Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 12 “El regreso”

Milo permaneció allí, bajo aquella roca, esperando a que cesara la lluvia para seguir su rumbo. El agua caía en un manto gris que borraba el horizonte. Tiritaba. Se abrazaba a sí mismo con los brazos cruzados, pero no servía de nada. La ropa mojada pegaba a su piel como una segunda piel de hielo. Mientras, las cosas en el pueblo eran diferentes. En casa de Jackson, la calidez del hogar contrastaba con la tormenta afuera. Laura estaba en la cocina, picando una cebolla con movimientos lentos y precisos. Las lágrimas en sus ojos no eran solo por la verdura. Jackson apareció por su espalda. La abrazó suavemente, rodeándole la cintura con los brazos, y le dio un beso en la mejilla. Laura asintió al gesto y sonrió, pero algo la inquietaba. Un pensamiento invadía su mente, pesado como una piedra. —Se que te dije que no quería que fueras —dijo Laura, dejando el cuchillo sobre la tabla—. Pero, amor, ahora no puedo dejar de pensar en Milo. Está solo allí afuera, con esta tormenta. Y me atormenta más pensar que fue mi culpa que lo hayan abandonado. Volteó hacia Jackson. Sus ojos estaban húmedos. Jackson la tomó de las manos. Las sostuvo entre las suyas, calientes, seguras. —Nada de esto es tu culpa —dijo Jackson, con voz firme—. Milo causó todo. Ya no es el mismo. —Sí, amor —respondió Laura, apretándole los dedos—. Pero tú sabes por todo lo que ha estado pasando Milo. Dime, ¿tú no serías igual si me perdieras? Jackson se quedó en silencio. Tragó saliva. —No puedo ni siquiera pensar en perderte —dijo, mirándola a los ojos. —Entonces ve y ayúdalo —dijo Laura, con una determinación tranquila—. Milo es un desastre sin ti, sin ustedes. Y lo ha demostrado estos últimos meses que no los tuvo. Los necesita. —¿Estás segura? —preguntó Jackson, con un hilo de voz. —Yo estaré esperando por ti —respondió Laura, mientras lo abrazaba lentamente por la cintura, apoyando la mejilla en su pecho. Jackson la abrazó también. Apoyó la barbilla en su cabeza y cerró los ojos. Por un momento, solo escuchó la lluvia golpeando el techo y el latido del corazón de Laura. —Ahora ve por Lumus —dijo Laura, separándose un poco—. Yo estaré al tanto de su madre. Jackson le dio un beso en la frente. Largo. Tierno. Luego, sin decir más, tomó una bolsa y guardó un poco de comida y ropa seca. Esperó a que la lluvia se calmara un poco, y salió hacia la casa de Lumus. La lluvia golpeaba su capucha mientras caminaba. El barro le chapoteaba en las botas. Pero su paso era firme. La lluvia ya estaba bajando. El aguacero se había convertido en una llovizna fina, de esas que mojan sin empapar. Milo seguía bajo aquella roca. Solo. Con frío. Temblando. Apretó los puños. Se obligó a respirar hondo. —No puedo quedarme aquí —susurró. Tomó fuerzas y salió de debajo de la roca. El agua fina le acarició el rostro. Caminaba a paso lento, con las manos cruzadas sobre el pecho, tratando de calentarse. Era casi imposible con la ropa húmeda pegada al cuerpo. Cada paso era un esfuerzo. Cada bocanada de aire le helaba los dientes. En eso, a lo lejos vio dos siluetas. Por un momento, pensó que podrían ser hombres de Sonur. Su cuerpo se tensó. La mano derecha se cerró instintivamente. Pero luego, entre la llovizna, las reconoció. Las siluetas se acercaron. Una de ellas levantó un brazo y sacudió la mano en un saludo torpe y familiar. Era Lumus. Jackson caminaba a su lado, con la capucha gacha y la bolsa colgando del hombro. Milo sintió algo en el pecho. Algo que no sentía desde hacía meses. No supo cómo llamarlo. Era caliente y frío a la vez. Era un nudo que se desataba. No pudo evitarlo. Sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero sincera. Se sintió feliz de tenerlos de vuelta. Jackson y Lumus llegaron hasta él. Jackson lo miró de arriba abajo, con ese gesto suyo de medio sarcasmo medio preocupación. —No te vayas a resfriar, amigo —dijo Jackson, en tono burlón, mientras le lanzaba la bolsa de ropa seca. Milo la atrapó al vuelo. La apretó contra su pecho. —Lo siento mucho —dijo Milo, y su voz temblaba, pero no de frío— . No fue mi intención ser tan insensible hace un rato. Y en general, todo este tiempo... he sido un imbécil. Lumus levantó una mano y empezó a contar con los dedos. —Un imbécil, un idiota, un bastardo... —dijo Lumus. —Un torpe también —continuó Jackson, cruzando los brazos—. Y mal amigo. Y pésimo estilista. Las tres se miraron. Por un momento, nadie habló. Luego, Milo soltó una risa baja. Jackson se rió también. Lumus se sumó con una carcajada que resonó entre las rocas mojadas. Jackson extendió la mano. Milo la tomó. Se la estrecharon con fuerza, con los brazos firmes y las miradas fijas. Asintieron con la cabeza. No hicieron falta más palabras. El perdón estaba ahí, callado, caliente, como un fuego pequeño que volvía a encenderse. —¿Hambriento? —preguntó Lumus, rompiendo el momento. —Uhg —dijo Milo, llevándose una mano al estómago—. Muero por algo de comida. Lumus metió la mano en su mochila y sacó una bolsa con pan y manzanas. Las manzanas estaban un poco golpeadas, pero se veían jugosas. Milo tomó una. La mordió sin pensarlo. El jugo dulce le llenó la boca, y por un momento, solo por un momento, el mundo no fue tan oscuro. Los tres hombres se sentaron sobre las rocas, bajo la llovizna fina, compartiendo el pan y las manzanas. No hablaron de Sonur. No hablaron de la batalla. Solo comieron, y eso fue suficiente. La tormenta había pasado. El cielo empezaba a aclararse.




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