12 cartas a la muerte

3. Desesperación

Los agujeros negros nacen de la muerte de algo tan hermoso y poderoso como una estrella, estos se encargan de eliminar y destrozar todo a su paso, atrayendo y despedazado la mera existencia, ni la luz misma puede escapar de su fuerza, estos son los ojos de la muerte del universo mismo y en mi corazón se engendró uno, destrozando lentamente todo, con la mayor agonía, la mayor perversidad, de una forma grotesca devora en sus fauces mis esperanzas y mi alma, aquel que haya perdido a alguien muy querido sabe al menos un cuarto de mi dolor y que al pasar los segundos se multiplica millones de veces, entrando en un estado de decepción tan severa que ni dios mismo podría curar, aquello incurable, aquello ineludible, la meta de la vida, alcanzada a temprana edad, dicen que todo está escrito yo no creo en eso, solo puedes escribir el futuro y leer tu pasado.

La vida es una sola dicen yo me niego a creer eso pensando solamente en que la razón de mi vida, la mitad de mi ser desalmado, haya perecido, lejos de mí, para despedir su alma, pensamientos sollozos, suicidas, oscuros, juegan a la ruleta rusa en mis pensamientos, ¿Que podría hacer yo? Jugaba en contra de la incurable, nadie podía hacer tal obra, solo pude recurrir a lo menos pensado, para mí un hombre de ciencia y era rogar, le pedí a Dios que todo fuese una mentira, que borre lo sucedido, que cure lo incurable, usando su gracia divina, aquel que hizo el mundo en 7 días, el Alpha y el Omega... pero nada paso, lo sabía, me hubieran llamado al instante y no solo eso, mi alma hubiera regresado a mí y así saber que mis plegarias fueron cumplidas, patrañas, solo una cosa he pedido en mi vida y no me han escuchado.

Recurriendo a la desesperación de un ser sin alma, sin esperanza, sin vida, pero viviendo, así sea una pesadilla grotesca, pero viviendo. Si eso se le puede decir vivir, Este poeta no terminará su odisea espiritual en busca de un deseo divino y tocaré a la puerta de donde todo sufre, donde todo es frío cada vez que bajas los escalones, donde al final está el más hermoso pecador y siniestro de la existencia castigando a los tres malditos traidores, le pedí al que me robó que me la traiga de vuelto, a la misma muerte, suena a demencia a punto de entrar en estado sólido, pero este cuerpo andante estaba al borde de apagarse a su mismo, todo era una opción, suplique a la muerte un trato, cualquiera que sea, pero que me devuelva mi alma y me refiero a mi amada Letizia y para atraer a lo más maligno solo se me ocurrió, blasfemar su nombre y sus acciones, negando sus hechos y tildando de cobarde si no hace presencia ante este ser desalmado, con los dedos entrelazados apretados con una furia tal que la sangre manchaba la alfombra, mi sangre brotaba de mis labios, por apretarlos para blasfemar con estilo perverso y real, si no sangré por los ojos mediante mis lágrimas, fue por qué ya me había desangrado, no caí, solo me quedé en esa posición esperando mi muerte, mi tan esperada muerte, que con locura anhelaba, el frío más poderoso me rodeaba, este frío que quemaba solo al estar en contacto con la piel viva, lo que multiplicaba mis ganas de morir, de un momento a otro perdí la visión, perdí el olfato y con el olor a sangre, su sabor se fue a continuación con la pérdida del gusto, no sé cuándo perdí el tacto, porque yo no sentía nada desde que la maldita palabra fue nombrada.

Más que preparado para ir a donde el maldito destino me designó, para apagar mi agonía y tratar de buscar una segunda muerte en el más allá, una luz se acercó, pensé que era la luz de la muerte, pero aquella voz me susurró.

— Acepto tu trato.

 

 




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