, le contó todo. La cueva, la luz, la esfera. El oso, la espada, la fuerza sobrenatural. Sonur escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando, con el rostro lleno de fascinación bien actuada. —Increíble —dijo cuando ella terminó—. ¿Podrías enseñarme cómo funciona? Jin dudó un momento. Luego tomó un lápiz de la mesa. —Solo funciona con la intención —explicó—. O cuando siento necesidad, o miedo. Como cuando el oso me atacó. Cerró los ojos. Se concentró. Y el lápiz, en su mano, empezó a brillar. El metal se alargó, la madera se endureció, y de repente, Jin sostenía una espada finamente hecha, con detalles ingeniosos grabados en la hoja. Era ligera pero firme, hermosa y mortal al mismo tiempo. Sonur contuvo la respiración. Nunca había visto algo igual. Era todo lo que había buscado durante años, todo lo que había soñado. El poder estaba allí, frente a él, en la mano de una maestra de pueblo. Jin volvió a concentrarse, y la espada se transformó nuevamente en un lápiz, común y corriente. Sonur sonrió. Ya tenía lo que necesitaba. —Jin —dijo, con voz suave—. La razón por la que vine es porque mi amigo, el curandero, está de regreso. No sé si alguna vez haya tratado brazos mágicos, pero ha hecho cosas parecidas. Estoy seguro de que puede ayudarte. Jin abrió los ojos, emocionada. —¿De verdad? —preguntó, y sin pensarlo, lo abrazó—. ¿Cuándo podría conocerlo? —Podríamos partir mañana por la mañana —dijo Sonur, devolviéndole el abrazo con una sonrisa que escondía algo más oscuro—. Tú, Milo y yo. El viaje no es largo. —Se lo diré a Milo en cuanto llegue —dijo Jin, radiante. Sonur se levantó, se despidió con una inclinación de cabeza y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró. —Los esperaré —dijo—. No lleguen tarde. Y cerró la puerta tras de sí. En su rostro, ahora sin testigos, se dibujó una sonrisa malévola. El plan estaba en marcha. Muy pronto, la esfera sería suya. Muy pronto, nada volvería a ser igual. Al salir de casa de Jin, Sonur solo pensaba en el poder que obtendría. Caminaba por la calle de tierra con las manos detrás de la espalda, mirando al suelo, calculando cada paso del plan. Pero de repente, un pensamiento pasó por su mente, algo que no había pedido ni esperado. Recordó la felicidad con la que Jin lo había abrazado. Recordó su sonrisa, esa sonrisa cálida y sincera que parecía iluminar toda la habitación. Recordó sus ojos grandes y tiernos, la forma en que lo habían mirado sin miedo, sin sospecha, solo con gratitud y confianza. Su expresión se fue suavizando. Una leve sonrisa salió de su rostro al pensar en ella. —¿Qué me sucede? —se preguntó en voz baja, deteniéndose en medio del camino. Negó con la cabeza, como si intentara sacudirse un pensamiento molesto. Pero no funcionó. La imagen de Jin seguía allí, flotando en su mente como una mariposa que no quería irse. —Dios, es solo una tonta maestra de escuela —murmuró para sí mismo, apretando los puños—. No puedo estar pensando en ella. Siguió caminando, pero los pensamientos no lo dejaban en paz. —Ni en su cabello —siguió diciendo, casi en un susurro—. Ni en sus grandes ojos. Ni en su sonrisa... Se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Inmediatamente levantó la mirada al cielo y se dio un golpe en la cabeza con la palma de la mano. —¡Basta! —se dijo a sí mismo, con voz firme—. Basta ya. Respiró hondo. Trató de enfocarse en el plan, en la esfera, en el poder que pronto sería suyo. Pero algo había cambiado dentro de él, aunque no quería aceptarlo. Poco a poco, sin darse cuenta, sin querer, se estaba enamorando de Jin.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.