Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 7 “la ultima vez”

Una semana después de la propuesta, un domingo, Milo salió al pueblo a comprar comida, fruta, a hacer el mercado. Era un día soleado. Jin permaneció en casa, aprovechando la mañana para limpiar y ordenar. Ese día, Clant salía con su padre a repartir la leche, como todos los domingos. Iban de casa en casa con las botellas de vidrio tintineando en el carrito. Al estar cerca de la casa de Jin y Milo, Clant tomó una botella de leche y empezó a caminar hacia la casa, como hacía siempre. En ese mismo momento, Jin estaba calentando un poco de agua en la cocina. Llevaba puesto un vestido blanco sencillo, y tenía un mantel extendido sobre la mesa. La puerta de la casa estaba abierta. Jin, distraída, levantó la vista y vio a lo lejos una silueta un poco familiar. Trató de ver quién era, pensó que quizás ya era Milo que regresaba temprano, pero no lo reconocía. La figura caminaba con paso firme, demasiado firme. En eso, lo que parecía ser una sola silueta se dividió en dos. Otra figura salió de detrás del primer hombre. Allí Jin lo reconoció. Era Sonur. Y detrás de él, Lixo. El corazón de Jin se detuvo por un segundo. Clant, que ya estaba a punto de llegar al hogar, vio a Sonur y a Lixo dirigiéndose hacia la casa de Jin y Milo. El niño se quedó paralizado un instante, con la botella de leche en la mano. Luego, sigiloso y asustado, se escondió detrás de unos arbustos y se acercó sin que se dieran cuenta por la parte de atrás de la casa. Se agachó junto a la ventana trasera, conteniendo la respiración. Jin, al reconocer a Sonur, sacó una espada de su mano. El metal brilló bajo la luz de la mañana. Su poder la recorría, caliente, lista. Sonur llegó a la puerta. Se detuvo en el umbral, con las manos abiertas y una sonrisa falsa pegada a su rostro. —Jin, mi querida Jin —dijo, con voz melosa—. Tiempo sin vernos, ¿no lo crees? Jin lo miraba con la cabeza un poco inclinada y el ceño fruncido. Su mano apretaba la espada con fuerza. Lixo estaba detrás de Sonur, sonriendo con maldad, con los brazos cruzados sobre el pecho. —¿Y dónde se encuentra mi amigo Milo? —preguntó Sonur, con una sonrisa en la cara y sarcasmo en la voz—. No me digas que te dejó sola. Dijo mientras la miraba y su labio subía cínicamente del lado izquierdo. Jin levantó la cabeza. —Vete de mi hogar, Sonur. Que no se vuelva a repetir —le dijo Jin, con voz firme. —Cariño, no tenemos por qué volver a los viejos tiempos —dijo Sonur, mientras él y Lixo se sentaban en el comedor como si fueran invitados—. Yo solo vine a hablar. —Tú y yo no tenemos nada que hablar —dijo Jin. —Ay, Jin. Yo creo que sí —respondió Sonur, cruzando una pierna sobre la otra—. Solo escucha mi propuesta. —¿Y si no quiero? —dijo Jin. —Sí querrás —dijo Sonur, con una seguridad que helaba la sangre. Hizo una pausa. Señaló la espada que Jin aún sostenía. —Guarda el arma, Jin, por favor —dijo Sonur, como si fuera algo inútil—. No pelearé contigo. Sé que perdería. Y tú lo sabes. Vamos, bájala. No te haré daño. Jin lo miró fijamente. Convencida de que efectivamente no podría ganarle de nuevo —o al menos, de que no valía la pena intentarlo en su propia casa—, guardó la espada. Se quedó reposada en el mesón, con los brazos cruzados, mirando hacia el comedor donde se encontraban los hombres. Mientras tanto, Clant, asomado por la ventana trasera, escuchaba todo. Sus manos temblaban. La botella de leche pesaba como una roca. Sonur empezó a hablar. —Eres una mujer maravillosa, Jin —dijo, con un tono que pretendía ser dulce—. Y yo soy un hombre extraordinario. No sé, piénsalo. Tú y yo, juntos, podríamos hacer de este país un lugar mejor. Tu fuerza y la mía... sembraríamos poder. Y miedo. Y el miedo trae paz. Todos nos obedecerían. Habría quietud. Habría orden. Todos por igual. Se levantó de la mesa y empezó a caminar hacia ella. —Y tú, mi Jin —dijo mientras se acercaba, alzando una mano para acariciarle el rostro—. Tú, junto a mí. Serías la mejor esposa. Le acomodó el cabello con los dedos, como si fuera su dueño. Jin, con asco, quitó su mano de un manotazo. —Preferiría morir antes que casarme contigo —le dijo, escupiendo las palabras. La sonrisa de Sonur se torció. —¿Qué? ¿Y qué piensas hacer? ¿Casarte con Milo? Es un fracasado. Un simple herrero. Mírate. Tú eres más fuerte que él. Mereces a alguien como tú. —Me apena que creas que yo soy como tú —dijo Jin. La expresión de Sonur cambió por completo. Su rostro se endureció. Sus ojos se oscurecieron. —No, Jin —dijo, acercándose a su rostro—. Tú eres peor que yo. Jin dio un paso atrás, pero Sonur la siguió. —Mataste a media docena de tu pueblo por tu simple egoísmo — continuó, con voz baja y venenosa—. Arriesgaste la vida de Milo y de un niño indefenso. Nadie merecía morir ese día más que tú. Y preferiste que fuera un genocidio. Las palabras le dolieron a Jin como cuchillos. Se veía asustada, pero más que asustada, culpable. Dolían esas palabras. Tanto que no pudo decir nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Sonur continuó hablando, sin piedad. —Yo, por otro lado, siempre protejo a los míos. Somos un equipo, Jin. ¿Sabes qué es eso? No, claro que no. —¡LÁRGATE! —le gritó Jin, con miedo y lágrimas en su rostro. Sonur no se movió. Al contrario, se inclinó un poco más hacia ella. —Debí matar a Milo y a ese estúpido niño cuando pude —dijo Sonur, en un susurro. En ese momento, Clant, que escuchaba todo desde la ventana, abrió los ojos del susto. Sus manos temblaron tanto que la botella de leche se le resbaló de los dedos. El vidrio se rompió contra el suelo con un estrépito seco. La leche blanca se derramó sobre la tierra. Todos voltearon hacia la ventana. Todos lo vieron. Sonur le hizo una señal con la cabeza a Lixo. Lixo salió corriendo hacia afuera. —¡NO! —gritó Jin—. ¡DÉJALO EN PAZ! ¡SONUR, BASTA! Sonur no dijo ni una palabra. Solo miró con una expresión fría, como si aquello fuera un mero trámite. Lixo regresó a los pocos segundos con Clant agarrado de su camisa, colgando como un costal. El niño pataleaba, forcejeaba, pero no podía soltarse. —No tenía esto planeado, ¿sabes? —dijo Sonur, abriendo los brazos como si pidiera disculpas—. Pero supongo que el destino juega a mi favor. —Jin, no —dijo Clant, con voz temblorosa—. No le hagas caso. —Cállate, niño —le dijo Lixo, apretándole el brazo. Sonur dio un paso hacia Jin. —Te lo diré una vez más —dijo, señalando su brazo—. Dame tu brazo. Jin, sin pensarlo, hizo aparecer una espada en su mano. —Na ah ah —dijo Sonur, levantando un dedo—. Esta vez no. Lixo soltó a Clant. El niño salió corriendo hacia la puerta. Pero en lugar de perseguirlo, Lixo sacó un arco y una flecha y apuntó directamente al niño. Jin abrió los ojos con horror. Iba a atacar, pero Sonur la detuvo agarrándole el brazo. —Si atacas —dijo Sonur, con voz calmada—, disparará. Si intentas cualquier cosa, el niño muere. Jin miraba a Clant correr torpemente, y veía a Lixo apuntándole con la flecha, siguiendo sus movimientos. —Créeme —dijo Sonur—. Tiene buena puntería. Guarda el arma. Jin dudó. Su cuerpo quería pelear. Pero miró a Clant, tan pequeño, tan asustado. Cedió. Guardó la espada. —Estíralo —dijo Sonur. Jin, sin más que hacer y decidida a salvar al niño, estiró el brazo. Sonur sonrió. Pero era una sonrisa triste, casi arrepentida. —Ay, mi querida —dijo, tomando un cuchillo de su cinturón—. Todo esto se podía evitar si tan solo... —¡CHAZ! ...hubieras dicho que sí. El corte fue limpio. Rápido. El brazo de Jin cayó al suelo con un golpe sordo. Jin, en shock por el dolor, apenas podía decir algo. Su boca se abría y cerraba sin emitir sonido. No podía respirar bien. El mundo se volvió borroso a su alrededor. Cayó de rodillas al piso, sosteniendo el muñón que sangraba como una fuente roja. Lixo dejó de apuntar al niño y miró a su jefe con el brazo de Jin en sus manos. Jin estaba tumbada en el suelo, balbuceando, tragando saliva, con los ojos llenos de lágrimas de dolor y desesperación. Miraba a Sonur, sin entender por qué. Sonur, con los ojos iluminados por la avidez, miraba el brazo de Jin que sostenía con ambas manos como si fuera un tesoro. Esperaba la magia. Esperaba el poder. Esperaba que la esfera brotara de la extremidad y lo inundara con su luz. Pero no pasó nada. Las marcas, que antes brillaban rojas como brasas, empezaron a tornarse de un color oscuro, como si se apagara una llama. El poder se estaba muriendo. —¿QUÉ? —gritó Sonur, con ira—. ¿QUÉ ES ESTO? ¿QUÉ PASA? ¡¿QUÉ?! Jin, mientras intentaba levantarse con su único brazo, miraba la escena con los ojos nublados. Sonur, cegado por la rabia, tomó una daga que traía en su correa. Empezó a maldecir, agitando la daga por doquier como un poseso. Dio un manotazo hacia el comedor, hacia atrás, sin mirar. Y sin darse cuenta, con el movimiento brusco, le cortó el cuello a Jin. Jin apenas y pudo mover su mano izquierda para tocarse la garganta. Sintió el calor de su propia sangre entre los dedos. Sus ojos se abrieron con sorpresa. Y se desplomó. Sonur se quedó helado. La daga cayó al suelo con un ruido metálico. Miró sus manos manchadas de rojo. Miró el cuerpo de Jin en el suelo. No quería eso. Él no quería matar a Jin. Se tiró al suelo y se arrastró hacia ella. Intentó detener el sangrado con sus propias manos, presionando el cuello, pero la sangre seguía brotando, caliente, imparable. Fue inútil. —Jin —dijo Sonur, con la voz rota—. No. No, no, no. La miraba morir. Sus ojos, esos ojos grandes y tiernos que alguna vez lo miraron sin miedo, ahora estaban vacíos. Y él, por primera vez en su vida, se preguntó: —¿Qué he hecho? Lixo se acercó por detrás. —Vamos, jefe —dijo, con indiferencia—. Ni que fuera la primera vez. —¡CÁLLATE! —le gritó Sonur, con lágrimas en los ojos—. No hables más. Se quedó unos segundos en silencio, mirando a Jin. Luego, con voz quebrada, habló. —El niño le dirá a Milo que estuvimos aquí. Irá por nosotros. No es competencia, pero estate preparado para otra batalla. —¿Y el brazo? —preguntó Lixo, señalando la extremidad en el suelo. —Déjalo —dijo Sonur. Se levantó lentamente. Una lágrima cayó por su rostro mientras miraba a Jin por última vez. Tomó el brazo del suelo, salió de la casa, lo soltó en el patio delantero, y se fueron. No miraron atrás. Mientras todo esto sucedía, Clant llegó al mercado. Corría como nunca había corrido en su vida. Las piernas le ardían, los pulmones le quemaban, las lágrimas le borraban el camino. —¡MILO! —gritaba, con todas sus fuerzas—. ¡MILO, MILO, MILO! Milo lo escuchó desde el puesto de frutas. Dejó caer una manzana que tenía en la mano. Vio a Clant llegar llorando, desencajado, con la ropa manchada de tierra y lágrimas. —¿Qué pasa? —preguntó Milo, agarrándolo por los hombros. —Sonur y su secuaz —dijo Clant, con las palabras cortadas por el llanto—. Están en tu casa. El mundo de Milo se detuvo. Reaccionó de inmediato. Soltó las bolsas que traía —las frutas rodaron por el suelo, las manzanas y las naranjas mezclándose con la tierra— y salió corriendo hacia su casa. Detrás de él, Clant corría también, y Mitzu, que había acompañado a Milo al mercado, ladraba mientras los seguía. Llegaron en minutos, pero para Milo fue una eternidad. A unos metros de su casa, Milo se detuvo. No podía creer lo que veía. En el patio delantero, sobre la tierra seca, estaba el brazo de Jin. Solo. Cortado. Con las marcas rojas apagadas, grises, muertas. Milo sintió que todo sentimiento se apoderaba de su cuerpo. No podía mover las piernas. No podía respirar. Detrás de él, Clant vio la mano y no podía creerlo. Milo caminó hacia su casa. Temblaba. Cada paso era un esfuerzo sobrehumano. Veía sangre en la entrada, un rastro rojo que se adentraba en el hogar. Su corazón se detuvo. Al cruzar la puerta, se desplomó. Milo cayó de rodillas en el suelo. Sintió que se moría por dentro. Allí yacía Jin. Su cadáver. Su cuerpo en un charco de sangre. Sin un brazo. Con el cuello cortado. Sus ojos, sus hermosos ojos grandes y tiernos, aún estaban abiertos. Clant se asomó por la puerta y vio la escena. Con sus dos manos cubrió su boca para no llorar tan fuerte, pero las lágrimas se le escapaban entre los dedos. Mitzu se quedó en la puerta, gimoteando. Milo, desconsolado, empezó a llorar. —Jin —susurró, y luego gritó—. ¡JIN! ¡JIIIIIIIIINNNNN! ¡NOOOOOOOOOOO! ¡POR FAVOR, DIOS, DIME QUE ES MENTIRA! ¡NO, JIN! ¡NO, MI JIN! ¡NOOOO! Se arrastró hacia ella, la tomó en sus brazos, posó su cabeza sobre sus piernas. La sangre de Jin manchaba su ropa, sus manos, su rostro. —Jin, por favor, despierta —decía Milo, entre sollozos—. No tú. No tú no. ¡TÚ NO! ¡POR FAVOR, NO! Clant lloraba mientras los veía. No paraba de llorar. Se abrazó a sí mismo, temblando. Mitzu se acercó. Caminó cabizbajo hasta el cuerpo de Jin. Olfateó su mano inerte. Y allí, junto a ella, se tumbó en el suelo y soltó un gemido largo, triste, como un sollozo de animal. Milo, con manos temblorosas, tomó la mano izquierda de Jin. Vio el anillo. La esmeralda aún brillaba bajo la luz que entraba por la puerta. Apretó los ojos, apretó todo el rostro, sin dejar de llorar. Con cuidado, como si fuera a romperse, sacó el anillo del dedo de Jin y lo puso en una cadena que llevaba al cuello. Luego, miró a Clant. Tenía los ojos rojos de llorar, hinchados. —Vete —le dijo Milo, con voz rota. —Pe-pero, Jin... —balbuceó Clant. —VETE —gritó Milo, esta vez con más fuerza, aunque su voz se quebraba—. Vete, por favor. Solo vete. Clant dio un paso atrás. Miró a Jin, miró a Milo, miró a Mitzu. Luego, salió de la casa. Caminó unos pasos. Y entonces, ya sin fuerzas para contenerse, se echó a llorar con todas sus ganas, corriendo hacia su hogar, tropezando, cayéndose, levantándose, llorando siempre. Y allí quedaron, dentro de la casa. Milo, Jin y Mitzu. Los tres posados en el suelo, rodeados de un mar rojo. Un rojo que era el color de la sangre. Pero también, para Milo, era el color del amor de su vida. El sol seguía brillando afuera. Los pájaros seguían cantando. Pero dentro de esa casa, el mundo se había acabado.




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