Milo, Jackson y Lumus terminaron de comer bajo el tenue sol que empezaba a asomar entre las nubes rotas. La lluvia había cesado por completo, y el aire olía a tierra mojada y a hojas frescas. Milo se limpió la boca con el dorso de la mano y sacó el mapa que llevaba en su bolsillo. Lo extendió sobre una roca plana. —Esto es todo lo que sé —dijo Milo, señalando un punto marcado con carbón—. Sonur está en las montañas del este. Pero no sé exactamente dónde. El hombre que me dio la información no supo decirme más. Jackson frunció el ceño, inclinándose sobre el mapa. —Así no vamos a llegar nunca —dijo—. Es como buscar una aguja en un pajar. —Pero con montañas —añadió Lumus, con un tono que intentaba aliviar la tensión, pero nadie rió. En ese momento, un crujido de ramas detrás de ellos hizo que los tres se giraran de inmediato. Milo ya tenía la espada en la mano. —¡Tranquilo, tranquilo! —dijo una voz temblorosa. De detrás de unas rocas grandes, emergió una figura. Era un hombre joven, de unos veinticinco años, con el cabello sucio y enmarañado, la ropa rasgada y los ojos hundidos. Tenía las manos levantadas en señal de rendición. Jackson lo reconoció primero. —Tú eres el hombre que encontraron en el bosque —dijo, frunciendo el ceño—. Darío, ¿no? Darío asintió, sin bajar las manos. Su mirada se movía de Milo a Jackson, de Jackson a Lumus, como un animal acorralado. —Yo... yo no sé cómo llegué hasta aquí —dijo Darío, con la voz quebrada—. Los seguí. Desde que salieron del pueblo. Lo siento. Lo siento mucho. Milo no bajó la espada. La hoja brillaba bajo la luz tenue, apuntando directamente al pecho de Darío. —¿Por qué nos seguiste? —preguntó Milo, con voz fría. Darío tragó saliva. Bajó las manos lentamente, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera ser el último. —Porque quiero ayudar —dijo—. Porque sé dónde está Sonur. Yo puedo llevarlos. Tengo un mapa. Metió la mano en su chaqueta. Milo tensó el brazo, pero Darío solo sacó un pergamino arrugado, manchado de barro y sangre seca. Lo extendió con dedos temblorosos. —Miren —dijo, señalando un punto en el mapa—. La cueva está aquí, al este de las montañas de Doza. Hay un río que baja de la nieve. Siguiéndolo hacia arriba, se llega a la entrada. Hay una marca en forma de arco. Milo miró el mapa. Luego miró a Darío. Sus ojos eran dos líneas finas, escrutadoras. —¿Por qué quieres ayudarnos? —preguntó Milo—. Tú eras uno de ellos. Darío bajó la mirada. Sus hombros se hundieron. —Porque ya no quiero serlo —susurró—. Levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos. Jackson y Lumus intercambiaron una mirada. Lumus se encogió de hombros. —Suena sincero —dijo Jackson, con cautela. —O es un buen actor —respondió Milo, sin bajar la espada. —Milo —dijo Lumus, poniéndole una mano en el hombro—. Si nos está mintiendo, lo sabremos. Pero si está diciendo la verdad, nos está dando lo único que necesitamos. Milo guardó silencio. Miró el mapa, miró a Darío, miró a sus amigos. Finalmente, bajó la espada. —Está bien —dijo Milo—. Guíanos. Pero escúchame bien, Darío. Se acercó a él. Su rostro quedó a centímetros del de Darío. Su voz fue un susurro ronco. —A la primera traición, te mato. No lo pensaré. No lo dudaré. Lo haré. Darío asintió, con la barbilla temblorosa. —Lo entiendo —dijo. Caminaron durante horas. Darío iba al frente, con el mapa en la mano, señalando el camino. Milo caminaba detrás de él, a pocos pasos, sin quitarle la vista de encima. Jackson y Lumus iban atrás, intercambiando miradas de preocupación. El sol se ocultó detrás de las montañas, y la oscuridad empezó a envolverlos. Darío encendió una antorcha y siguió caminando. Los demás lo siguieron, aunque la desconfianza crecía en cada paso. —Falta poco —dijo Darío, sin mirar atrás—. Confíen en mí. Milo frunció el ceño. Algo no cuadraba. Sacó su propio mapa, el que tenía desde antes, y lo comparó con la posición de las estrellas. Su expresión se endureció. —Deténganse —dijo Milo, con voz baja pero firme. Darío se detuvo. Jackson y Lumus también. —¿Qué pasa? —preguntó Jackson. Milo no respondió. Caminó hacia Darío, con pasos lentos y pesados. Lo tomó del hombro con fuerza. Lo giró. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Milo, mirándolo fijamente a los ojos. —¿Qué... qué dices? —tartamudeó Darío. —Diles —dijo Milo, sin soltarlo. —¿Decir qué? —intervino Lumus, confundido. —Nos ha estado guiando por el camino incorrecto —dijo Milo, con un tono que helaba la sangre. Jackson abrió la boca. Lumus apretó los puños. Darío palideció. —¿Darío? —dijo Jackson, con una mezcla de incredulidad y furia. —Yo... yo no puedo permitir que vayan allí —dijo Darío, con la voz rota—. Ese hombre los matará. Los matará a todos. —¡Vamos! —dijo Milo, soltando el hombro de Darío de un empujón. Dio la vuelta, señalando hacia atrás—. Nos vamos. Ahora. Jackson lo siguió. Lumus también. —¡NO! —gritó Darío—. ¡Esperen! ¡Por favor, esperen! De verdad no pueden ir. Ese hombre está LOCO. Milo se detuvo. Dio media vuelta y caminó de regreso hacia Darío. Se acercó tanto que casi podía sentir la respiración agitada del joven en su rostro. —No más que yo —dijo Milo, con voz ronca, clavándole los ojos. Darío contuvo el aliento. —No hagas que te asesine —añadió Milo. Jackson y Lumus se miraron. Había algo en la voz de Milo, en su mirada, que les heló la sangre. Ya no estaban seguros de lo que su amigo era capaz de hacer. —¡Lumus! —dijo Milo, sin apartar la vista de Darío—. Encárgate de él. Lumus dudó un momento. Luego caminó hacia Darío y lo agarró del brazo. Milo se giró para seguir caminando. Jackson se acercó a él y le susurró al oído: —¿Qué haces? ¿En serio vas a arrastrarlo con nosotros? —Si no lo mato yo —respondió Milo, en voz baja, mientras caminaba con la espalda prominente, hablando por encima del hombro—, lo hará su amo. Que venga con nosotros. Que vea lo que pasa. Detrás de ellos, Darío forcejeaba con Lumus. —¡No, no, por favor, esperen! —Gritaba Darío, con la voz ahogada por el miedo—. ¡Ese hombre me matará! Milo no se detuvo. Solo alzó una mano y dijo, sin mirar atrás: —Esa es la idea. Lumus empujó a Darío hacia adelante. El joven caminó con pasos torpes, mirando al suelo, con los hombros hundidos. Ya no suplicaba. Solo temblaba. Así, los hombres retomaron el rumbo correcto hacia la cueva de Sonur. La noche cayó sobre ellos como una losa, y el silencio solo se rompía por el crujir de las ramas bajo sus botas y el llanto contenido de Darío.