Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 9 "El desertor"

Meses después de la muerte de Jin, Sonur no había descansado ni un solo día. Se había instalado en las profundidades de las montañas del este, en una cueva que antes servía como refugio para contrabandistas. Allí, rodeado de estalactitas y sombras perpetuas, había montado su nuevo cuartel. No era como el campamento de Serpia. Esto era más pequeño, más oscuro, más desesperado. De los treinta hombres que alguna vez lo siguieron, solo le quedaban doce. Algunos habían muerto en la batalla contra los pueblerinos de Zuhnmir. Otros simplemente habían desaparecido una noche, aprovechando la oscuridad para huir de su líder. Y otros más... otros habían sido ejecutados por Sonur en arranques de furia. Los primeros meses después de la derrota habían sido sangrientos. Sonur no toleraba las miradas de duda, los susurros a sus espaldas, las preguntas sobre si realmente valía la pena seguir a un hombre que había llorado sobre el cadáver de una mujer. —¿Dudan de mí? —preguntaba Sonur, con una calma aterradora. Y al que dudaba, lo mataba. Los que quedaban eran los más fieles, los más temerosos, o los más estúpidos. Lixo, por supuesto, seguía a su lado. Lixo era como una sombra: siempre ahí, siempre callado, siempre dispuesto a hacer lo que Sonur ordenara sin cuestionar. Lixo había visto cosas que otros no habían visto. Había visto a Sonur llorar. Y aun así, seguía allí. Pero incluso entre los fieles, algo estaba cambiando. Las expediciones de Sonur se habían vuelto más desesperadas, más peligrosas. Ya no buscaba solo el poder de la esfera. Ahora buscaba algo más oscuro. Había oído hablar de un objeto antiguo, enterrado en las ruinas de un templo al norte de las montañas de Doza: la Corona de Sangre, un artefacto que, según las leyendas, podía devolver la vida a los muertos. No la vida verdadera, claro. Una sombra de vida. Un cadáver que caminaba, que hablaba, que obedecía. Pero para Sonur, eso era suficiente. Si no podía tener a Jin viva, la tendría muerta. A su lado. Para siempre. —No descansaré hasta tenerla —decía Sonur a sus hombres, frente al fuego de la cueva—. No importa lo que cueste. Los hombres asentían, pero sus miradas ya no eran las mismas. Había algo en los ojos de Sonur que los inquietaba. Algo roto. Algo que ya no era humano. La última expedición había sido un desastre. Sonur había llevado a cinco hombres a las ruinas del templo. Solo regresaron dos. El templo estaba custodiado por criaturas que nadie había descrito en los pergaminos: sombras con dientes, bestias de piedra que cobraban vida al anochecer. Los hombres murieron gritando, uno por uno, mientras Sonur los usaba como escudos humanos para avanzar. No encontró la Corona de Sangre. Solo encontró más preguntas, más acertijos, más muerte. Uno de los sobrevivientes era un hombre joven, de unos veinticinco años, llamado Darío. Darío había entrado al servicio de Sonur por necesidad, no por lealtad. Era un campesino de un pueblo lejano que había sido destruido por la guerra. Sonur le había ofrecido comida, refugio, un propósito. Darío aceptó porque no tenía nada más. Pero esa noche, en el templo, Darío vio algo que le cambió para siempre. Vio a Sonur sonreír mientras sus hombres morían. Vio cómo Sonur no levantaba un dedo para salvarlos. Cómo los usaba como carnada. Cómo, cuando uno de ellos le suplicaba ayuda con la mano extendida, Sonur lo miraba con indiferencia y seguía caminando. Darío sobrevivió de milagro, escondido detrás de una columna derrumbada, escuchando los gritos de sus compañeros hasta que se apagaron uno por uno. Al regresar a la cueva, Darío no podía dormir. Veía los rostros de los muertos cada vez que cerraba los ojos. Escuchaba sus gritos en el silencio de la noche. Y Sonur... Sonur actuaba como si nada hubiera pasado. Como si aquellos hombres no hubieran existido. —Son solo soldados —dijo Sonur esa noche, mientras comía un trozo de carne asada—. Se pueden reemplazar. Darío sintió algo que nunca había sentido antes. No era miedo. No era tristeza. Era asco. Una semana después, Darío desertó. No lo hizo de manera estúpida. Esperó a que Sonur saliera de cacería con Lixo y los otros hombres. Esperó a que la cueva quedara vacía. Esperó a que la noche cubriera las montañas. Luego tomó un saco con provisiones, una daga, y se deslizó entre las sombras como una serpiente. Caminó toda la noche. Todo el día siguiente. No miró atrás. No descansó hasta que sus piernas le temblaron y sus pulmones le ardieron. Sabía que si Sonur lo encontraba, lo mataría. No de forma rápida. Lo haría despacio. Lo haría para que los otros vieran. Para que nadie más se atreviera a huir. Darío caminó hacia el sur. Hacia Zuhnmir. No sabía por qué. Tal vez porque era el único pueblo que conocía en esa dirección. Tal vez porque había oído hablar de Milo, del hombre que había enfrentado a Sonur y lo había hecho huir. Tal vez solo quería llegar a algún lugar donde pudiera dormir sin ver los rostros de los muertos. Tres días después, Darío llegó al borde del bosque que rodeaba Zuhnmir. Estaba demacrado, deshidratado, con los labios partidos y la ropa hecha jirones. Cayó de rodillas junto al arroyo que marcaba el límite del territorio del pueblo. Y allí lo encontraron. Fue un granjero llamado Tomás quien lo vio primero, mientras llevaba sus vacas a beber agua. Al principio pensó que era un animal herido, un ciervo tal vez. Pero cuando se acercó, vio que era un hombre. Un hombre joven, sucio, tembloroso, con los ojos vidriosos y la respiración agitada. —¡Ayuda! —gritó Tomás—. ¡Hay un hombre herido aquí! Varios vecinos se acercaron. Lo cargaron entre dos y lo llevaron al pueblo. Lo acostaron en una cama vacía de la casa del anciano que hacía veces de curandero. Le dieron agua, pan, le curaron las heridas superficiales. Pero Darío no hablaba. Solo miraba al techo con los ojos abiertos, como si viera algo que nadie más podía ver. La noticia llegó a oídos de Jackson. —Dicen que encontraron a un hombre en el bosque —le dijo Lumus, mientras trabajaban en la herrería—. Un forastero. Está medio muerto. Nadie sabe de dónde vino. Jackson dejó el martillo y se limpió el sudor de la frente. —¿Y Milo? ¿Le dijeron? —Todavía no —respondió Lumus, bajando la voz—. No sé si deberíamos. Ya sabes cómo está. Jackson pensó un momento. Luego negó con la cabeza. —Hay que decirle. Si ese hombre tiene información sobre Sonur, Milo necesita saberlo. Fueron a buscarlo. Milo estaba en el patio trasero de su casa, golpeando un saco colgado de un árbol. El saco estaba roto, reventado por la fuerza de sus puños. Milo ni siquiera sudaba. Llevaba horas allí, sin parar, como una máquina. —Milo —dijo Jackson, acercándose con cuidado—. Encontraron a un hombre en el bosque. Un forastero. Parece que viene de las montañas. Milo dejó de golpear. No volteó a mirarlos. —¿Y? —Dicen que está malherido —intervino Lumus—. Que parece que huyó de algo. Tal vez sepa algo de Sonur. El nombre de Sonur flotó en el aire como un cuchillo. Milo se quedó inmóvil unos segundos. Luego, sin decir una palabra, tomó su chaqueta, la que colgaba de la rama del árbol, y caminó hacia el pueblo. Jackson y Lumus lo siguieron en silencio. Llegaron a la casa del curandero. Milo empujó la puerta de madera sin golpear. Adentro, la luz de las velas iluminaba la pequeña habitación donde yacía Darío. El joven estaba despierto ahora, sentado contra la pared, con una manta sobre los hombros. Tenía los ojos hundidos y las manos temblorosas. Cuando vio a Milo, algo en su rostro cambió. Como si reconociera la ira en sus ojos. Como si supiera quién era. —Tú eres Milo —dijo Darío, con voz ronca—. El herrero. El de la mujer. Milo no respondió. Caminó hacia él, lento, pesado, como una tormenta que se acerca. Jackson hizo un gesto para detenerlo, pero Lumus lo agarró del brazo. —Déjalo —susurró Lumus. Milo se sentó en una silla frente a Darío. No lo miraba a los ojos. Miraba sus manos, sus uñas rotas, la ropa sucia. Luego, alzó la vista. —¿De dónde vienes? —preguntó Milo. Su voz era fría, plana, como el filo de una espada sin usar. —De las montañas del este —respondió Darío. Tragó saliva—. Estaba con Sonur. El nombre hizo que Milo apretara la mandíbula. Sus nudillos se blanquearon. —¿Por qué huiste? Darío bajó la mirada. Se llevó las manos a la cara, como si le diera vergüenza hablar. —Porque está loco —susurró—. Perdón, pero está loco. Ya no es el hombre que conocíamos. Nos llevó a un templo, al norte... dijo que buscaría la Corona de Sangre. Una cosa que revive a los muertos. Pero no era un templo, era una trampa. Había cosas allí, cosas que no sé explicar... sombras que se movían solas, estatuas que cobraban vida... mis amigos murieron, Milo. Murieron todos. Y Sonur... Sonur solo miraba. Ni siquiera intentó ayudar. Los usó como escudos y siguió caminando. Las manos de Darío temblaban. Su voz se quebró. —Yo me escondí detrás de una columna. Escuché sus gritos hasta que se callaron. Cuando salí, Sonur ya se había ido. Caminó de regreso a la cueva como si nada. Esa noche, mientras comía, dijo que los hombres se pueden reemplazar. Como si fueran herramientas. Como si no importaran. Darío levantó la vista, y esta vez sus ojos estaban húmedos. —Yo no quiero ser una herramienta. No quiero morir para que él pueda tener a su mujer de vuelta. Por eso huí. El silencio se hizo pesado. Jackson y Lumus se miraban, sin saber qué decir. El curandero, en un rincón, rezaba en voz baja. Milo no se movió. No parpadeó. Solo miraba a Darío, analizándolo, buscando alguna mentira en sus palabras. —¿Dónde está la cueva? —preguntó Milo al fin. Darío dudó. —Si te lo digo... ¿qué harás? —Lo que debí haber hecho hace tiempo —respondió Milo, y su voz sonó como un eco lejano, como el sonido de una campana fúnebre. Darío lo miró largamente. Vio el anillo colgando de su cuello. Vio el odio y el dolor y la determinación. —Está al este de las montañas de Doza —dijo Darío, al fin—. Hay un río que baja de la nieve. Siguiéndolo hacia arriba, llegas a una cueva con la entrada en forma de arco. Ahí está. Ahí está él. Milo se levantó. No dio las gracias. No dijo nada. Salió de la habitación con paso firme, y Jackson y Lumus salieron detrás de él. Cuando llegaron a la calle, el sol ya se escondía detrás de las montañas. Las sombras se alargaban sobre Zuhnmir, y el pueblo entero parecía contener la respiración. —Milo —dijo Jackson, alcanzándolo—. ¿Vas a ir? Milo se detuvo. Miró el horizonte, hacia el este, donde las montañas se dibujaban oscuras contra el cielo anaranjado. —Esta vez —dijo Milo, tocando el anillo en su cuello—, no voy a dejarlo escapar. Jackson y Lumus intercambiaron una mirada. Sabían que no podrían detenerlo. Sabían que no debían intentarlo. —Entonces nosotros vamos contigo —dijo Lumus. Milo los miró. Por un momento, algo brilló en sus ojos. No era gratitud exactamente. Era algo más profundo. Reconocimiento. —Preparen todo —dijo Milo—. Saldremos al amanecer. Y esa noche, mientras el pueblo dormía, Milo se sentó bajo el árbol de lirios, junto a la tumba de Jin. Acarició la tierra con los dedos. Susurró algo que nadie pudo escuchar. Y cuando el sol asomó por el horizonte, ya estaba de pie, con la espada en la mano y la muerte en los ojos.




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