Al asomarse el sol, los cuatro hombres despertaron. El cielo se pintaba de naranja y rosa en el horizonte, como si el día siguiente supiera que sería importante. Apagaron el fuego, tomaron sus cosas y partieron camino a Zakar. Los hombres estaban más unidos que nunca. Después de tanto tiempo, su amistad había vuelto a ser la misma que solía ser antes. Jackson hacía bromas, Lumus se reía, Milo, aunque serio, dejaba escapar una sonrisa de vez en cuando. Darío caminaba junto a ellos, ya no como un prisionero, sino como uno más. El camino fue tranquilo. Sin obstáculos. Tanto que hasta parecía sospechoso. El silencio del bosque era demasiado perfecto. Los pájaros cantaban, el viento movía las hojas, y nada se interponía en su paso. Milo miraba el horizonte con los puños apretados. Sabía que la calma era solo una mentira. Después de tres horas de camino, llegaron a Zakar y lo vieron. Allí estaba Sonur. Cerca de la boca del volcán, junto con Lixo y otro hombre. Parecía que intentaban entrar, se les veía trabajando, examinando, cavando entre las piedras y la ceniza. El volcán rugía sordamente, solitarias de humo gris que se elevaban hacia el cielo. Milo, en el momento en que tuvo en la mira a Sonur, cambió. Sus ojos se tornaron negros, su ceño se frunció, su mandíbula y sus nudillos se apretaron. Se levantó de detrás de las rocas donde se escondían para atacar, pero Lumus lo agarró. —Oye, espera —dijo Lumus, tomándolo del hombro con firmeza—. Ahora. Ponte tu armadura. Milo volteó, lo miró con aprobación. Respiró hondo. Todos los hombres se cubrieron de metal. Las armaduras crujieron al ajustarse a sus cuerpos. A excepción de Darío, que no contaba con las herramientas. Lumus le lanzó una pequeña espada. —No andes desarmado —dijo Lumus a Darío, en un tono sarcástico que intentaba aliviar la tensión—. Es peligroso. Darío atrapó la espada al vuelo. La hoja era pequeña, pero bien balanceada. La sostuvo con manos temblorosas. En ese momento, detrás de ellos, Jackson vio a lo lejos una sombra moviéndose. Apresuradamente sacó la espada y se puso en posición defensiva. —Milo... —dijo Jackson, con voz baja. Milo volteó y sacó su espada también. Del mismo modo, Lumus y Darío. Se fueron acercando a la extraña figura, con los espadas en el aire, listos para atacar. Hasta que escucharon la voz. —Oh, por Dios... Milo reconoció esa voz de inmediato. La había escuchado cientos de veces en su cocina, en la herrería, en los domingos de leche. —¿Clant? —dijo Milo, con incredulidad. Clant salió de detrás de las rocas con una mirada avergonzada, las manos en los bolsillos y los hombros hundidos. —Ho-ho la muchachos... —dijo, apenado. —Qué cara... —dijo Jackson, bajando la espada. —¿¡Nos has estado siguiendo!? —exclamó Milo, con el rostro encendido. —Lo siento —dijo Clant, hablando a una velocidad imparable—. Pero vi cuando Jackson y Lumus volvieron al pueblo y me preocupé porque pensé que habías muerto y luego vi que volvieron a partir y mi papá me dijo que no interviniera pero luego pensé que solo volvían por provisiones, así que agarré una bolsa con comida y leche y fui detrás y no les dije porque sabía que me regresarían y no me quería regresar, así que estuve detrás sigilosamente y me comí las provisiones y luego vi sus discusiones y dormí en el bosque con hormigas. Ugh, fue horrible, hasta me picaron. Pero los seguí. Y miren que lo hago bien, hasta ahora se dan cuenta de mí, eh. Los hombres se miraron de reojo, atónitos unos a otros. Nadie había podido seguirle el ritmo. Clant sonrió, orgulloso de sí mismo. Milo lo tomó del hombro. Lo miró a los ojos. —Clant —dijo Milo, con voz grave—. No puedes estar aquí. —Por favor, Milo —respondió Clant, sin perder la sonrisa—. Ya estoy aquí. Y tampoco me puedo regresar. Milo miró hacia el camino. Notó lo lejos que estaban como para que Clant volviera solo. El niño se había metido en esto, y ya no había vuelta atrás. Milo suspiró. Volteó hacia Darío. —Protégelo —le dijo. Clant brincó en un pie, con los brazos en alto. —¡SÍ! —gritó, como si hubiera obtenido lo que siempre quiso. Los hombres empezaron a escabullirse por el volcán. Las rocas calientes crujían bajo sus botas. El calor era sofocante, un horno invisible que les secaba la garganta. Se acercaron a Sonur y a sus hombres sin ser vistos. Milo no pudo contenerlo más. Salió de entre las rocas con la espada en el aire, y desde el pecho, desde lo más profundo de su ser, gritó: —¡SOOOONUUUUR! Sonur, que estaba de espaldas, volteó. Sus ojos se encontraron con los de Milo. Con un movimiento rápido, alzó su brazalete y amortiguó el golpe de la espada. El metal chocó contra el metal, y una chispa blanca saltó en el aire. Jackson empezó a luchar con Lixo. Sus espadas chocaban una y otra vez, con una furia que hacía temblar el suelo. Lumus enfrentó al otro hombre, un tipo grande, de brazos como troncos. Darío se quedó atrás, protegiendo a Clant, con la espada en alto y el corazón en la garganta. Sonur le dijo a Milo, entre una risa malévola, mientras Milo le reposaba la espada en la cara con toda su ira: —Ja... tú de nuevo. Y lo empujó. Milo volvió a atacar. Golpe tras golpe. Espada contra brazalete. No había descanso. No había piedad. En un momento, Milo logró acercarse y le dio un puñetazo en la cara a Sonur. El golpe fue seco, brutal. Sonur escupió sangre al suelo. Limpió sus labios con el dorso de la mano y miró a Milo como si esto solo acabara de empezar. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro. Le devolvió un golpe en el abdomen. Milo cayó de espaldas, rodó sobre la tierra caliente, pero se levantó de inmediato. El dolor no era nada comparado con lo que sentía por dentro. Por otro lado, Jackson y Lixo seguían luchando. Lumus y su rival también. Golpes, sangre, caídas y sudor era lo que se evidenciaba en ese lugar. Las espadas cantaban. Los cuerpos gemían. La tierra se manchaba de rojo. Milo seguía atacando. —Veo que vienes protegido —le dijo Sonur a Milo, mientras esquivaba otro golpe. —Púdrete —respondió Milo, con los dientes apretados. Golpe tras golpe. Batalla tras batalla. Sonur era fuerte, y cada golpe que le daba a Milo arrancaba un pedazo de su armadura. Las placas de metal volaban por el aire, rotas, inútiles. Milo quedó cada vez más desarmado. Miró a sus compañeros. Estaban en casi la misma situación. Jackson sangraba del brazo. Lumus tenía un ojo hinchado. Darío apenas podía sostener la espada. El rostro de Milo estaba destrozado. Su ojo izquierdo, hinchado y morado. Su boca y nariz rotas. La sangre le corría por la barba. Ya no tenía armadura. Solo su cuerpo, magullado y golpeado, pero aún de pie. —No eres fuerte, Milo —dijo Sonur, con desprecio—. Tú no puedes hacer esto. Deberías buscar una muerte más pacífica. Milo no respondió. Solo atacó de nuevo. Fue entonces cuando Sonur le proporcionó otro golpe. Milo cayó de cara al suelo. La tierra caliente le quemó la mejilla. Levantó la mirada con esfuerzo, y lo que vio lo partió en dos. Sobre una roca, Lixo sostenía a Jackson. Sin remordimiento, sin piedad, le clavó la espada en el pecho. —¡NOOOOOOOOOOOOOO! —gritó Milo, con todas las fuerzas que le quedaban—. ¡NO, NO, NO, NOOOOOOO! Su grito resonó en el volcán, ahogado por el rugido de la tierra. Miró a Lumus. Cayó al piso después de un golpe. Su cuerpo se desplomó como un saco vacío. Miró a Darío y a Clant, escondidos detrás de una roca, asustados, llorando. Clant se tapaba la boca con ambas manos. Darío lo abrazaba contra su pecho. La boca de Milo sangraba más que nunca. Se levantó. Débil. Ya no podía más. Pero seguía de pie. Sus piernas temblaban, pero no se doblaban. Eso conmovió a Sonur. Algo en sus ojos cambió. Pero igual siguió golpeando. Una y otra vez. Hasta que Milo quedó de rodillas. Milo miraba a Sonur. Ya no podía levantarse. Ya no tenía fuerzas. Su pecho estaba al descubierto, la ropa rasgada. Y allí, colgando de su cuello, estaba el collar del que colgaba el anillo de compromiso de Jin. De su boca salió un pequeño susurro: —Jin...- dijo Sonur —¡No digas SU NOMBRE! —gritó Milo, con una furia que no se esperaba. Sonur quedó helado bajo la calurosa fiebre del volcán. Tocó su propio collar. Sus dedos temblaron. De su boca salieron palabras que parecían no ser suyas. —Dejaré que vengues a tu esposa —dijo Sonur, con voz extraña, como si hablara desde otro lugar—. Pero tendrá un precio. Milo no entendía nada. Sonur le dio un golpe en la cara. Milo cayó de espalda. Intentó levantarse, abrir el ojo que aún le quedaba bueno. Escuchó unos quejidos de dolor. Se puso de pie. Su mirada quedó en shock. Sus ojos se abrieron. Su cuerpo tembló. Frente a él estaba Jin. No era una ilusión. No era un recuerdo. Era ella. Su vestido violeta. Su cabello oscuro y ondulado. Sus ojos. Sonreía. Pero era una sonrisa triste, rota. Milo, sin darse cuenta, empezó a llorar. Las lágrimas rodaron por sus mejillas ensangrentadas. Sabía que era Sonur transformado. Sabía que era una trampa. Pero estaba viendo a la mujer que amaba. ¿Cómo podía alguien ser tan cruel? —Mátame —dijo Jin, con su voz, con sus labios. Milo levantó la cabeza. La miró. Sus manos temblaban. —No puedo —susurró. Sonur, desde la apariencia de Jin, lo atacó. Le dio un golpe. Milo no se defendió. Solo aguantó. Las lágrimas no paraban de caer. Otro golpe. Y otro. Milo no levantaba un brazo. —¡MÁTAME! —gritó Jin. —¡NO PUEDO! —gritó Milo, con el alma rota. Lixo y el otro hombre tenían a Lumus, Darío y Clant acorralados. Los miraban desde lejos. Clant lloraba. Darío apretaba los puños. —¿Quieres que Clant te vea morir así? —dijo Sonur, con la voz de Jin, pero con la maldad de él—. ¿Viendo cómo Jin te asesina? —Tú no eres Jin —respondió Milo, con la voz quebrada. Sonur tomó a Milo del cuello. Tal como en la primera batalla, lo levantó como si nada, asfixiándolo. Los pies de Milo colgaban en el aire. —Pues qué mal —le respondió Sonur. En ese momento, Clant se escabulló de los brazos de Lixo. Corrió. Tomó una espada del suelo. Lixo corrió detrás de él, pero el niño era rápido. Demasiado rápido. Sonur apenas logró ver al niño acercándose cuando sintió la espada. La hoja le atravesó el vientre. El dolor fue inmediato, ardiente, imposible. Soltó a Milo. Milo cayó al suelo, tosiendo, respirando con dificultad. Miró a Clant. Apenas podía hablar. Con la poca voz que le quedaba, dijo su nombre: —Clant... Clant iba a responder. Una sonrisa de victoria se dibujaba en su rostro. Pero Lixo llegó corriendo y le dio un golpe al niño. Clant cayó al suelo, rodó sobre la tierra caliente, y se quedó inmóvil por un momento. —¡CLANT! —gritaron varios al mismo tiempo. Lumus y Darío atacaron al otro hombre. Lo acorralaron contra una roca. Darío, con una furia que no sabía que tenía, lo desarmó de un golpe. Lumus acabó con él de una estocada limpia. Luego, Lumus fue por Lixo. Darío corrió a socorrer a Clant, lo tomó en sus brazos, lo apartó de la pelea. Milo se levantó. Miró el cuerpo de Jin —de Sonur— en el suelo, sangrando, escupiendo sangre. El rostro de Jin empezó a distorsionarse, a temblar, como una imagen reflejada en agua turbia. Milo arrancó el collar del cuello de Sonur. El poder de transformación se rompió. Sonur volvió a ser Sonur. Su rostro se desmoronó en el suelo. Miraba a Milo con los ojos llenos de odio y miedo. Detrás de ellos, Lumus acababa con Lixo. Con un golpe final, el hombre cayó. No se movió más. —Hasta aquí —dijo Milo, mirando a Sonur desde arriba. Lo tomó de los pies. Lo arrastró hasta la boca del volcán. El calor era insoportable. Las llamas lamían el borde del cráter. Sonur forcejeaba, débil, herido, pero ya no tenía fuerzas para resistir. Milo lo miró por última vez. —Que el fuego te perdone. Yo no puedo. Y lo arrojó. El cuerpo de Sonur cayó entre las llamas. No hubo gritos. Solo el rugido del volcán, tragándoselo para siempre. Milo se quedó unos segundos mirando el abismo. Luego, dio un paso atrás. Se giró hacia sus amigos. Lumus tenía a Clant en brazos. El niño estaba vivo, pero tenía un golpe feo en la cabeza. Darío sostenía el brazo de Lumus, ayudándolo a mantenerse en pie. Se miraron. Sonrieron. Cansados, rotos, pero vivos. Se abrazaron. Luego, sus miradas se posaron en el cuerpo de Jackson. Estaba allí, boca arriba, con la espada aún clavada en el pecho. Sus ojos cerrados. Su rostro en paz. Como si hubiera aceptado su destino antes de que llegara. Lumus se acercó primero. Se arrodilló junto a su amigo. Le tomó la mano. No dijo nada. No pudo. Las lágrimas empezaron a caer. Luego, el llanto. Un llanto desgarrador, contenido por años, que salió de golpe. Se dejó caer sobre el pecho de Jackson y lloró como un niño. Milo se acercó. Quiso decir algo, pero las palabras no le salieron. Solo apretó los labios, tratando de contener el llanto. Fue inútil. Las lágrimas también le rodaron por las mejillas. Se arrodilló al otro lado de Jackson y apoyó su frente en la mano fría de su amigo. Clant, en los brazos de Darío, miraba en silencio. No entendía del todo. Pero las lágrimas también le mojaban el rostro. Pasaron los minutos. El volcán seguía rugiendo. Milo se levantó. Caminó hacia la boca del volcán. No para mirar. Para pensar. Se quedó allí, de pie, con la espalda encorvada, los brazos colgando. El vacío en sus ojos era más profundo que el cráter. Lumus, Darío y Clant estaban buscando cómo llevar el cuerpo de Jackson con ellos. Clant había encontrado una lona vieja entre las rocas. La extendieron sobre el suelo y con cuidado, con mucho cuidado, pusieron a Jackson encima. Cuando terminaron, levantaron la vista y vieron a Milo. Estaba en el borde del volcán. Solo. Mirando hacia abajo. —Milo —dijo Clant, soltando la lona. Los tres caminaron hacia él. Pero Milo no volteó. Solo habló. —Quiero acompañar a Jin y a Jackson —dijo Milo, con voz baja pero firme—. No seré feliz hasta volver a verlos. —Milo, no —dijo Clant, entre llanto. Quiso correr hacia él, pero Lumus lo agarró del hombro. Lumus lo detuvo. No con fuerza. Con comprensión. Había entendido. Después de todo, esta era la decisión que haría feliz a su amigo. Milo se acercó a Clant. Se arrodilló frente a él. Con dedos temblorosos, se quitó el collar del cuello, del que colgaba el anillo de compromiso de Jin. Luego, se quitó su propio anillo. Lo ensartó en la misma cadena, uno junto al otro. —Cuídalos —dijo Milo, y le puso el collar a Clant en el cuello. Clant sintió el peso del metal sobre su pecho. Era un peso caliente, como un abrazo. Milo le dio un beso en la frente. Largo. Tierno. —Cuida de Mitzu —dijo Milo, con una sonrisa pequeña, cansada, pero sincera. Clant devolvió la sonrisa. Aunque sus labios temblaban. Aunque las lágrimas no paraban. Milo se levantó. Caminó hacia el borde del volcán. No miró atrás. Solo se dejó caer. Los tres hombres cerraron los ojos. Los apretaron con fuerza. Las lágrimas se filtraban entre sus párpados. Lumus abrazó a Clant, lo apretó contra su pecho, y lo consoló. Le susurró cosas al oído. Cosas que no importan. Lo que importaba era que no estaba solo. Cuando abrieron los ojos, Milo ya no estaba. El volcán rugía en silencio. Tomaron el cuerpo de Jackson entre los tres. Lo cargaron sobre la lona. Y empezaron a caminar de regreso a casa. El sol se ocultaba detrás de las montañas. Las sombras se alargaban sobre el camino. Pero ellos no miraban atrás. Miraban adelante. Porque tenían que seguir. Porque Milo y Jin y Jackson los estarían esperando. No en este mundo. Pero en algún otro. Y ese pensamiento, aunque pequeño, les alcanzaba para seguir.