—¿Los pedófilos se vuelven curas o los curas se vuelven pedófilos? —aquella pregunta me trajo de vuelta a la realidad. No sabía cómo había llegado a su lado. Me sentía cansado, fatigado; no había dormido... o eso suponía. Creo que nunca llegué a casa. Me preguntaba por qué me encontraba en el colegio, cuando lo único que quería era dormir. La sensación de mi cuello rompiéndose seguía presente, con ese crujir de huesos que hacía eco en mí, pero era aún más vívida la sensación de sus labios besándome suavemente, como si pidieran ser amados.
—Se vuelven —respondí.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Fumio.
—Los niños son... débiles, lo cual los deja a merced de alguien que adquiere poder. Que pase una vez es malo, que pase dos es raro, pero cuando ocurre miles de veces, ya es una tendencia que debe observarse con cuidado —dije, tratando de sonar profundo.
—Dices que la maldad de las personas depende del poder que tienen sobre los demás —añadió Fumio, con curiosidad.
—La maldad, como la conocemos, sí. Es dependiente del poder que tengamos... o creamos tener —afirmé con seguridad.
—¿Te llamo Camus o Aristóteles? Quien te escuche y no te conozca pensaría que eres inteligente —dijo Fumio con una risa—. Tengo otra pregunta: ¿tetas o culo?
—Personalidad. Las mujeres no son un objeto que podamos juzgar por dos características. Tienen muchas cosas buenas y son el pilar de la humanidad. Deja de degradarlas de esa manera, realmente me decepciona tu pregunta —dije con seguridad.
—Tetas —dijo Fumio.
—Culos —respondí.
—Ambas —aclaramos los dos, dándonos la mano.
Ya era hora del almuerzo. El tiempo pasa volando cuando no prestas atención en clase. Quería dormir hasta el final del día, pero Fumio insistía en que saliéramos del salón.
—Tengo otra pregunta que le escuché a Martí —dijo Fumio.
—¿Quién es Martí? —pregunté.
—Es el chico que está sentado al lado tuyo desde esta mañana.
Volteé a mirarlo, sorprendiéndome al ver al chico que siempre pedía trabajar solo cuando el profesor decía que hiciéramos grupos. No lo había notado hasta ese instante, pero nos miraba con una mezcla de felicidad y nervios.
—¿Seguro no es un secuestrador? —le pregunté a Fumio.
—No... creo. Dijo que eran amigos antes —respondió, formando un nuevo silencio.
—¿Eres un secuestrador? —le preguntó Fumio, a lo cual Martí respondió negando con la cabeza.
—¿Huimos de él? —pregunté, soltando un gran bostezo.
Me levanté del asiento. Todo mi cuerpo empezó a doler, haciéndome soltar un quejido. Por un instante todo se puso negro; el hormigueo que sentía recorrer mi vértebra era insoportable.
—¿Estás bien? —preguntó Fumio.
—Sí. Vamos a comer —dije.
Los dos empezamos a caminar. Martí se quedó sentado, viéndonos marchar.
—¿No vienes? —pregunté, viendo cómo se levantaba con una sonrisa.
Empezamos a caminar por los pasillos del colegio, que estaban medianamente vacíos. Sentía como si estuviera en un laberinto: el dolor de cabeza empeoraba por el ruido que hacían los demás estudiantes. Cada paso que daba incrementaba aquel hormigueo que se acumulaba en mi cuello.
—¿Ustedes tienen novias? —preguntó Martí.
—Ese de ahí, jamás, ni por equivocación ni pagando, ha tocado una teta en su vida —dije, apuntando a Fumio.
—Tú tampoco has tocado una —dijo Fumio.
—¿Seguro? —pregunté, poniendo mis dos manos en su pecho—. Qué buenas chichis —dije, apretando—. ¿Quieres tocar? —pregunté mirando a Martí.
—No, ya he tocado las de una mujer —añadió Martí, con una sonrisa de satisfacción.
—¿Qué? ¿Nos estás humillando? —preguntó Fumio, tocando mi pecho.
—Te adoptamos y así nos pagas —añadí, fingiendo estar decepcionado.
—Cría cuervos y te sacarán los ojos —dijo Fumio.
—Quien buen ajo planta, buen ajo arranca —dije.
—Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.
—El tiempo pasa, con pena recordamos.
—El león juzga por su condición.
—El que en invierno tiene poca ropa, en verano la tiene de sobra...
Estuvimos diciendo refranes hasta llegar a la cafetería. Martí solo nos miraba, preguntándose el motivo por el que caminaba con nosotros.
—Lo siento, no era... —dijo nervioso, buscando excusarse.
Nos causó gracia y empezamos a reírnos de él.
—Tranquilo, solo jugamos —dijo Fumio, tranquilizándolo—. ¿Tú tienes novia? —añadió.
—Sí —respondió, dejándonos sorprendidos.
Sabíamos que no éramos los más guapos del colegio, ni del mundo, ni del universo. Éramos decentes, muy poco decentes, pero al lado de Martí éramos un diez. ¿Cómo era posible que él tuviera novia y nosotros no?
—¿Amenazas a tu novia? —pregunté, a lo cual respondió con un no.
—¿Eres millonario? —preguntó Fumio, recibiendo la misma respuesta.
—¿Está ciega?
—¿Es hombre?
—¿Está loca?
—¿Le faltan los brazos y piernas?
—¿Tu papá es un mafioso?
—¿Perdió una apuesta?
—¿Conoces un secreto suyo que tiene miedo de que reveles?
—¿Está contigo por lástima?
Preguntamos durante toda la fila hasta que compramos la comida. La respuesta siempre fue la misma: no.
Nos mostró una foto de su novia. Era bonita. No parecía tener ninguna deformidad que le generara un complejo o que la hiciera conformarse con el primer hombre que no huyera al verla. Así que Fumio y yo llegamos a la conclusión de que quería robarle los órganos. Pero mientras fuera feliz, un riñón menos no importaba. Así que dejamos de preguntar.
—Siendo sincero, pensé que eran gays —dijo Martí, sentándose con su bandeja de comida.
—No somos —respondió Fumio, sentándose a mi lado.
—¿Cómo que no? ¿Y cuando nos besamos, no significó nada para ti? —dije, exagerando mis expresiones.
—Hey, solo fue una vez. Aparte, no significó nada —respondió Fumio.
—¿Cómo que no significó nada? Para mí fue el momento más especial de mi vida —dije, fingiendo llorar.
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Editado: 27.08.2025