Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 10 “El arco del este”

Antes de partir, Milo entró a su casa. La casa estaba en penumbras. Las cortinas llevaban meses cerradas, y el polvo cubría los muebles como un sudario blanco. Milo caminó despacio, sintiendo cada tabla de madera crujir bajo sus botas. Llegó al dormitorio. Allí, junto a la cama que una vez compartió con Jin, aún estaba el retrato de ella. Lo tomó con sus manos. Lo sostuvo frente a su rostro, como si quisiera memorizar cada detalle que ya conocía de memoria: sus ojos grandes, su sonrisa, la forma en que el sol iluminaba su cabello aquel día que Clant los dibujó. —Espero no estar equivocado —susurró a la foto, como si estuviera hablando con Jin, como si ella pudiera escucharlo desde algún lugar más allá. Miró su hogar. Cada rincón le recordaba a ella. La cocina, donde Jin calentaba chocolate. La ventana, donde ella se sentaba a leer. La puerta, por donde ella salía cada mañana con una sonrisa. Milo sintió que miraba todo aquello como si nunca más fuese a volver. Una lágrima bajó de su ojo, se perdió entre su barba espesa. Su rostro lucía desgastado, marcado por tres meses de dolor y oscuridad. Las ojeras eran profundas, las mejillas hundidas. Pero seguía de pie. Se sentó en el comedor. Tomó un papel y un lápiz. Y simplemente empezó a escribir. No escribió mucho. Unas pocas líneas. Doblegó el papel y lo dejó sobre la mesa, junto a una vela apagada. Luego se levantó, fue a la cocina y llenó los recipientes de Mitzu con agua y comida. El perro lo miraba desde su rincón, con los ojos tristes, como si supiera lo que estaba pasando. Milo se arrodilló frente a él. Le acarició la cabeza. —Cuida la casa —le dijo. Mitzu movió la cola lentamente, una vez, dos veces. Milo se levantó, tomó su chaqueta, y salió. El pueblo lo esperaba. Milo fue directamente a la herrería. Allí estaban Jackson y Lumus esperándolo, apoyados contra la puerta de madera. Ambos tenían una mezcla de nerviosismo y determinación en los ojos. Milo entró sin decir palabra. Tomó sus cosas. Su armadura, que había estado forjando durante semanas, brillaba bajo la luz tenue de la fragata. Era una armadura oscura, sin adornos, funcional. Como él. Miró a los chicos. Sin nada que decir, les tiró el casco a Lumus y la pechera a Jackson. —Tomen —dijo Milo—. Lo necesitarán. Lumus alcanzó el casco al vuelo, con torpeza. Jackson miró la pechera en sus manos y luego levantó la vista hacia Milo. —No te preocupes, amigo —dijo Jackson, y en lugar de quedarse con la pechera, se la lanzó de vuelta a Milo—. Nosotros también vinimos preparados. Milo frunció el ceño, confundido. En ese momento, de debajo de una mesa, Jackson y Lumus sacaron sus propias armas y armaduras. No eran tan finas como las de Milo, pero estaban bien hechas. Escudos con sus emblemas, espadas afiladas, cascos con visera. —No sabíamos qué planeabas —dijo Jackson, sonriendo—. Pero sabíamos que estaríamos contigo. Así que hicimos nuestras propias armaduras. Lumus le lanzó el casco de vuelta a Milo. —Por si acaso —dijo Lumus, encogiéndose de hombros. Milo los miró. Por un momento, algo se movió detrás de sus ojos grises. No era una sonrisa completa, pero era algo cercano. Algo agradecido. —Gracias —dijo Milo, en voz baja. Y los tres hombres salieron de la herrería. El pueblo los miraba. Las calles de tierra estaban llenas. Hombres, mujeres, niños, ancianos. Todos habían salido de sus casas. Todos sabían lo que estaba por suceder. Las noticias corren rápido en un pueblo pequeño. Muchos de ellos ondearon su mano, despidiéndose. Otros miraban en silencio, con los brazos cruzados. Una mujer lanzó un puñado de flores al paso de los tres hombres. Un anciano se santiguó. Jackson y Lumus se sintieron nerviosos. Miraban a todos a su alrededor, y cada vez se arrepentían más. ¿Qué estaban haciendo? ¿Por qué habían aceptado? Ellos tenían familias. Tenían esposas, hijos, huertos que cuidar. Jackson pensó en Laura. Lumus pensó en su madre enferma. Se miraron entre sí, como preguntándose si aún estaban a tiempo de echarse atrás. Sabían cómo era luchar contra Sonur. Ya lo habían hecho una vez, y esa vez casi mueren. Temían. Temían volver a sentir el filo de una espada cerca de su cuello. Temían no volver a casa. Pero temían más a Milo. Porque Milo caminaba con firmeza, sin mirar a nadie, sin mirar atrás. Había un vacío en sus ojos que helaba la sangre. Parecía sin alma, sin vida. Solo un ser lleno de ira, caminando hacia su destino. Jackson se preguntó, por un instante, si acaso Milo ahora no era igual a Sonur. Y esa pregunta lo asustó más que cualquier batalla. En ese momento, se escuchó un grito. —¡MILO! Milo reconoció la voz. Giró la cabeza, inclinada, extrañado. Levantó una ceja. —¡CLANT, NO! ¡VEN AQUÍ! —se escuchó de nuevo, esta vez más desesperado. Clant salió de entre la multitud, corriendo con sus piernas largas y torpes. Detrás de él, el señor Hogorpus lo perseguía, con el rostro encendido por la preocupación. —¡Clant, no! —gritaba su padre—. ¡No esta vez! Clant llegó hasta Milo. Estaba sin aliento, con las mejillas rosadas por la carrera. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y determinación. —Milo —dijo Clant, con la voz entrecortada—. Quiero ir con ustedes. Los muchachos se detuvieron. Jackson abrió la boca. Lumus se quedó paralizado. ¿Qué pensaba este niño de catorce años de la vida? ¿Acaso era muy valiente? ¿O muy estúpido? —Estás demente —dijo Milo, con voz fría. —Sí —respondió Clant, sin dudar—. Sí, lo estoy. Déjame ir. —¡NO MÁS! —gritó el señor Hogorpus, llegando hasta ellos. Agarró a Clant del brazo con fuerza—. Es momento de ir a casa, hijo. Clant forcejeó, pero su padre era más fuerte. El señor Hogorpus lo miró a los ojos, con una mezcla de miedo y amor. —No voy a perderte también —dijo su padre, en voz baja—. No después de Jin. Clant dejó de forcejear. Bajó la cabeza. Sus hombros temblaron un poco. El señor Hogorpus lo tomó de la mano y se lo empezó a llevar. Clant caminó unos pasos, pero antes de perderse entre la multitud, volteó la cabeza. Miró a Milo. Y Milo lo miró a él. —Vuelve —dijo Milo, en voz baja, casi un susurro. Clant asintió, con lágrimas en los ojos. Y siguió a su padre. Milo lo miró alejarse por unos segundos. Vio la espalda del niño, cada vez más pequeña, mezclándose con la gente. Vio cómo el señor Hogorpus lo abrazaba al llegar a la esquina, protegiéndolo. Luego, Milo apretó la mandíbula. Giró la cabeza hacia el camino que se abría frente a él, más allá del pueblo, más allá del bosque, hacia las montañas. —Ahora sí —dijo Milo, en un tono aterrador—. Vamos. Jackson y Lumus se miraron. Tragaron saliva. Y sin decir una palabra, siguieron adelante. El sol brillaba alto sobre Zuhnmir. Las sombras de los tres hombres se alargaban detrás de ellos, como si algo oscuro los siguiera. O como si ellos mismos fueran la oscuridad. El pueblo los vio alejarse. Las flores que habían lanzado quedaron pisoteadas en el camino. El silencio se apoderó de la plaza. Nadie sabía si volverían a verlos con vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.