Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 14 “Paso en blanco”

Ahora sí. Luego de unas horas dirigiéndose hacia el lugar correcto, los hombres lograron avistar el campamento a lo lejos. La luz del atardecer pintaba las montañas de tonos anaranjados y morados, pero el campamento, en medio de un claro rodeado de árboles, permanecía en silencio. Un silencio que no era normal. Sigilosos, los cuatro hombres se escondieron entre los arbustos y los troncos, agazapados, planeando cómo sorprenderlos. Pero había algo raro. Las fogatas estaban apagadas. No humeaban. No brillaban. Y simplemente no habían visto a ningún hombre. No había voces. No había movimiento. Los cuatro hombres se miraron extrañados. Darío fue el primero en hablar, con un susurro que apenas salía de su garganta. —Oh, por dios... —dijo, con los ojos abiertos—. Sonur mató a TODOS. —O simplemente se fueron —dijo Milo, levantándose del suelo donde se escondían. No esperó más. Salió de entre los árboles con paso firme, directo hacia el campamento. Jackson lo siguió sin dudar. Lumus tomó a Darío del brazo y lo empujó suavemente hacia adelante. —Vamos —dijo Lumus. Llegaron al campamento. Era un conjunto de tiendas de campaña viejas, descoloridas por el sol y la lluvia. Algunas estaban medio derrumbadas. Otras tenían las lonas rasgadas. Milo entró a la primera tienda de un solo tirón. Vacía. Salió y fue a la siguiente. Vacía. Jackson revisó otra. Vacía. Lumus y Darío hicieron lo mismo con las que quedaban. Ninguna tenía un alma. —¡AHG! —gritó Milo, golpeando una estaca de madera con el pie, arrancándola del suelo—. ¡FUE UNA PÉRDIDA! Su voz resonó entre los árboles. Los pájaros cercanos alzaron el vuelo asustados. Jackson iba a decir algo, pero en ese momento se escuchó un crujido. Venía de detrás de una de las tiendas, la más apartada, casi escondida entre los arbustos. Milo levantó la cabeza. Sus oídos se aguzaron. Caminó en silencio hacia la tienda, rodeándola con cuidado. Los otros lo siguieron. Detrás de la carpa, acurrucado contra el suelo, estaba Larcos. Era un hombre delgado, de rostro afilado y ojos saltones. Tenía las manos sobre la cabeza, las palmas hacia arriba, como quien se cubriera de un golpe. Temblaba entero. Cuando vio a Milo, sus ojos se llenaron de terror. —Por favor —suplicó Larcos, con la voz quebrada—. No me haga nada. Yo no hice nada. No diré nada. No sé nada. Milo no dijo una palabra. Lo tomó de la camisa y lo levantó del suelo como si pesara una pluma. Los pies de Larcos colgaban a unos centímetros de la tierra. —¿A dónde se fueron todos? —preguntó Milo, con voz baja pero peligrosa. Larcos, en lugar de responder, miró hacia un costado. Sus ojos se encontraron con los de Darío. —Tú... —dijo Larcos, reconociéndolo. La expresión de Darío se tornó aún más asustada. Dio un paso atrás, pero Lumus lo sostuvo por el hombro. Milo sacudió a Larcos con fuerza. La cabeza del hombre rebotó como la de un muñeco. —¡¿A DÓNDE SE FUERON TODOS?! —gritó Milo, esta vez sin filtro. Larcos cerró los ojos, como si aceptara su destino. —Sonur... no logró conseguir la corona —dijo, entre dientes—. La otra opción era buscar en el volcán de Zakar. Fue allí con Lixo y otro hombre más. Ya no le quedaba nadie más. Nadie. —¿Y tú por qué te quedaste? —preguntó Milo, con desprecio. —Me vio inútil —respondió Larcos, encogiéndose de hombros—. Me dejó aquí. Milo lo soltó de golpe. Larcos cayó al suelo, rodó sobre la tierra seca y se quedó allí, sin atreverse a levantarse. Milo se giró hacia los demás. Su respiración era pesada, pero su voz ya no temblaba. —No está muy lejos de aquí —dijo en voz alta—. El volcán de Zakar. Podemos llegar antes del amanecer si salimos ahora. Jackson, que estaba apoyado contra un árbol con los brazos cruzados, negó con la cabeza. —Milo, por favor —dijo, con cansancio en la voz—. Podemos seguir mañana. Estamos agotados. Llevamos días caminando. Acampemos aquí, aprovechando las tiendas. Unas horas de sueño y luego... —No —interrumpió Milo, con la mandíbula apretada—. No puedo descansar. —Milo, por favor —insistió Jackson, esta vez con un tono más suave—. Estamos agotados. —¡EL ASESINO A MI MUJER! —gritó Milo. El silencio cayó como un muro. Los pájaros, que ya habían regresado, volvieron a huir. Jackson bajó la mirada. Lumus se quedó inmóvil. Darío contuvo la respiración. Milo bajó la guardia. Sus hombros se hundieron. Su rostro, que había estado duro como una piedra, se resquebrajó. Ya no parecía enojado. Ahora se podía observar su tristeza. Esa tristeza que había estado ocultando por tanto tiempo. Sus ojos se cristalizaron. De ellos empezaron a salir lágrimas. Lentas al principio, luego más rápidas, cayendo por sus mejillas hasta perderse en su barba. —Él se llevó a Jin —dijo Milo, con la voz rota, llevándose una mano al pecho—. La siento. La siento cada día, cada vez más cerca de mí. No he podido dormir en meses. Señaló su pecho con un dedo tembloroso. —No quiero desperdiciar ningún segundo que sirva para acabar con este dolor. Que sé que aun así nunca se irá. Pero que él viva... cada minuto que ese hombre está en la tierra es un recordatorio doloroso de que fracasé. Fracasé. Y no quiero volver a fracasar. Nadie dijo nada. Lumus fue el primero en moverse. Se acercó a Milo y lo abrazó. Sin preguntar. Sin juzgar. Solo lo abrazó. Milo, por un segundo, quedó con los brazos extendidos y los ojos abiertos, como si no supiera qué hacer con tanto afecto. Luego, lentamente, bajó las manos y abrazó a Lumus de vuelta. Apretó los puños contra la espalda de su amigo, y por un momento, solo un momento, dejó salir un sollozo contenido. Jackson se acercó. Abrazó a Lumus y a Milo juntos. Los tres formaron un círculo, silencioso, mientras la tarde caía sobre el campamento vacío. Darío se quedó ahí, de pie. No huyó. No corrió. Solo observó. Algo en su interior se removió. No era lástima. No era miedo. Era algo que no sabía nombrar. Vio a esos tres hombres abrazados, rotos pero juntos, y se dio cuenta de que de esto sí quería ser parte. Larcos, que aún estaba en el suelo, no entendió nada. Vio la escena con desconcierto, y luego, sigilosamente, empezó a alejarse. Primero gateando, luego poniéndose en cuclillas, luego caminando agachado entre los arbustos. Nadie lo detuvo. Cuando ya estuvo lo suficientemente lejos, echó a correr. Sus pasos se perdieron en el bosque. Los hombres se separaron del abrazo. Jackson fue el primero en ver que Larcos ya no estaba. —Se fue —dijo, señalando con la barbilla. —Déjenlo —dijo Milo—. Ya tenemos lo que queríamos. Milo miró a Darío. El joven seguía allí, de pie, con las manos colgando a los costados. No había huido. A pesar del miedo, a pesar de todo, se había quedado. Eso fue lo que les demostró que ahora tenían a alguien más en su grupo. —No podemos dejar que Sonur consiga la corona —dijo Milo, recuperando el aliento—. Comamos algo. Recuperemos energía. Jackson asintió. Lumus también. Darío, que aún estaba un poco alejado, se acercó a los hombres con pasos cortos. Miró a Milo. Milo lo miró. Luego, Darío asintió. Milo le tocó el hombro y le asintió con una sonrisa. Una sonrisa pequeña, cansada, pero sincera. Darío le devolvió la sonrisa de manera inocente, como un niño que por fin encuentra un lugar al que pertenecer. Se sentaron alrededor de una fogata que Lumus encendió con esfuerzo. Sacaron el poco pan que les quedaba, algo de queso duro y las últimas manzanas. Comieron en silencio, escuchando el crepitar del fuego y el viento que movía las copas de los árboles. Milo miraba las llamas. En sus ojos se reflejaba el fuego, pero también algo más. Algo que no era ira. Era determinación. Una última chispa de esperanza. —Mañana al amanecer —dijo Milo, rompiendo el silencio—, nos ponemos en marcha. Nadie discutió. Asintieron uno por uno. Y esa noche, bajo las estrellas, los cuatro hombres durmieron en el campamento vacío de su enemigo, sabiendo que al día siguiente todo terminaría. De una forma u otra.




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