Pasaron las semanas. Nadie en el pueblo veía o sabía algo sobre Milo. Ya no iba a trabajar. Su rostro estaba siendo casi olvidado por aquellos que alguna vez lo saludaron cada mañana. No hubo un funeral. Milo despidió a Jin solo, en la parte trasera de su hogar, bajo la planta de lirios que él mismo plantó. Pero el susurro de la muerte de Jin se había esparcido por el pueblo como una mala hierba. Vecinos llegaban a su casa con la intención de ver a Milo, de estar para él, de ofrecerle un plato de sopa o simplemente un abrazo. Pero la casa siempre estaba cerrada. Lucía vacía, oscura, como si la vida se hubiera ido de allí junto con Jin. Flores y comida fueron dejadas en su puerta, y allí se quedaban hasta marchitarse o pudrirse. Jackson y Lumus lo llamaban a gritos desde afuera, golpeaban la puerta con los puños, le suplicaban que saliera. Pero nadie contestaba. El silencio desde adentro era más fuerte que cualquier grito. Hasta que un día, simplemente, ya no hubo más visitas. La gente dejó de ir. No porque no les importara, sino porque no sabían cómo ayudar. Pero había algo que siempre seguía ahí. Clant siempre dejaba la leche en la puerta de Milo. Cada domingo, sin falta, caminaba desde su casa hasta la de Milo con una botella en la mano. Así el siguiente domingo siguieran las botellas intactas, sin ser tocadas, acumulándose como un monumento de leche agria en la entrada. Clant sabía que era un desperdicio hacerlo. Pero quería ver si algún día podría volver a ver a Milo de nuevo. Quería demostrarle que él no había dejado de pensar en él. Clant dejaba la leche y esperaba unos minutos en la puerta, luego de tocar dos veces ligeramente. No más, no menos. Dos toques suaves, como para no molestar. Su rostro siempre lucía desconsolado al llegar a ese hogar, con los ojos tristes y la boca apretada. Pero no perdía la fe. Milo siempre estuvo ahí. Desde la oscuridad de su casa, sentado en un rincón oscuro, miraba por la rendija de la ventana. Veía a las personas llegar, dejar sus ofrendas, llamarlo. Esperaba a que se fueran. Lloraba en silencio y agradecía, pero no podía tomar nada de lo que le ofrecían. No sentía merecerlo. —No lo merezco —susurraba en la penumbra—. Ella se fue por mi culpa. Por las noches, hasta el amanecer, mientras todos dormían, Milo se la pasaba entrenando. Salía al patio trasero, al bosque cercano, y se golpeaba las manos contra los árboles hasta sangrar. Corría hasta el cansancio, hasta que las piernas le temblaban y los pulmones le ardían. No sentía el dolor. O sí, pero le gustaba. El dolor físico era más fácil de soportar que el otro. Su cuerpo cambió. Ya no era un hombre delgado, de esos que pasan desapercibidos en una multitud. Ahora estaba corpulento, musculoso, con los brazos marcados por las horas de golpear y levantar. De su rostro caía una barba espesa y descuidada. Su cabello, más largo, le cubría parte de los ojos. Tres meses habían pasado ya desde la muerte de Jin. Tres meses en los que lo único que hizo fue acumular ira. Pero algo había cambiado en Milo. Se había vuelto un hombre frío, calculador. No lloraba más. No sonreía más. Y solo pensaba en una cosa: ver a Sonur sufrir antes de morir. Llegó el día. Milo se sintió listo. Se levantó antes del amanecer, se vistió con ropa oscura y salió de su casa. La puerta crujió al abrirse por primera vez en meses. La luz del sol le pegó en el rostro, y por un momento tuvo que entrecerrar los ojos. Tomó camino directo a la herrería. Al pasar por el pueblo, todos lo miraban como si vieran a un fantasma. Las conversaciones se detenían a su paso. Las manos dejaban de moverse. Muchos lo veían irreconocible. ¿Qué había pasado con él? ¿Era ese hombre grande y barbudo el mismo Milo que vendía herraduras y hacía riendas para los caballos? Por otros lados, el viento llevaba comentarios. —Pobre hombre —decía una mujer, en voz baja, mientras colgaba la ropa—. Le ha afectado la muerte de su esposa. Esposa. Esa palabra resonó en la cabeza de Milo como un eco imparable. Se paralizó por unos segundos. Recordó a Jin. Su sonrisa. Sus ojos. La forma en que movía las manos cuando hablaba. Tocó el anillo de compromiso de Jin, que aún cargaba en su cuello, colgando de una cadena de cuero. Nunca llegó a ser mi esposa, pensó. La ira se apoderó nuevamente de él. Apretó el anillo con fuerza, sintiendo la esmeralda presionar contra su piel. Y siguió caminando hacia la herrería. Al llegar, allí se encontraban Jackson y Lumus. Trabajaban como siempre, con el fuego de la fragua iluminando sus rostros sudorosos. Cuando levantaron la vista y vieron a Milo, lo miraron como si vieran a un muerto viviente. —Milo —dijo Jackson, dejando caer el martillo que tenía en la mano. —Milo... —repitió Lumus, con la boca abierta. Ambos dejaron sus cosas de lado y se acercaron a él. Pero Milo solo entró sin siquiera decir una palabra. Caminó directo hacia el yunque, hacia las herramientas, como si nunca se hubiera ido. —Amigo —dijo Jackson, tartamudeando, nervioso y apenado—. ¿C cómo estás? ¿Necesitas algo? Yo estoy para ti, lo sabes. —Milo, ¿te gustaría si...? —empezó Lumus, pero Milo lo interrumpió. —No necesito nada, muchachos —dijo, mientras miraba las barras de hierro apiladas en la esquina. Levantó la cabeza hacia ellos. Su cabello caía sobre su rostro, cubriéndole parte de los ojos. —Estoy bien —dijo, en un tono frío, plano, que no convenció a nadie. Jackson y Lumus intercambiaron una mirada. Entendieron que definitivamente nada estaba bien con Milo. Pero no sabían qué decir. —¿Qué vas a hacer? —preguntó Jackson, al final. Milo lo miró. No quería hablar. Su mirada pedía que no hicieran más preguntas. Pero ellos no podían dejarlo solo. No a su amigo. Ni en las buenas ni en las malas. —Vamos —dijo Jackson, dando un paso al frente—. Sabes que somos los mejores en esto. Tú solo dinos y te ayudamos. No preguntaremos. —Lo prometemos —dijo Lumus, asintiendo con la cabeza. Jackson lo miró de reojo, pensando que él sí preguntaría en algún momento. Pero igualmente respondió: —Lo prometemos. Milo los miró de arriba abajo con rapidez, como detallando su amistad, como si estuviera viendo a dos hombres que no había visto en años. Luego, dio un leve levantamiento de labio, casi imperceptible, indicando que aceptaba la propuesta. —Haré una espada —dijo Milo. —¿Una espada? —preguntó Lumus, desconcertado, mirando a Jackson. —Y una armadura —continuó Milo—. Y un escudo, si es posible. Jackson y Lumus se miraron, extrañados y dudando. ¿Para qué necesitaba Milo una espada? ¿Una armadura? ¿Acaso iba a la guerra? Milo levantó la mirada nuevamente hacia ellos. Y algo en sus ojos, algo oscuro y frío, hizo que Jackson y Lumus se callaran. Sin más preguntas, asintieron y se pusieron a ayudar a Milo con su trabajo. Pasaron los días. Pasaron las semanas. Iban avanzando en el trabajo a un ritmo acelerado. Milo no hablaba igual con nadie del pueblo. Cuando se cruzaba con alguien en la calle, solo asentía con la cabeza o respondía con monosílabos. No era grosero, pero tampoco era el Milo que todos conocían. Un día, se acercó a un puesto de frutas a comprar unas manzanas. La tendera, una señora mayor de cabello canoso, lo miró con preocupación. —¿Cómo estás, hijo? —le preguntó, mientras le alcanzaba las manzanas. —He estado mejor —respondió Milo en un tono serio, pero sin ser grosero. Pagó, tomó las manzanas y se retiró sin decir más nada. La tendera lo vio alejarse y suspiró, negando con la cabeza. En la herrería, Milo les dio las manzanas a los muchachos. Jackson y Lumus las aceptaron con gratitud, mordiendo la fruta crujiente mientras trabajaban. Evitaban las preguntas sobre el trabajo, sobre para qué estaban haciendo todo eso. Pero siempre trataban de hacer a Milo conversar, de sacarle una palabra, una sonrisa. —Te sienta ese nuevo look —dijo Jackson en un tono sarcástico, señalando la barba de Milo. Milo soltó una ligera risa. Fue una risa corta, seca, pero fue una risa. —Dime, ¿por qué la barba? —preguntó Lumus, mientras los tres reían. Milo se llevó la mano a la barba, como si apenas se hubiera dado cuenta de que la tenía. —Jin era quien me la afeitaba —respondió Milo, con voz baja. Las caras de Jackson y Lumus pasaron de sonreír a bajar lentamente. Se quedaron en silencio, sin saber qué decir. El nombre de Jin todavía pesaba en el aire como una losa. —No se preocupen —dijo Milo, sonriendo, aunque la sonrisa no llegaba a sus ojos—. Así me veo más rudo. Jackson y Lumus soltaron una risa incómoda. —Sí, amigo —dijo Jackson, dándole una palmada en el hombro—. Hasta un poco más atractivo. Y con ese entrenamiento que traes... jum, no te dejaré saludar a mi esposa nunca más. Los tres rieron. Fue una risa corta, pero alivió el ambiente. Por un momento, la herrería volvió a sentirse como antes. Mientras tanto, Clant solía pasar por la herrería. Lo veía de lejos trabajar, con el martillo en la mano y el fuego iluminando su rostro. Pero tenía miedo de acercarse. No sabía si Milo querría verlo, si estaría enojado, si lo rechazaría. Pero ese día se armó de valor. Corrió hacia la entrada y se quedó ahí de pie, justo cuando los muchachos se encontraban riendo del chiste de Jackson. La luz del sol entraba por detrás de Clant, dibujando su silueta pequeña en el suelo de tierra. —¿Milo? —dijo Clant, mirándolo atónito. El hombre que tenía delante no era el mismo Milo que él recordaba. Era más grande, más fuerte, más oscuro. Pero sus ojos, cuando lo miraron, seguían siendo los mismos. —Hola, pequeño —dijo Milo—. Disculpa por no... No pudo terminar la frase. Clant corrió hacia sus brazos y se abrazó a él con todas sus fuerzas, con lágrimas en los ojos. Milo sintió el calor de ese abrazo, ese amor inocente y puro que Clant siempre le había dado. Y por primera vez en tres meses, algo se movió dentro de él. Le devolvió el abrazo. —Fueron muchas botellas de leche vencidas —dijo Clant, entre lágrimas y risas, con la voz ahogada. —Una no se venció —dijo Milo, riendo, mientras le desordenaba el cabello—. Clant soltó una carcajada y le dio un puño en el abdomen, en broma. Luego secó sus lágrimas con su antebrazo, como los hombres grandes, aunque le temblaban los labios. —Oye, pequeño —dijo Lumus—. No puedes estar aquí. Es peligroso. —Ya me voy —respondió Clant—. Solo quería saludar. Se retiró hacia la puerta, caminando despacio, como si no quisiera irse. Antes de cruzar el umbral, Milo le gritó: —¡Oye, niño! Clant se detuvo. Milo le lanzó una manzana, la más roja y brillante de todas. Clant la atrapó al vuelo, con torpeza, y le dedicó una sonrisa enorme. Milo le devolvió la sonrisa. Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero fue la primera sonrisa genuina que había tenido en meses. Jackson y Lumus vieron la actitud de Milo con Clant. Notaron que el niño significaba mucho para él. Supieron que debían proteger a ese pequeño ante todo. Esa noche, Milo no durmió. Se sentó en el patio trasero, bajo los lirios que había plantado sobre la tumba de Jin. La luna llena iluminaba las flores blancas, dándoles un brillo plateado. Milo tocó el anillo que colgaba de su cuello. —Pronto —susurró, mirando al cielo—. Pronto te haré justicia. El viento sopló entre las ramas del árbol, moviendo los pétalos de los lirios. Y Milo juró que, por un instante, sintió la mano de Jin acariciando su mejilla. O tal vez solo fue el viento. Pero para él, fue suficiente.