A Través del Tiempo

Capítulo 8- Lo que se revela

La noche, más clara de lo habitual, parecía contener la respiración. Esther, de pie en medio del claro, giraba lentamente, dejando que la brisa le moviera el cabello. Sus ojos brillaban, llenos de asombro.

-Es increíble -dijo de pronto, mirando a Edwyn con una sonrisa luminosa-. ¿A ti también te parece fabuloso? Tanta luz en la noche, y todo proviene de bichitos tan diminutos... Se ve glorioso, como un cielo estrellado que respira.

Edwyn, apoyaba los codos en las rodillas. La observaba sin decir nada. Cuando ella habló, esbozó una pequeña risa nasal, breve, casi imperceptible. Luego, sin dejar de mirar al suelo, murmuró:

-¿Eso te parece asombroso?

Esther se rió nerviosa, rascándose la nuca.

-Realmente no sé... simplemente me parece hermoso.

Edwyn levantó la mirada hacia las luciérnagas, con una mueca entre extrañada y resignada.

-Qué raro. Las luciérnagas están por todos lados. No entiendo cómo alguien nunca ha visto una.

Esther no respondió. Se limitó a sonreír de lado, mientras jugaba con una ramita que encontró cerca del arroyo. Entonces, un insecto enorme empezó a trepar por su pierna sin que ella lo notara.

-No te asustes -dijo Edwyn de pronto, con una media sonrisa que se le escapó sin querer-, pero tienes un gran bicho en la pierna.

Esther se quedó inmóvil. Bajó la vista lentamente. Sus ojos se abrieron con horror.

-¿Qué? ¿Dónde?

-¡Ahí! -respondió él, señalando sin moverse.

Ella pegó un salto, soltó un chillido ahogado y trastabilló hacia atrás. El pie se le fue en un desnivel del terreno y cayó de espaldas con un golpe seco.

Edwyn soltó la carcajada. Se tapó la boca, pero no pudo contenerse.

-¡Jajaja! Ay no... ¡qué drama! Te caíste por un bicho... -dijo riendo-. Eso sí que es exagerado.

Esther se quedó en el suelo, mirándolo. Parpadeó dos veces. Luego, se tocó la pierna y empezó a fingir una expresión de dolor.

-¡Ay! ¡Mi pierna! -gimió-. Me lastimé. Creo que me torcí algo...

Edwyn seguía riéndose, pero al verla encogida, cambió poco a poco la expresión.

-¿Eh? ¿Te dolió de verdad?

-¡Sí! -insistió ella, aún encorvada, apretando los ojos como si sintiera una punzada-. No puedo moverla...

Él se incorporó, se acercó con cautela.

-A ver... déjame ver. -Se agachó y le tocó con cuidado el brazo para ayudarla a levantarse.

Esther se dejó llevar un momento, como si realmente necesitara ayuda, aunque esto no era así. Hasta que soltó una risita.

-Jaja ay, sí te preocupas por mí.

Edwyn la soltó de golpe, con el ceño fruncido.

-¿De verdad eso te parece gracioso?

-Pues tú también te reíste cuando me caí -dijo ella con una sonrisa ladeada.

Él no respondió. Bajó la cabeza, suspiró.

Ambos se sentaron de nuevo, esta vez en la hierba, uno al lado del otro. El silencio se estiró entre ellos, con el sonido del arroyo y los bichitos flotando como único acompañante.

-De donde yo vengo -empezó ella, rompiendo el silencio-, no hay luciérnagas. Ni árboles como este. Ni aire así de limpio.

Edwyn la miró de reojo.

-¿Cómo que no? Hay luciérnagas por todos lados. Están en cualquier bosque.

-Sí, pero donde yo vivo... ya no existen. Por eso me parecen tan increíbles.

Él frunció el ceño.

-¿Y eso tiene que ver con tu pulsera? ¿Ahí metieron a todas las luciérnagas del mundo o qué?

-¡¿Qué?! ¡Claro que no! ¿Cómo puedes pensar algo tan absurdo?

-No sé qué esperar de usted. Esa cosa brilla como si estuviera viva. Es rara.

Esther dudó. Lo miró fijo. Tomó aire.

-¿Y si te cuento la verdad? ¿Prometes no irte?

Él desvió la mirada.

-Depende.

-Soy del futuro -dijo ella al fin, muy bajito.

El silencio volvió. Edwyn la miró como si no la entendiera.

-¿Qué?

-Que vengo del futuro. Y esa pulsera... es la que abre los portales. Pero está dañada. No puedo volver aún.

Edwyn se paró de golpe.

-¿Me estás tomando el pelo? Eso no es verdad. No puede ser.

-¿Por qué no? ¿Por qué es más fácil para ti creer que soy una bruja?

-¡Porque la brujería existe! y viajar en el tiempo debe ser parte de eso.

-¡No! No son magia. Son ciencia. Tecnología. ¡Es diferente!

Edwyn empezó a alejarse.

-Esto es una locura. No sé qué juego estás jugando, pero ya me cansé, me voy.

-¡¿Ves?! -gritó ella-. ¡Yo sabía que no me ibas a creer! Fingías preocuparte. Querías saber mi historia. Y ahora que te la digo... te vas.

Edwyn se detuvo. Su cuerpo tenso. El corazón le latía con fuerza.

No quería quedarse. Pero tampoco podía irse. La escuchó respirar detrás suyo. Sentía en la espalda su presencia. Y las palabras de ella le retumbaban.

-Entonces... demuéstralo para creerte -murmuró al fin.

Esther levantó la pulsera.

-Está fallando. Pero cuando funciona... abre portales. Va a funcionar otra vez. Lo sé.

Intentó activarla. Nada. Otra vez. Y otra. El brillo no volvía.

Edwyn negó con la cabeza.

-Mentira. Todo esto es mentira.

Se volteó y empezó a caminar para irse del lugar.

Pero en ese instante, un resplandor suave emergió del brazalete. Un pequeño vórtice se abrió en el aire, girando como agua flotante.

-¡Mira! -gritó ella-. ¡Ahí está! ¡Te lo dije!

Edwyn se giró. Lo vio.

Y cayó sentado, como si le hubieran empujado el pecho.

-¿Qué... qué es eso? -susurró.

-Es tecnología del futuro. Eso es. No soy una bruja. Solo quiero quedarme aquí hasta que funcione bien otra vez... Necesito un techo, comida. No haré daño a nadie. Te lo juro.

Edwyn se quedó callado un momento. La cabeza le daba vueltas. No sabía si quedarse allí sentado intentando comprender lo que acababa de ver, o simplemente fingir que no pasó. Esther aún sostenía la pulsera frente a él, con una expresión mezcla de nervios y esperanza. El brillo del portal ya se había desvanecido, pero las chispas azules seguían flotando en su memoria.




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