Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 16 “Obra de arte”

Después de un largo viaje de vuelta a casa, los hombres y el niño lograron llegar al pueblo. El sol se ocultaba tras las montañas en forma de oso de Doza, y las sombras se alargaban sobre las calles de tierra. Todo para ellos era diferente. El peso en sus hombros era más grande que cuando partieron. Al tocar la plaza, el señor Hogorpus, que había estado buscando a su hijo durante días, lo vio regresar. Su rostro, cansado y demacrado, se iluminó por un instante. Corrió hacia Clant con los brazos abiertos, y Clant corrió hacia su padre. Entre lágrimas, se abrazaron. El señor Hogorpus lo vio tan triste que ni siquiera pudo regañarlo. Solo lo abrazó más fuerte, y lloró junto a él. El pueblo veía a los hombres. Los veía incompletos. Laura corrió al escuchar la llegada de los muchachos. Su corazón latía con fuerza, con esperanza. Miró a Lumus y a Darío, pero no vio a Jackson. Miró la lona que cargaban. Miró que había un cuerpo. Sin siquiera acercarse, miró a Lumus a los ojos. Y su mirada le dijo todo. Laura empezó a llorar desconsolada. Cayó de rodillas en la tierra, y su llanto resonó en la plaza como un eco de dolor. Un hombre del pueblo preguntó: —¿Dónde está Milo? Lumus solo negó con la cabeza. No hizo falta decir más. Todos en el pueblo lo entendieron. En la plaza solo se escuchaban los llantos de Laura, de Clant y de Lumus. Habían perdido en aquella batalla no a sus amigos. A su familia. Clant le dijo a su padre que lo acompañara a casa de Milo y Jin. Caminaron en silencio por las calles vacías. La luna empezaba a asomarse. Al llegar, la puerta estaba abierta. Allí estaba Mitzu. El perro saltó sobre Clant, moviendo la cola con fuerza, buscando a su dueño con la mirada. Olfateó el aire. Dio vueltas. Pero simplemente no lo vio. Clant le acarició la cabeza y entró. Caminó por la casa como solía hacerlo, pero ahora miraba con tristeza y nostalgia. La cocina vacía. La mesa donde comían. La ventana donde Jin se sentaba a leer. Todo estaba igual, pero nada era igual. En el dormitorio, sobre la mesita de noche, estaba el retrato de Jin. Clant lo tomó sin pensarlo. Lo sostuvo entre sus manos pequeñas. Las lágrimas asomaron de nuevo, rodando por sus mejillas hasta caer sobre el vidrio que protegía la imagen. Cuando iba a salir, notó un papel sobre la mesa del comedor. Un papel doblado, con el borde un poco arrugado. Se acercó a él. Lo reconoció. Era la letra de Milo. La abrió y empezó a leer: "Para Clant. Oye, niño. Sabes que no soy el mejor para expresarme, pero de verdad no sé qué pueda pasar en este viaje. Sé que últimamente nuestra relación no ha sido la mejor, pero quiero que sepas que eres importante para mí y te considero como un hermano. Un hermano muy, muy pequeño. Si algo me llegara a pasar, me gustaría que seas tú quien se encargue de mi perro. Sé que no tenían la mejor relación, pero él te querrá. En su momento, supongo. Se acostumbrará, así como yo lo hice. Dile a Lumus que busque una novia. Y a Jackson que tenga un hijo con Laura, y que le ponga mi nombre si de verdad me quiere. PD: Siempre amé tus pinturas." Clant no pudo contener la tristeza. Apretó la carta contra su pecho, húmeda por sus lágrimas, como si fuera su posesión más preciada. Llamó a Mitzu, y el perro se acercó moviendo la cola. Clant lo abrazó. Él y su padre salieron de la casa. Caminaron de regreso a su hogar, ahora con un nuevo integrante. Meses después Meses después de lo ocurrido, el pueblo había vuelto a recuperarse, como solía hacerlo. La vida seguía su curso. Las heridas cicatrizaban, aunque las cicatrices quedaban. Lumus, increíblemente, consiguió una novia. Era una mujer de un pueblo vecino, amable y de sonrisa fácil. Se le veía feliz. Caminaba por las calles del pueblo con ella de la mano, y su madre era la que más la adoraba. Decía que por fin su hijo había sentado cabeza. Laura había estado embarazada de Jackson antes de su fallecimiento. No lo supo hasta después de la batalla. El pueblo entero la acompañó durante esos meses. Le llevaban comida, le hacían compañía, le recordaban que no estaba sola. Nació un varoncito. Sano. Fuerte. Con unos pulmones que se escuchaban desde la otra punta del pueblo. Lo nombraron Jackson, en honor a su padre. Era el niño más feliz que había pisado Zuhnmir. Todos los vecinos se turnaban para cargarlo, para hacerlo reír, para contarle historias de su padre. Y Clant. Clant seguía pintando. Era domingo. Clant iba a comenzar a repartir leche con su padre, pero se encontraba terminando una pintura. La última pincelada. El gesto final. —Últimos detalles —decía Clant, moviendo el pincel con cuidado. —¡CLAANT! —gritó el señor Hogorpus desde la calle. —¡YA VOY! —respondió Clant, sin apartar la vista del lienzo. —Y... ¡listo! —dijo Clant, dejando el pincel sobre la mesa—. Terminé. Se quedó admirando la pintura por unos segundos. Sus ojos recorrían cada rincón del lienzo, cada color, cada sombra. Era perfecta. Era todo lo que había querido plasmar. —¡Clant, es hora! —volvió a llamar su padre. —¡Ahí voy, papá! —gritó Clant—. ¡Vamos, Mitzu! Mitzu, lo siguió. Clant apagó la vela, cerró la puerta, y subió a la carreta junto al señor Hogorpus. Partieron por las calles de Zuhnmir, con las botellas de leche tintineando. Y en el interior de la casa, quedó la pintura más reciente de Clant. Por primera vez, una pintura seria. Algo conocida. Algo feliz. Con todo el amor y el esfuerzo del mundo, Clant había logrado plasmar el momento en que Milo le pidió matrimonio a Jin. Aquel día en el jardín de lirios. Junto a la fuente. Junto a todos sus seres queridos. Aquel día que se recuerda como el más feliz de todos, donde su amor se vio más fuerte. Clant lo guardó para siempre en ese lienzo. Y Zuhnmir, el pequeño pueblo de grandes árboles, rodeado de ríos y largos bosques, junto a las montañas en forma de oso de Doza, siguió adelante. Como siempre lo había hecho. Como siempre lo hará. Fin.




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