Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 6 “lirios”

En la mañana del 24 de junio, Jin se levantó como de costumbre para ir a la escuela. El sol entraba tibio por la ventana de la cocina, y el olor a pan recién tostado llenaba la casa. Milo se encontraba preparando el desayuno, con su delantal puesto y el cabello recogido en una pequeña cola. Jin se acercó a él por detrás, le dio un beso en la mejilla y se sentó en la mesa. —Hoy no saldré tan temprano —le dijo Milo, sirviendo el chocolate caliente en dos tazas de barro. —¿Por qué? ¿Qué vas a hacer? —preguntó Jin mientras comía un trozo de pan con mermelada. —La herrería abre un poco más tarde hoy —respondió Milo, tomando un sorbo de su chocolate—. Tampoco sé qué se presentó. Jin lo miró un momento, pero no le dio importancia. Milo a veces tenía que ajustar sus horarios por encargos especiales o reparaciones urgentes. No era la primera vez. —No pasa nada, cariño —dijo Jin, levantándose con el último trozo de pan en la mano. Se acercó a Milo, le dio un beso en los labios, y se retiró hacia la puerta. —¡Adiós, amor! ¡Te amo! —gritó Jin mientras abría la puerta y salía a la calle. Milo, que aún estaba sentado en la mesa, levantó la mano para despedirse. —Te amo más, cielo —le respondió con tranquilidad. Pero en cuanto la puerta se cerró detrás de Jin, Milo cambió por completo. Se levantó de la mesa de manera inquieta y nerviosa, dejando la taza de chocolate a medio terminar. Sus manos temblaban un poco mientras se secaba los labios con el dorso de la manga. Se vistió rápido, agarró su chaqueta de cuero, la que solo usaba en ocasiones especiales, y salió corriendo por la puerta trasera. Afuera lo esperaban Jackson y Lumus, apoyados contra una cerca, con cestas de mimbre en las manos y sonrisas cómplices en los rostros. —¿Listo, tonto enamorado? —preguntó Jackson, riendo. —Más listo que nunca —respondió Milo, y los tres echaron a correr hacia el jardín del pueblo. Mientras tanto, Jin caminaba por el pueblo de la manera más normal posible. El sol calentaba su rostro y una brisa suave movía las hojas de los árboles. Saludaba a los vecinos como de costumbre, con su sonrisa amable y su paso ligero. —Buenos días, doña Clara. —Buenos días, don Tomás. —Hola, pequeña Marta. Pero algo raro sucedía. Sin que Jin lo notara, al pasar ella, los vecinos reían en voz baja de forma sospechosa. Se tapaban la boca con las manos, se codazaban unos a otros, intercambiaban miradas cómplices. Algunos incluso silbaban bajito, como si estuvieran esperando un espectáculo. Jin, por supuesto, no veía nada de esto. Seguía caminando, ajena a la conspiración que la rodeaba. Al llegar a la escuela, los niños la recibieron con más alegría de lo normal. —¡Hola, maestra! —gritaban todos al unísono. Y ese día, cada niño le daba una flor a Jin. Flores blancas, rojas, amarillas, de todos los colores y tamaños. Pequeños ramilletes atados con hilos, flores sueltas que apenas cabían en sus brazos. Jin no entendía por qué tanto gesto, pero le pareció un lindo detalle. Su corazón se llenó de calidez. Clant fue el último. Se acercó a ella con pasitos lentos, escondiendo algo detrás de la espalda. Cuando estuvo frente a ella, extendió las manos y le entregó un lirio. Un bello lirio rosa, perfecto, con los pétalos suaves como terciopelo y el tallo verde y firme. —Son sus favoritas —dijo Clant, con una sonrisa pícara. Jin tomó el lirio con suavidad, lo llevó a su nariz y lo olió. Cerró los ojos un momento. —Gracias, Clant —dijo, y por un instante, sus ojos se humedecieron sin saber por qué. Algo especial estaba pasando. Podía sentirlo en el aire. Mientras tanto, Milo se encontraba con Jackson, Lumus y más amigos del pueblo. Traían flores, plantas, manteles, jarras de barro y guirnaldas de papel de colores. Todos corrían lo más apurados posibles hacia el jardín del pueblo, ese lugar escondido entre árboles viejos, cerca del río, donde nadie iba nunca. —¡Más rápido! —gritaba Lumus, cargando una canasta llena de pétalos. —¡Que se nos acaba el tiempo! —respondía Jackson, colgando un letrero de madera en un árbol. Milo, en medio de todo, solo atinaba a sonreír como un idiota. No podía creer que el momento hubiera llegado. Había planeado esto durante semanas, desde antes de la batalla, desde antes de que todo se complicara. Y ahora, a pesar de todo, a pesar de Sonur, a pesar del miedo, a pesar de las marcas, iba a hacerlo. Iba a pedirle que se casara con él. Llegó el receso en la escuela. Los niños, que habían estado nerviosos toda la mañana, se acercaron a Jin en grupo. —Maestra —dijo una niña de trenzas largas—. Le tenemos una sorpresa. Jin levantó una ceja. —¿Sorpresa? ¿Por qué? —Si le decimos, ya no sería sorpresa, maestra —respondió Clant, cruzando los brazos con autoridad. Jin rió. Los niños la rodearon, la tomaron de las manos, la empujaron suavemente hacia la puerta. —Está bien, está bien —dijo Jin, dejándose llevar—. Me rindo. Llévenme a donde tengan que llevarme. Con ayuda de otra maestra, los niños le vendaron los ojos con un pañuelo de seda blanca. Jin sintió cómo la oscuridad la envolvía, le pareció divertido. ¿Qué estarían planeando estos pequeños? La empezaron a guiar. Jin caminaba despacio, con los brazos extendidos hacia adelante, temiendo tropezar. Pero las manos pequeñas de los niños la sostenían, la dirigían, la cuidaban. —Por aquí, maestra. —Cuidado con la piedra. —Ahora subimos una escalera. Jin no entendía nada. Pero reía. Reía con ganas, con esa risa sincera que solo los niños saben provocar. De repente, sintió que estaba caminando mucho. Demasiado. Y escuchaba risas a su alrededor. No solo risas de niños, también risas de adultos, de vecinos, de amigos. —¿Dónde estamos? —preguntó Jin, con curiosidad creciente—. Porque definitivamente ya salimos de la escuela. Los niños solo rieron. Nadie respondió. —Vamos, maestra —dijo la voz de Clant, justo a su lado—. Ya casi llegamos. Jin sintió que sus pies pisaban pasto. Ya no era tierra, era césped suave y húmedo. El aire olía a flores, a muchas flores. Un aroma dulce y fresco que llenaba sus pulmones. —¡Ya! —gritaron los niños al unísono. Y le quitaron la venda. Jin abrió los ojos. Y el mundo se detuvo. Sus ojos estaban abiertos como dos lunas llenas. No podía parpadear. No podía respirar. Estaba frente a un jardín. Pero no era un jardín cualquiera. Era un jardín de ensueño, lleno de flores, lleno de lirios blancos, rosas, violetas. Había una fuente en el centro, con agua cristalina que cantaba al caer. Un arco de madera cubierto de enredaderas y pétalos formaba una entrada. Y bajo ese arco, bajo un manto de flores y luz, estaba Milo. Él llevaba su mejor atuendo: una camisa blanca impecable, pantalones oscuros y su chaqueta de cuero, la misma que había agarrado al salir corriendo. En sus manos sostenía el ramo más lindo jamás visto, un conjunto de lirios blancos atados con una cinta violeta. Jin miró a su alrededor. Vio a todos sus seres queridos: Jackson, Lumus, el señor Hogorpus, los vecinos, los niños, las otras maestras. Todos estaban allí, sonriendo, con los ojos brillantes, algunos incluso llorando. Todos. Mitzu, sentado junto a la fuente, movía la cola feliz. Jin se acercó a Milo. Ella vestía un traje violeta de mangas holgadas en las muñecas. Se llevó las manos a la boca, como quien no cree lo que ve. Las lágrimas ya empezaban a rodar por sus mejillas. Milo se arrodilló frente a ella. El jardín enmudeció. Hasta los pájaros parecían haber dejado de cantar. —Jin —dijo Milo, con voz firme pero temblorosa—. Oh, mi Jin. El ser más extraordinario que existe en este mundo. Tu pureza, tu bondad y tu valentía es lo que te convierte en la persona que más amo. Es lo que me enamoró de ti, y hace que cada día me enamore más. Tú lo eres todo para mí. Significas todo lo que está bien en mi vida. Jin escuchaba, y las lágrimas corrían sobre sus mejillas como dos ríos pequeños. Sus labios temblaban. Su pecho se hinchaba de emoción. —Jin —continuó Milo—, si tu corazón lo permite, ¿le harías el honor a este pobre hombre de convertirse en la persona que quieres tener siempre a tu lado? Hizo una pausa. Tragó saliva. Sus propios ojos se estaban humedeciendo. —Jin —dijo, con la voz casi quebrada—. ¿Te casarías conmigo? El silencio duró solo un segundo. —Sí —dijo Jin. Su voz era apenas un susurro al principio, roto por el llanto—. Sí, claro que sí. Luego, más fuerte, para que todos lo escucharan: —¡SÍ! Todos a su alrededor empezaron a celebrar. Los niños saltaban. Los adultos aplaudían. Jackson silbaba. Lumus lloraba abrazado al señor Hogorpus. Incluso Mitzu ladraba con alegría, dando vueltas sobre sí mismo. Milo se levantó. Con manos temblorosas, tomó la mano izquierda de Jin y le puso el anillo. Jin observó la hermosa esmeralda que tenía, brillando bajo el sol como un pequeño océano verde atrapado en plata. —Es hermosa —susurró Jin. —Como tú —respondió Milo. Milo la sujetó de la cintura, la levantó del suelo y le dio un giro, abrazándola con fuerza. Jin soltó una risa entre lágrimas, aferrándose a su cuello. Luego, cuando Milo la bajó, se miraron a los ojos. Sus frentes se tocaron. Sus respiraciones se mezclaron. Y se besaron. Fue un beso largo, profundo, de esos que guardan todo lo que no se puede decir con palabras. Un beso que olía a lirios y a tierra mojada, a futuro y a promesas. Hacía tiempo que no se veía acto tan romántico en Zuhnmir. Todos estaban conmovidos. Gritaban, lanzaban pétalos al aire, arroz, confeti. Alguien tocaba una flauta. Otra persona cantaba una canción antigua, de esas que se cantan en las bodas. Los niños reían. Las abuelas lloraban. Los hombres se daban palmadas en la espalda. Y Mitzu ladraba sin parar, moviendo la cola tan rápido que parecía un abanico. Jin miró a Milo. Milo miró a Jin. Y en medio de todo ese caos hermoso, en medio de pétalos voladores y risas y flautas, supieron que ese era el primer día del resto de sus vidas. El sol brillaba alto sobre Zuhnmir. Las montañas en forma de oso de Doza miraban desde lejos, testigos mudos de tanta felicidad. Y todo fue perfecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.