Llegando la mañana, los hombres de Sonur salieron primero, al amanecer, mientras Sonur se reunía con Jin y Milo. El sol apenas asomaba tras las montañas, pintando el cielo de naranja y violeta. Nadie en el pueblo sabía lo que estaba por suceder. Clant, que desde la ventana de su casa había visto a Jin y Milo salir con Sonur, sintió un mal presentimiento en el pecho. No podía explicarlo, pero algo le decía que ese hombre no era de fiar. Así que, sin pensarlo dos veces, tomó su chaqueta, llamó a Mitzu y empezó a seguirlos a escondidas, manteniendo la distancia justa para no ser visto. Sonur llevó a Milo y Jin lejos del bosque, hacia un campo abierto. No había árboles, ni rocas, ni arbustos. Solo tierra seca, pasto amarillo y un sendero polvoriento que se perdía en el horizonte. Era el lugar perfecto para lo que tenía planeado. Sin objetos alrededor, Jin no podría tomar nada para defenderse. Estaría indefensa. Clant los seguía sigiloso, a lo lejos, agachado entre los matorrales que bordeaban el camino. Mitzu caminaba a su lado, en silencio, como si también supiera que algo andaba mal. Sonur mantenía a Jin y Milo distraídos con conversaciones triviales. Hablaba del clima, de las cosechas, de las tradiciones de otros pueblos. Jin reía de vez en cuando, confiada. Milo también, aunque algo en su interior no terminaba de sentirse cómodo. En eso, los hombres de Sonur empezaron a aparecer de las sombras. Salían de detrás de las rocas, de entre los matorrales, como si hubieran estado esperando toda la noche. Uno a uno, fueron rodeando el camino sin hacer ruido. Uno de ellos, llegó de frente a ellos. Tenía el cabello sucio y una sonrisa falsa pegada a la cara. —Sonur —dijo Lixo, asintiendo con la cabeza. —Lixo —respondió Sonur, con calma—. Te presento a Jin y a Milo. Son mis amigos. Lixo extendió la mano. Jin y Milo lo saludaron de vuelta, amables, sin sospechar nada. Pero Milo, que era hombre de pocas palabras pero de muchas observaciones, ya presentía algo raro. Antes de partir esa mañana, Milo había mirado un mapa camino a Serpia. Había estudiado las rutas, los atajos, los pueblos cercanos. Y definitivamente, ese camino que estaban tomando era el más lejano. No entendía por qué Sonur había elegido esa dirección. Era más largo, más expuesto, y no había nada interesante en ese campo. Curioso y dudando, Milo se acercó a Sonur. —Oye, Sonur —preguntó, tratando de sonar casual—. ¿Por qué tomamos esta dirección? Hay un camino mucho más corto por el bosque. Sonur lo miró. Vio la incertidumbre en sus ojos, esa chispa de desconfianza que podría arruinar su plan si no la apagaba rápido. Así que soltó una risa, fingiendo naturalidad. —Es que les temo a los bosques —dijo, y rió de forma genuina. Lixo rió también, acompañándolo. Jin, que había estado escuchando, empezó a dudar. Algo no cuadraba. —No tú y tus amigos —dijo Jin, con un tono irónico, cruzando los brazos—. Ustedes tomaron el bosque para llegar a Zuhnmir, ¿no? El silencio cayó como un hacha. Lixo y Sonur se miraron, y en ese breve instante, sus máscaras se resquebrajaron. Ya no podían ocultarlo más. En ese momento, Clant, que se encontraba a unos metros de ellos escondido entre los arbustos, vio a los hombres de Sonur acercándose por detrás de Jin y Milo. Eran al menos diez, con cuchillos en las manos y miradas asesinas. Sonur suspiró, como si le diera pena lo que iba a hacer. Miró a Jin a los ojos. —Mira, Jin —dijo, encogiéndose de hombros—. No tenía por qué ser así. Jin y Milo lo miraron extrañados, sin entender. —O bueno —añadió Sonur, y una sonrisa cruel se dibujó en su rostro—. Sí tenía. Con el poder de sus brazaletes, Sonur golpeó a Milo en el pecho. El impacto fue tan fuerte que Milo salió volando varios metros, cayendo pesadamente al suelo, rodando sobre la tierra seca. Un quejido de dolor escapó de sus labios. —¡MILO! —gritó Jin, dando un paso hacia él. Pero antes de que pudiera moverse, una voz familiar rompió el aire. —¡JIN! Era Clant. Había salido de las sombras, con los ojos llenos de miedo y los puños apretados. Mitzu ladraba a su lado, furioso. Jin volteó y vio a los hombres de Sonur. Vio sus cuchillos, sus sonrisas burlonas, sus miradas vacías. Vio a Lixo, a los otros, todos rodeándolos. Su expresión cambió. El miedo se transformó en ira. Frunció el ceño, apretó la mandíbula, y su cuerpo se puso en modo defensa, como un animal acorralado. Sonur se acercó a ella, caminando despacio, con las manos en los bolsillos. —Mira, Jin —dijo, con un tono sarcástico y una mirada de desquiciado—. Solo cede. Un brazo no es tan importante. ¿De verdad quieres que toda esta gente salga lastimada por una simple extremidad? Una sonrisa irreconocible se dibujó en su rostro. Ya no era el hombre amable que había conocido. Era otra cosa. Algo oscuro. Jin abrió los ojos, sorprendida y asustada. Miró a Milo, que en el suelo intentaba levantarse, con una mano en el pecho y el rostro torcido por el dolor. Miró a Clant, que temblaba a unos metros. Miró a los hombres que la rodeaban. No había nada a su alrededor. Solo tierra y pasto. Nada con lo que pudiera defenderse. Pero entonces, algo cambió dentro de ella. Una furia antigua, dormida, empezó a despertar. Sus marcas empezaron a brillar, primero débilmente, luego con más intensidad. El calor quemó su camisa, haciéndolas visibles para todos. Las letras rojas brillaban como brasas sobre su piel. Los hombres de Sonur corrieron hacia ella. Jin y Sonur se acercaron mutuamente, como dos tormentas a punto de chocar. Jin saltó. Su puño se encontró con el rostro de Sonur con una fuerza que ni ella misma esperaba. El impacto fue tan brutal que Sonur salió volando, arrastrándose sobre sus rodillas varios metros antes de detenerse. Sonur levantó la mirada. Una rodilla en el suelo, un puño apoyado en la tierra. En lugar de enfadarse, sonrió. Truena su cuello, primero a un lado, luego al otro, y se puso de pie lentamente. —Así que eso es todo —murmuró, y luego corrió hacia ella. Jin no tuvo tiempo de reaccionar. Los hombres de Sonur la atacaron desde todos los lados. Pero ella se movía con una velocidad que no era humana. Esquivaba, golpeaba, pateaba. Sus puños rompían huesos, sus patadas derribaban cuerpos. Los hombres volaban por el aire como muñecos de trapo. A lo lejos, Clant miraba boquiabierto. No podía creer lo que veía. Jin, la maestra, la mujer dulce que le enseñaba a sumar y a leer, estaba destruyendo a hombres armados con sus propias manos. ¿Qué le estaba pasando? ¿Quiénes eran esos hombres? El miedo lo invadió. —¡Mitzu, vamos! —gritó, y salió corriendo hacia el pueblo. Mientras tanto, Milo se levantó del suelo. El pecho le ardía, pero el dolor no era nada comparado con la rabia que sentía. Tomó un garrote caído de uno de los hombres y se lanzó a la pelea. Golpeó a uno, luego a otro. No era tan rápido como Jin, pero su fuerza y su determinación lo mantenían en pie. Jin, mientras tanto, golpeaba a uno de los hombres. Su puño se hundió en la cara de un tipo grande, que cayó al suelo como un saco de papas. Pero antes de que pudiera girarse, sintió unas manos enormes agarrándola por detrás. Era Sonur. La levantó del suelo y la lanzó como si no pesara nada. Jin rodó por el pasto, escupiendo tierra. —Las cosas no tienen que ser así, princesa —dijo Sonur, caminando hacia ella con las manos abiertas, moviéndolas mientras hablaba como un loco—. Y sí, ya dije que sí tenían que ser así. Pero es que... ¡ash! No tengo de otra. Lo necesito. Sonreía como un demente. Sus ojos brillaban con una luz enfermiza. Jin se incorporó rápidamente. Miró a su alrededor. Milo estaba luchando contra tres hombres a la vez. Estaban solos. La ira volvió a crecer dentro de ella, más intensa que antes. Pasó sus manos sobre el suelo. Y entonces, algo increíble ocurrió. La tierra frente a ella se partió. Un camino de puntas filosas, como lanzas de piedra, surgió del suelo apuntando hacia los hombres de Sonur. Todos los presentes quedaron sorprendidos. Los hombres retrocedieron, asustados. Jin abrió los ojos. Sus marcas palpitaban, no dolían, pero se sentían. Como si tuviera un segundo corazón latiendo bajo su piel. Sintió el poder recorriendo sus venas, caliente, poderoso. Sin pensarlo dos veces, saltó hacia Milo, lo tomó del brazo y corrieron. —¡Vamos! —gritó ella, y Milo la siguió sin preguntar. Sonur y sus hombres se miraron, sorprendidos. Ahora sería más complicado. Mientras todo esto sucedía, Clant llegó al pueblo con las piernas ardiendo y el corazón a punto de estallar. Mitzu corría a su lado, ladrando como loco. —¡AYUDA! —gritó Clant, entrando a la plaza—. ¡AYUDA! ¡JIN Y MILO ESTÁN SIENDO ATACADOS! Los vecinos salieron de sus casas. Jackson, que estaba afilando un cuchillo en la herrería, dejó caer la piedra y se levantó de un salto. Lumus, que cargaba un saco de harina, lo dejó caer al suelo. —¿Qué dices, niño? —preguntó Jackson, agarrándolo por los hombros. Clant les contó todo, rápido, entre respiraciones entrecortadas. Los hombres malos, Sonur, la pelea, los poderes de Jin. Los vecinos escucharon en silencio, y luego, sin mediar palabra, empezaron a actuar. —¡Reúnan a todos! —gritó Jackson—. ¡Hombres, mujeres, quien pueda pelear! En cuestión de minutos, decenas de personas se reunieron en la plaza. Unos traían bates de béisbol, otros garrotes de madera, otros sillas, otros palos de escoba. No eran guerreros. Eran agricultores, granjeros, panaderos, carpinteros. Pero estaban dispuestos a pelear por los suyos. —¡Vamos! —gritó Lumus, levantando un hacha. Y todos corrieron detrás de Clant, que los guiaba hacia el campo. Mientras tanto, en el campo, Jin y Milo corrían hacia el bosque. Estaban asustados, mirando hacia atrás a cada momento, tratando de ver por dónde venían los hombres. El bosque quedaba a unos metros. Si lograban adentrarse, podrían ocultarse entre los árboles. —¡Por aquí! —dijo Milo, tirando de Jin hacia un sendero cubierto de maleza. Corrieron entre los árboles, saltando raíces, apartando ramas. Hasta que, de repente, se toparon con un grupo de personas. Era Clant, con Jackson, Lumus y decenas de vecinos del pueblo. Todos venían con cosas para atacar: bates, garrotes, sillas, lo que habían podido encontrar. Los rostros estaban serios, decididos. Milo miró a sus amigos y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. —No saben cuánto agradezco esto —dijo, con la voz entrecortada. Uno de los vecinos, un anciano de barba blanca, le puso una mano en el hombro. —Todo sea por un buen ciudadano —dijo, sonriendo. Jin, que estaba detrás de Milo, puso una mirada dura. Pero también sonrió, una sonrisa retadora, de quien sabe que aún no ha perdido la batalla. Con rapidez, tomó una rama que tenía a un costado. Sabía lo que hacía. Cerró los ojos, se concentró, y una luz blanca iluminó todo el bosque. Los hombres de Sonur, que los buscaban a lo lejos, notaron el resplandor y corrieron hacia allí. Cuando la luz se apagó, todos los presentes tenían un arma en las manos. Espadas, escudos, lanzas, incluso cañones pequeños y cadenas con puntas. Jin había creado armas para todos. Ahora, ya no eran simples agricultores. Eran guerreros. Sin pensarlo, corrieron y salieron del bosque, encontrándose cara a cara con los hombres de Sonur. Eran aproximadamente treinta, armados con cuchillos y espadas, con las miradas frías y asesinas. Un grito de guerra rompió el silencio. Los pueblerinos, inexpertos pero valientes, corrieron hacia los hombres. El choque fue brutal. Milo le tomó la mano a Jin. Bajó la cabeza y le hizo una señal de "sí" con la cabeza. Jin respondió de la misma manera. Se sonrieron, un segundo de calma en medio del caos, y luego Milo soltó su mano y corrió a enfrentar a Lixo. Jin buscó a Sonur con la mirada. Lo encontró al otro lado del campo, caminando hacia ella con paso lento, como si tuviera toda la tarde del mundo. Las espadas chocaban a su alrededor, los cuerpos caían, la sangre manchaba la tierra. Pero ellos solo se miraban el uno al otro. Jin empezó a correr. Sonur también. Sus cuerpos se acercaron como meteoros. Alrededor, todos luchaban. Jackson golpeaba a un hombre con un garrote. Lumus defendía a un vecino caído. Los panaderos y granjeros daban golpes torpes pero efectivos. Incluso Clant, con una espada pequeña que Jin le había dado, luchaba contra un hombre más grande que él. Jin saltó y lanzó un puño directo al rostro de Sonur. Pero él lo amortiguó con otro puño. El impacto creó una onda de luz que los hizo rebotar a ambos. Jin voló varios metros, cayó al suelo, rodó y se levantó. Sonur hizo lo mismo, sacudiéndose la tierra del hombro. Se miraron. Y volvieron a atacarse. Sonur golpeaba a Jin. Jin golpeaba a Sonur. Sus puños chocaban contra costillas, rostros, estómagos. Sonur, entre los agarrones, tomaba el brazo de Jin y lo golpeaba con fuerza donde estaban las marcas. Jin gritaba del dolor, pero lograba soltarse y contraatacar. La lucha continuó, minuto tras minuto. Ambos estaban cubiertos de sangre, sudor y tierra. Los golpes eran tan fuertes que el suelo se agrietaba bajo sus pies. En uno de los golpes, ambos salieron disparados, quedando a punta de un lado del campo al otro. Jin miraba a Sonur, jadeando, con el brazo sangrando y el ojo hinchado. Sonur la miró. Sonrió de forma malévola. Soltó una leve carcajada, una risa baja y escalofriante. Y entonces, algo empezó a suceder. Su cuerpo empezó a temblar. Su rostro se distorsionó. Jin no entendía lo que pasaba. Sonur corrió hacia la multitud. Se mezcló entre los cuerpos que luchaban, y un grito de dolor se escuchó, pero se esfumó entre el ruido de las espadas. Jin buscó con la mirada, desesperada. No lo veía. —¿Dónde está? —murmuró, girando en todas direcciones—. ¿Dónde se fue? Milo se acercó a ella, con la espada ensangrentada. —Jin, ¿estás bien? —Milo, no lo veo —dijo ella, nerviosa—. Desapareció. —Debe estar por aquí —respondió Milo, mirando a su alrededor. —¡Cuidado! —gritó alguien, pero era tarde. Milo giró y le dio un puñetazo a Jin en la cara. El golpe fue tan fuerte que Jin cayó al suelo como una piedra. Se incorporó lentamente, sin entender. Miró a Milo, que estaba frente a ella con el puño aún levantado. Pero su mirada... su mirada no era la de Milo. Era fría, vacía, cruel. Jin miró a su costado. A unos metros, vio a Milo luchando contra Lixo. Estaba allí, sudoroso, herido, pero vivo. Entonces lo entendió. Era Sonur. Se había transformado en Milo. Había usado el poder de su collar. Jin se arrastró hacia atrás, tratando de alejarse, pero Sonur — disfrazado de Milo— le agarró el pie y empezó a jalar. Jin intentó sostenerse del suelo, clavando las uñas en la tierra, pero era inútil. Sonur era demasiado fuerte. La levantó del cuello. La asfixiaba. Sus dedos apretaban su garganta como un tornillo de carne. Jin pataleaba, sin aire, viendo estrellas. Milo, que estaba luchando con Lixo, volteó por casualidad. Vio la escena. Vio a ese hombre con su rostro ahorcando a la mujer que amaba. —¡JIN! —gritó Milo, con todas las fuerzas de su alma. Dejó a Lixo tirado y corrió hacia ella. Las piernas le ardían, el pecho le dolía, pero no podía parar. Sonur, mientras tanto, tenía a Jin suspendida en el aire. Acercó su rostro al de ella y susurró: —Uuuh, Jin. Lástima. Serías una buena esposa y madre. Milo llegó corriendo y, sin pensarlo dos veces, enterró su espada en el costado del vientre de Sonur. La hoja entró con un sonido húmedo, repugnante. Sonur abrió los ojos, soltó a Jin, y esta cayó al suelo, tosiendo, tratando de recuperar el aire. Milo dio un paso atrás. Sonur, herido, con la espada clavada en el costado, lo golpeó con un puñetazo que lo mandó rodando. El dolor no lo detenía. Se sacó la espada del costado como si nada, con un movimiento brusco. La sangre brotaba de la herida, pero él solo sonrió, escupió un poco de sangre al suelo, se la limpió con el dorso de la mano y miró fijamente a Jin. —Me las vas a pagar —dijo Jin, levantándose con las pocas fuerzas que le quedaban. Sus marcas brillaron con una intensidad que cegó a los que estaban cerca. Saltó sobre Sonur, pero para ella era raro pegarle a ese rostro. Era el rostro de Milo. El hombre que amaba. Pero sabía que no era él. Tenía que recordarlo a cada golpe. Sonur, viendo que no era suficiente seguir siendo Milo, la empujó. Jin cayó de espaldas, y al levantarse rápidamente, Sonur había desaparecido de su vista. Clant, que estaba a lo lejos con Mitzu, vio algo que le heló la sangre. Él mismo, su propio cuerpo, caminaba hacia Jin. Se quedó paralizado, confundido. —¿Eh? —dijo, parpadeando. Hasta que entendió lo que pasaba. Abrió la boca y gritó: —¡JIN, CUIDADO! Jin volteó y vio a Clant acercándose a ella. Sabía que no era Clant. El niño estaba a lo lejos, con Mitzu. Este era Sonur. Pero no podía golpear a un niño. Su cuerpo se negaba a hacerlo. Sonur, aprovechando esta ventaja, la atacaba con más intensidad. Jin solo lo empujaba, lo esquivaba, lo bloqueaba. No podía atacar. —¡Esto es caer bajo, Sonur! —le gritó Jin, con lágrimas en los ojos— . ¡Usar a un niño! —Solo quiero tu brazo, cariño —respondió Sonur, con la voz de Clant, lo que hacía todo más enfermizo. —Si todo es por esto —dijo Jin, con la voz rota—. Te lo daré. Pero no a él. A ti. Transfórmate en ti mismo. Sonur se detuvo. Inclinó la cabeza, como si estuviera pensando. —No puedes golpear a un niño, ¿cierto? —dijo, riendo. —En dado caso, no obtendrás nada —respondió Jin, firme. Sonur soltó una risa malvada, una carcajada que sonó a glotón. Su cuerpo empezó a temblar, a distorsionarse. Las facciones de Clant se derritieron como cera, y lentamente, fue recuperando su propia forma. Mientras se transformaba, Jin retrocedía, preparándose. Completada la transformación, Sonur extendió las manos. —Haz tu parte —dijo. Jin estiró su brazo izquierdo. Con la mano derecha, sacó una espada de la nada. Se la entregó a Sonur, con la hoja hacia él, como un ofrecimiento. Sonur tomó la espada. La alzó. Sus ojos brillaban de avidez. Hizo el movimiento para tomar impulso y cortar el brazo. Pero Jin, en ese instante, miró hacia atrás. Hizo una leve seña a Milo. Milo, que se había acercado sigilosamente por detrás, clavó su espada en la espalda de Sonur. La hoja salió por el pecho. Sonur abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Jin rodó por el suelo, alejándose. Sonur se quedó de pie un momento. Luego, como si fuera inmune al dolor, se llevó la mano a la espalda y arrancó la espada de un tirón. La sangre brotó en un chorro oscuro. Escupió más sangre al suelo, se la limpió con la manga, y miró fijamente a Jin con una sonrisa de desquiciado. —Buen intento —dijo. En ese momento, Clant llegó por detrás y le clavó su espada pequeña en la pierna. —¡SÍ! —gritó Clant, con el puño en alto. Pero su alegría duró poco. Sonur volteó, lo miró con odio, y le dio un golpe tan fuerte que el niño salió volando varios metros, cayendo pesadamente al suelo y rodando entre la tierra. —¡CLANT! —gritaron Jin y Milo al mismo tiempo, angustiados. El señor Hogorpus, que estaba luchando cerca, dejó caer su garrote y corrió hacia su hijo. Lo tomó en sus brazos, lo abrazó, llorando desconsolado. —¡Hijo mío, hijo mío! —gritaba, mientras Clant gemía, con la cabeza sangrando. Milo, se lanzó sobre Sonur. Lo golpeó una y otra vez, pero Sonur era más fuerte. Lo agarró del cuello con una mano, con la otra tomó una espada del suelo, y mirando fijamente a Jin, le enterró la espada a Milo en el vientre. El sonido fue horrible. Un sonido mojado, profundo, que se quedó grabado en los oídos de todos los que estaban cerca. Jin quedó en shock. Vio a Milo de pie por un segundo, con la espada clavada en su estómago, mirándola con los ojos llenos de dolor. Luego, Sonur lo lanzó al suelo como si fuera un animal descuartizado. Milo cayó boca arriba. La sangre empezó a brotar de su herida, tiñendo su camisa de rojo. Jin no podía moverse. Miraba a Milo, miraba a Clant herido en brazos de su padre, miraba a sus compañeras de la escuela luchando y siendo atacadas, miraba a los amigos del pueblo tirados en el suelo mientras hombres que antes creían amigos les enterraban espadas hasta matarlos. Jin vio la realidad. Estaban perdiendo. No podían ganar. El miedo se apoderó de ella. Su cuerpo entero, so congeló. Quería huir. No se sentía valiente. Todo esto era su culpa. Si no hubiera ido al bosque ese día. Si no hubiera tocado esa esfera. Si no hubiera tenido esas marcas. Sonur se acercaba a ella despacio, entre los cuerpos caídos, entre las espadas que chocaban, entre los gritos de dolor. Caminaba como un depredador que juega con su presa. Una lágrima bajó por la mejilla de Jin. Sus ojos se tornaron cristalinos, empañados por el miedo. Sonur estaba a unos pasos. Era su turno. Pero entonces, Jin miró a su alrededor una vez más. Vio a los vecinos que seguían peleando, que no se rendían. Vio a Jackson cubriendo a un anciano herido. Vio a Lumus defendiendo la entrada del bosque. Vio a Clant, apenas consciente, moviendo la mano para llamarla. Y algo cambió dentro de ella. No podía dejar que Sonur ganara. No después de tanto sacrificio. Jin frunció el ceño. El miedo se transformó en ira. Dio un paso atrás, luego otro, y luego, un paso adelante. Miró a Sonur con tanto odio que él se detuvo, confundido. El brazo de Jin empezó a brillar. Pero no solo brilló. Las marcas, ese lenguaje antiguo que llevaba en la piel, empezaron a extenderse. Subieron por su brazo, llegaron a sus hombros, treparon por su cuello y llegaron a la mitad de su cara. La manga de su camisa se quemó, cayó en cenizas. Su ojo derecho se tornó rojo. Brillante. Y las letras en su piel parecían estar hechas de fuego líquido. Sonur se detuvo al ver eso. Por primera vez, su rostro mostró algo que no era arrogancia. Miedo. Jin corrió. Dio un salto tan alto que parecía volar. Brillaba en el aire como una estrella fugaz. Sin tener objeto alguno, sin nada en las manos, simplemente con su fuerza, creó una espada de la nada. No una espada cualquiera. Una espada enorme, majestuosa, con una hoja que reflejaba la luz del sol como un espejo roto. Cayó sobre Sonur. Él levantó sus brazaletes para cubrirse. El impacto fue tan brutal que uno de ellos se rompió en mil pedazos. Sonur, por primera vez, sintió miedo. Una gota de sudor bajó por su frente mientras miraba a Jin con terror. Ella lo miraba con odio puro. Sabía que había transformado a esa dulce mujer en un ser lleno de ira. Jin dio otro golpe. Sonur salió volando, cayó al suelo, se levantó apenas, y Jin ya estaba sobre él. Saltó, cayó, le lanzó otro golpe. Lo lanzó de nuevo. Un golpe tras otro. Sonur apenas podía levantarse. Jin lo tomó, lo miró fijamente. De sus ojos salía un humo, un reflejo de lo que sentía por dentro. No era humana en ese momento. Era algo más. Tomó la muñeca de Sonur y agarró la otra pulsera con fuerza. La apretó tanto que empezó a agrietarse. El metal crujió bajo sus dedos. Entonces, Sonur quebró. —¡ME RINDO! —gritó, entre sollozos—. ¡ME RINDO! El grito fue tan fuerte que sus hombres lo escucharon. Dejaron de pelear, miraron hacia él confundidos, desconcertados. Su líder, su jefe, el hombre al que temían, estaba rogando. —¡ME RINDO! —volvió a gritar Sonur, con lágrimas en los ojos—. Lo siento. Lo siento. El ojo de Jin dejó de brillar. Seguía rojo, pero ya no brillaba. En su rostro se notó que la maldad bajaba, que la ira se apagaba lentamente. —Lárgate —dijo Jin, con voz fría. Sonur no lo pensó dos veces. Se levantó como pudo, cojeando, con la sangre brotando de la herida en su costado y la pierna ensangrentada. Salió corriendo, seguido por sus hombres, que lo miraban con desprecio y miedo a la vez. Jin los vio alejarse. Sintió un alivio enorme, como si le hubieran quitado un peso del pecho. Su ojo volvió a la normalidad, pero las marcas seguían en su rostro, como un recordatorio de lo que había hecho. Entonces recordó. —¡MILO! —gritó, y corrió hacia él. Milo estaba en el suelo, tirado boca arriba, con la espada aún clavada en su vientre. Su respiración era débil, apenas un hilo. Su rostro estaba pálido, casi gris. Jin se arrodilló a su lado, temblando. —Milo, Milo, mi amor —dijo, tocándole el rostro con manos temblorosas—. ¿Cómo la sientes? Milo abrió los ojos con esfuerzo. La miró. Y a pesar del dolor, a pesar de la sangre que se le escapaba entre los dedos de Jin, sonrió. —Un poco de cosquillas —dijo, con voz apenas audible. Jin soltó una risa entre lágrimas. Le sostuvo la cabeza, la apoyó en su regazo. Le dio un beso en la frente, en los labios. —Te amo —le dijo. —Yo también te amo —respondió Milo, y cerró los ojos. Los pueblerinos se acercaron a ella, despacio. Miraban las marcas en su rostro, en sus brazos. Miraban el campo lleno de cuerpos, la tierra empapada en sangre. Jackson y Lumus llegaron corriendo, arrodillándose junto a Milo. —Ayúdenme a levantarlo —dijo Jackson. Entre los dos, cargaron a Milo con cuidado. Jin se levantó, tambaleándose. Miró hacia donde estaba Clant. El señor Hogorpus lo tenía abrazado, sentado sobre el pasto, con la cabeza del niño apoyada en su pecho. Jin caminó hacia ellos con paso lento. Se arrodilló frente a Clant. —Clant —dijo, con voz suave—. ¿Estás bien? Clant abrió los ojos. Tenía un golpe feo en la cabeza, la sangre seca pegada a su cabello. Pero sonrió. —Creo que esto no es lo mío —dijo, tocándose la herida. Jin soltó una leve risa y lo abrazó. Lo apretó contra su pecho, sintiendo su corazón latir. El señor Hogorpus la miró con los ojos llenos de lágrimas. —Su hijo es muy valiente —dijo Jin. —Sí —respondió el señor Hogorpus, acariciando la cabeza de Clant—. Sí que lo es. Jin le dio un beso en la frente a Clant y se levantó lentamente. El mundo entero parecía mirarla. Los vecinos, sus amigos, los que habían venido a pelear. Todos esperaban una explicación. Jin tragó saliva. —Cuando volvamos al pueblo —dijo, con voz firme pero cansada—, les contaré todo. Y si por esto ya no soy bienvenida... lo entenderé. El silencio se extendió por un momento. Luego, uno de los vecinos, el anciano de la barba blanca, dio un paso adelante. —Jin —dijo, con voz tranquila—. Nadie te quiere lejos. Muchos asintieron. Otros sonrieron. Las mujeres de la escuela, las que habían luchado a su lado, se acercaron y la abrazaron. Los hombres le dieron palmadas en la espalda. Los niños que habían llegado con sus padres la miraban con admiración. Milo, herido, sostenido por sus amigos, le sonrió desde donde estaba. Jin sintió cómo las lágrimas volvían a brotar. Pero esta vez no eran de dolor. Eran de gratitud. Corrió hacia sus amigos y los abrazó a todos. Y allí, en medio del campo de batalla, rodeada de hierba pisoteada y sangre y dolor, Jin lloró. Pero también sonrió. Y sintió que, tal vez, todo estaría bien. Mientras tanto, Sonur caminaba cabizbajo, con furia contenida y sintiendo que había fracasado. Se agarraba un brazo y cojeaba ligeramente por la herida que Clant le había hecho en la pierna. La sangre ya había dejado de brotar, pero el dolor seguía ahí, punzante, recordándole su derrota. Los hombres que lo seguían caminaban por detrás, en fila desordenada. Algunos miraban al suelo, otros se miraban entre ellos. Por momentos, un silencio incómodo se apoderaba del grupo. Por otros, se escuchaban murmullos bajos, quejas inentendibles, palabras que no querían que Sonur escuchara. Pero él las escuchaba. Siempre las escuchaba. Lixo, que caminaba justo detrás de él, apretó la mandíbula. Había estado callado demasiado tiempo. Finalmente, se armó de valor. —Entonces —dijo Lixo, con un tono que bordeaba el sarcasmo—, ¿ahora somos unos estúpidos? Sonur frenó de inmediato. Sus pies se clavaron en la tierra como raíces. Por un segundo, nadie respiró. Luego, lentamente, muy lentamente, Sonur volteó hacia los muchachos. Sus hombres se detuvieron, mirándolo desconcertados. Algunos dieron un paso atrás sin querer. Otros bajaron la mirada. Pero Sonur no parecía enfadado. Al contrario, en su rostro se dibujó una sonrisa. Una sonrisa de picardía, de esas que helaban la sangre. —Oh, mi querido Lixo —dijo Sonur, con voz suave, casi amable—. Esto no es el final. Los hombres se miraron entre ellos. Algunos sonrieron desquiciadamente, como si esa fuera la respuesta que necesitaban para seguir creyendo en él. Otros soltaron una carcajada, aunque fue una risa un poco falsa, forzada, como si quisieran convencerse a sí mismos más que a los demás. Y otros simplemente se miraron, intercambiando miradas de desconfianza. Ya no estaban tan seguros de seguir a ese hombre. Pero aún le tenían miedo. Y el miedo, como bien sabía Sonur, era un buen látigo. —Sigamos caminando —gritó Sonur, alzando un brazo. Y los hombres, sin chistar, siguieron su camino. Tres semanas después, el viento soplaba distinto en Zuhnmir. El pueblo realizó la despedida de sus amigos caídos. Fue una ceremonia respetable, en el centro de la plaza, bajo la sombra del gran árbol que había visto crecer a varias generaciones. Todos los vecinos se vistieron de blanco. Las mujeres llevaron flores. Los hombres cargaron velas. Y uno a uno, fueron diciendo palabras lindas a los fallecidos. —Fue un buen hombre —dijo alguien de una víctima. —Siempre ayudaba a los demás —dijo otro. —Nunca lo olvidaremos. Jin habló al final. Con lágrimas en los ojos, recordó a cada uno de los que habían caído. Dijo sus nombres en voz alta, para que el viento los llevara al cielo. Y cuando terminó, todo el pueblo guardó un minuto de silencio. Por tres semanas, el pueblo volvió a su tranquilidad. Las calles de tierra volvieron a escuchar el sonido de los niños jugando, los mercados se llenaron de vida, y la herrería volvió a humear con el fuego de la fragua. Pero se sentía que no todo había vuelto a la normalidad. No exactamente. Ahora todo era aún mejor. La confianza y la amistad entre los pueblerinos se fortaleció como nunca antes. Los vecinos que antes apenas se saludaban ahora se abrazaban. Los que solían quejarse del ruido de los niños ahora sonreían al escucharlos reír. El peligro los había unido. El dolor los había hecho más fuertes. Las marcas de Jin habían vuelto a estar solo en su brazo. El fuego que había subido hasta su rostro aquel día de la batalla se había apagado, dejando solo las letras rojas en su antebrazo, como un brazalete de luz dormida. Pero ya no las ocultaba. Ya no usaba mangas largas ni se avergonzaba de ellas. Ahora, cuando caminaba por el pueblo con su camisa de manga corta, los vecinos veían sus marcas y no sentían miedo. Las veían y recordaban. Recordaban la batalla. Recordaban a los que cayeron. Recordaban a la mujer que los había defendido. Las marcas representaban aquella batalla que tuvo un cambio significativo en cada una de las personas del pueblo. Los niños, al verlas, ya no preguntaban qué eran. Sabían la historia. Clant se la había contado a todos, con lujo de detalles, sentado en el borde de la fuente de la plaza, levantando los brazos como si estuviera en la batalla otra vez. —¡Y jin saltó por los aires! —decía Clant, con los ojos brillando—. ¡Y creó una espada gigante y casi parte a Sonur en dos! Los niños lo escuchaban con la boca abierta. Y después salían corriendo a jugar a que eran guerreros como Jin. La relación de Jin y Milo estaba aún más fuerte. Las noches que Milo pasó en cama, recuperándose de su herida, Jin no se separó de su lado ni un solo momento. Le curaba las vendas, le llevaba la comida, le leía en voz alta cuando no podía dormir. Y Milo, aunque le dolía reírse por la herida, se reía igual solo para verla sonreír. —¿Sabes qué? —le dijo Milo una tarde, mientras Jin le cambiaba las vendas—. Creo que prefiero que me apuñale un hombre malo a que me regañes por no lavar los platos. Jin lo miró con una ceja levantada. —No digas eso. La próxima vez te apuñalo yo. Y rieron. rieron como no lo habían hecho desde antes de la batalla. Y en ese momento, sentados en la cama de su pequeña casa, con el sol entrando por la ventana y el olor a sopa flotando en el aire, supieron que todo estaría bien. No porque el peligro hubiera desaparecido. Sonur seguía ahí, en algún lugar, tramando algo. Pero porque ya no estaban solos. Tenían a su pueblo. Tenían a sus amigos. Se tenían el uno al otro. Y eso, pensó Jin mientras miraba las marcas en su brazo, era más poderoso que cualquier esfera. Afuera, los niños jugaban en la calle. Clant dibujaba un volcán con una casa de alas en la tierra. Jackson y Lumus discutían sobre quién había golpeado a más hombres en la batalla. El señor Hogorpus repartía leche con una sonrisa más grande que nunca. Y la vida, a pesar de todo, seguía. Zuhnmir seguía en pie.