Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 11 "La grieta"

Los tres hombres iban en su rumbo a las montañas. El sol pegaba fuerte en sus hombros, pero ninguno de ellos sentía calor. Había algo más pesado en el aire. Jackson caminaba cabizbajo, con las manos hundidas en los bolsillos. Llevaba un rato en silencio, demasiado silencio para ser él. —Laura no fue a despedirse de mí —dijo Jackson, con la mirada fija en el suelo—. Ni siquiera quiso verme la cara. Lumus lo miró de reojo, pero no dijo nada. Milo, unos pasos adelante, tampoco reaccionó. —No sé qué estoy haciendo —continuó Jackson, y su voz empezó a temblar—. Ella no quería que viniera. Tengo esposa, Milo. No quiero dejarla sola... como te pasó a ti. Jackson levantó la vista hacia Milo. Sus ojos estaban húmedos. —Mírate. Esto no es lo que quiero para Laura. Esto no es lo que quiero para mí. Continuaba Jackson, temeroso. Frenético. Arrepentido. Milo, al escuchar eso, se detuvo. El silencio se hizo pesado. Lumus solo miraba, incomprendido, sin saber qué decir. Sus manos colgaban a los costados, inútiles. Milo giró ligeramente la cabeza hacia un lado. Su cabello largo y descuidado cubría parte de su rostro, ocultando sus ojos. Cuando habló, su voz fue fría, plana. —Yo no los obligué a venir. Jackson abrió los ojos. Su cuerpo se tensó. —¿Qué? —preguntó, con la voz rota. —Yo no los obligué —repitió Milo, sin siquiera mirarlo. —¿ACASO NO TE ESTÁS ESCUCHANDO? —gritó Jackson, y sus brazos se movieron con desesperación, aleteando como un pájaro herido—. ¿CÓMO PUEDES DECIR ESO? —Jackson, ya —dijo Lumus, levantando una mano—. Detente. —¡NO, NO ME VOY A DETENER! —gritó Jackson, apartando las manos de Lumus. Dio un paso atrás, alejándose de él, con los puños apretados. Milo volteó lentamente hacia él. Su cuerpo entero parecía una estatua de piedra. Solo sus ojos se movían, y estaban llenos de algo que Jackson no podía reconocer. —MÍRALO —gritó Jackson, señalándolo—. ESTÁS TAN CONSUMIDO POR LA IRA QUE TE HAS CONVERTIDO EN LO QUE QUIERES DESTRUIR. —No te importa quién quiere ayudarte. Alejas a todo el que se preocupa por ti. Esto no es lo que querría Jin, ¿no? ¿Sabes qué? Jackson respiró hondo. Sus lágrimas ya no eran de miedo. Eran de rabia. —Jin JAMÁS hubiese hecho esto. Ella era bondadosa. Tú ahora mismo solo sabes odiar. Ignoraste a ese pobre niño por meses. Ignoraste al pueblo. NOS IGNORASTE A NOSOTROS. —Ni siquiera te interesa saber de nuestras vidas —dijo Jackson, y su voz ya no gritaba. Era un susurro roto, cansado—. Dime, Milo... ¿acaso seguimos siendo amigos? Porque yo ya no lo siento así. —Y la verdad — te pareces al asesino de tu novia más de lo que crees. Milo levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Jackson. Y en ellos no había tristeza. No había dolor. Solo un vacío negro, profundo, que heló la sangre de Lumus. Milo le dio un golpe en el rostro a Jackson. El puñetazo fue seco, limpio, sin aviso. Jackson sintió cómo su mandíbula crujía y su cuerpo giraba medio paso. Se tocó la cara, sorprendido, y luego el dolor se transformó en furia. Devolvió el golpe. Los hombres empezaron a pelear entre ellos. Puñetazos al rostro, al estómago, a los brazos. Patadas torpes. Rodaron por el suelo polvoriento, levantando nubes de tierra. —¡BASTA! —gritaba Lumus, intentando separarlos—. ¡BASTA, POR FAVOR! Pero no escuchaban. Estaban ciegos. Jackson golpeaba a Milo con la rabia acumulada de meses de abandono. Milo golpeaba a Jackson con la furia de quien ha perdido todo y no le importa perder más. Lumus, desesperado, metió el brazo entre ellos y, sin querer, le dio un golpe a Milo en la mejilla. Milo se detuvo. Respirando con fuerza. El puño en alto, listo para seguir. Pero Lumus no bajó la guardia. —¡YA DETENTE, MILO! —gritó Lumus, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡DETENTE TÚ! Milo parpadeó. Su puño temblaba en el aire. —Jackson tiene razón —dijo Lumus, y su voz se quebró—. Eres diferente. Esto no es un simple luto, Milo. Ya no eres tú. Lumus señaló el camino atrás, hacia Zuhnmir. —Dime —dijo, mirándolo fijamente—. Si morimos allí... ¿también te dará igual? ¿Como le dio igual a Sonur la muerte de sus compañeros? Porque solo has demostrado que no te importamos. Si estamos aquí es porque te queremos. Pero tú... ¿tú nos quieres a nosotros? Milo los miraba. Su pecho subía y bajaba con la respiración agitada. Tenía los nudillos ensangrentados. La barba llena de polvo. Los ojos... los ojos seguían vacíos. No dijo nada. Jackson y Lumus también tenían la respiración cortada. Esperaban una respuesta. Una palabra. Una señal. Milo abrió la boca. —Yo no los obligué a venir —volvió a decir. Nada más. Jackson soltó una risa amarga. Una risa que no tenía nada de graciosa. Caminó hacia atrás, alejándose, con las manos levantadas como si se rindiera. —Solo eso necesitábamos oír —dijo Jackson, con la voz rota. Lumus miró a Milo. Sus ojos no expresaban enojo. Expresaban algo peor. Decepción. —Nos vemos, Milo —dijo Lumus, en voz baja. Y sin decir nada más, los dos hombres dieron la vuelta y empezaron a caminar de regreso hacia Zuhnmir. Milo los vio alejarse. Sus siluetas se hacían más pequeñas con cada paso. Jackson caminaba encorvado, con los hombros caídos. Lumus caminaba recto, pero sin mirar atrás. Milo sintió algo en el pecho. No sabía qué era. No quería saberlo. Apretó la mandíbula, dio la vuelta y siguió su camino hacia las montañas. No los necesitaba. Al final, siempre planeó esto solo. No se encontraban lejos de Zuhnmir. Clant, que estaba mirando por la ventana de su casa, vio a Lumus y a Jackson regresar por el camino principal. Se le hizo raro no ver a Milo con ellos. Se le hizo más raro aún que volvieran tan pronto, cuando habían partido apenas unas horas atrás. —Papá —dijo Clant, sin quitar los ojos de la ventana—. Jackson y Lumus volvieron solos. El señor Hogorpus se acercó, miró, y suspiró. —Déjalos, hijo. Cada uno carga su propia mochila. Jackson y Lumus se separaron en la plaza, sin decirse una palabra. Cada uno fue a su casa. Lumus entró a su hogar con pasos lentos. Allí, en una cama de hierro oxidado, estaba su madre. La mujer tenía el cabello blanco y las manos huesudas, pero sus ojos aún brillaban. —Mamá —dijo Lumus, sentándose a su lado—. No me fui al final. La madre lo miró. No preguntó por qué. Solo sonrió. Lumus tomó su mano. Era una mano fría, delgada, con las venas marcadas como ríos en un mapa. Se la llevó a la mejilla y cerró los ojos. —Te voy a contar un chiste —dijo Lumus. Y empezó a contarlo. Era un chiste tonto, de esos que hacen reír a los niños. Pero su madre rió, una risa débil, apenas un suspiro, y Lumus sintió que algo en su pecho se aflojaba. —Te amo, mamá —dijo Lumus, con la voz temblorosa. —Eres un gran muchacho —respondió su madre, mientras lo tomaba de la mejilla. Lumus sonrió. Y por un momento, la casa pequeña y agrietada se llenó de luz. Jackson, por su lado, llegó a su casa con el corazón en un puño. La puerta estaba entreabierta. Entró despacio, haciendo ruido con las botas para no asustar. Laura estaba sentada en una silla de mimbre, junto a la ventana. Tenía las manos sobre el regazo y la cabeza agachada. Cuando escuchó los pasos, levantó la vista. Estaba llorando. —Laura... —susurró Jackson. Ella se levantó de un salto. Corrió hacia él, y antes de que pudiera decir nada, lo abrazó con todas sus fuerzas. Enterró el rostro en su pecho y lloró, lloró como si hubiera estado ahogándose y alguien le hubiera devuelto el aire. —Yo no quería que te fueras —dijo Laura, con la voz ahogada—. No quería que te fueras, no quería... —Ya estoy aquí —respondió Jackson, y la abrazó con la misma fuerza, apretándola contra él como si fuera lo más frágil y valioso del mundo. Se quedaron así un largo rato, en el medio de la sala, abrazados, mientras la tarde caía y las sombras se alargaban. —Tú eres mi prioridad —susurró Jackson al oído de Laura. Fue un abrazo largo y profundo. Curando algo por dentro. Empezó a llover. Milo, que estaba solo, no contaba con que lloviera. El cielo se había vuelto gris de repente. Las gotas caían gruesas y frías, empapándole la ropa en segundos. Siguió caminando. El agua le escurría por la barba, por el cabello, por el cuello. Los zapatos se le llenaron de barro. Empezó a sentir frío, un frío que no venía del viento, sino de adentro. Por un momento, se volvió a sentir solo. Maldita palabra. Soledad. La había conocido bien en estos últimos meses. Creía que ya estaba acostumbrado. Pero allí, bajo la lluvia, sin nadie a su lado, la soledad le pesaba más que nunca. Pensó en cómo estaría todo si sus amigos estuvieran allí. Jackson haciendo un chiste tonto. Lumus quejándose del frío. Milo sacudió la cabeza mojada, como tratando de borrar ese pensamiento. No sirvió de nada. Los pensamientos seguían allí, enquistados como espinas. Miró a sus alrededores. A la izquierda, una pequeña roca sobresalía de la ladera, formando un techo natural. No era mucho, pero era algo. Corrió hacia allí y se sentó en el suelo mojado, pegando la espalda a la piedra. La lluvia seguía cayendo. Una cortina gris que le impedía ver más allá de unos pocos metros. Milo esperaba que la lluvia cesara para continuar su camino. Pero mientras esperaba, no podía dejar de pensar. No estoy equivocado, se decía. Yo no les pedí que me acompañaran. No fue mi culpa si prefirieron venir conmigo a estar con sus familias. Pero entonces recordó las caras de Jackson y Lumus. Recordó sus palabras. —Si estamos aquí es porque te queremos. La frase le golpeó el pecho como un puñetazo. —Supongo que si fue así es porque de verdad me aprecian —susurró Milo, hablando solo, con la voz ronca—. No debí responder tan desinteresado ante sus preocupaciones. Miró la lluvia. Miró el cielo gris. Las gotas caían sobre su rostro, mezclándose con algo que no era lluvia. —Perdóname, Jin —dijo Milo, y su voz se quebró—. Es que no sé qué pasó conmigo. Te necesito aquí. Empezó a llorar. No fue un llanto silencioso ni contenido. Fue un llanto que dolía. Su voz se cortaba, su corazón se aceleraba, sus hombros temblaban. Se tapó la cara con las manos manchadas de barro y sangre, y lloró como no había llorado en meses. Porque estaba solo. Porque había ahuyentado a los únicos que le quedaban. Porque estaba bajo la lluvia, sin nadie que pensara en él. Solo él. Solo Milo. La lluvia seguía cayendo. El mundo seguía girando. Pero allí, bajo esa roca, Milo dejó que el dolor lo consumiera por completo. Y cuando no le quedaron más lágrimas, se quedó en silencio, escuchando el agua golpear la tierra, y sintió que, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él empezaba a doblarse.




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