Acendrada Oscuridad

06

Ya no sé en qué creer, si en mi mente, o en las personas

―¿Identificación? ―una voz auxiliar se escuchó.

Busqué con la mirada hacia todos los lados para ver de dónde provenía.

―Hola, soy Tomoe Hanson, vivo en la casa de al lado... busco a Elías ―hable sin saber a quién me dirigía, lanzando las palabras al aire aún buscando con la mirada.

―El señor Elías no se encuentra en éstos momentos, pero no tarda en llegar.

Busqué y busqué, y no ví rastro o un punto de encuentro referente a la misteriosa voz fonética.

Tenía una caja de pizza vacía en las manos, mis labios se sentía suaves y cremosos por la ligera corteza de aceite quedada en los mismos.

Pensé por un momento mi pregunta.

―¿Es posible que pueda pasar y esperarlo dentro? Es que el sol está muy fuerte y tengo algo muy importante que hablar con él.

―Espere un momento por favor.

Imaginé que la persona que hablaba fue a pedir órdenes, ya que aquel largo momento en el que esperé su respuesta, lo sentí eterno.

―La puerta se abrirá en un momento ―puntualizó la misteriosa voz.

En la cuarta vez de percibír la misteriosa voz, vi de donde salía. Habían unas rendillas en los murales con micrófonos y audífonos dentro de ellas para poder comunicarse con cualquiera que deseara entrar o pedir alguna indicación.

Esperé unos segundos. Cubría mi rostro del sol con las manos para que luego no ardieran mis mejillas y se pusieran rojas al irritarse por la sofocación.

Mi piel había sido muy sensible desde pequeña.

A lo que a mí respecta, no tardaron mucho para que automáticamente la puerta se abriera y me dejara pasar.

―Pase adelante por favor ―dijo la voz proveniente de los altavoces.

No pasé a través de la puerta.

En el justo micro-segundo de poner un pie dentro, el rugido de los motores de un auto deportivo escandalizó el vecindario como si fuera una bestia del asfalto. Un auto que aparcó enfrente de la mansión de Elías. Era él.

―Súbete, tenemos que desenmascarar a Murries ―ordenó Elías con mucho estilo al tener su brazo enyesado sobresaliendo de una de las puertas del auto color rosa.

Elías demandó a qué subiera a su auto, así, sin más; sin un saludo, o algún gesto de sorpresa. Como si ya sabía que estaría aquí... pero, ¿cómo?

¿Por qué su auto era de color rosa?

El automóvil se veía realmente costoso.

¿Qué tipo de carro deportivo era?

Me olvidé de todo para concentrarme solo en él. Me olvidé del sol, de las inmensas casas con murales protectores a largos metros de mi estancia; me olvidé incluso del sereno sonido generado por el deportivo rosa, de los sirvientes vecinos recurriendo a deberes necesarios en las aceras como sacar la basura, de la risa y gritos de los niños en la lejanía del parque burgués.

Me olvidé de todo absolutamente solo para ver la mirada del chico dentro de la máquina andante, se veía imperial, llena de aspiraciones exitosas y adicciones incontrolables de ser el mejor en todo.

Ése color miel de su iris dentro de sus ojos grandes y tiernos, despejaban avasallantemente el sufrimiento de cada persona que se viese reflejado en ellos; dejando así, paz y tranquilidad temporal. Él tenía una mirada relajante, una tez color crema, un rostro muy atractivo y seductor, una nariz fina y, bajo de ella, unos labios que ocultaban la sonrisa más perfecta que había podido ver en la vida, cargándose una hilera perfecta de dientes blancos.

Mi vecino, al tener diez y ocho años de edad, asistía a la misma preparatoria que yo, aunque no en la misma área, resaltando que él culminó sus estudios éste año. Yo estudiaba química industrial avanzada y él biología marina. Común-mente las chicas de la preparatoria se volvían locas cuando lo veían jugar en la cancha de básquet, sin camisa, sudado y con los mechones de cabello negro empapados cayendo hasta su frente. Viéndose sensual y muy deseado.

Elías era esbelto pero con corpulencia, también tenía buena condición física. 
Siempre exhibía sus hombros anchos con camisetas sin mangas.

―¿Desenmascarar a Murries? ¿Por qué has tratado de espiar a mi padre todo el día? La verdad que aún no entiendo que intentas hacer. Además ¿Cómo sabes dónde está Murries? ―le pregunté y lancé la caja vacía de pizza para que se hiciera cargo de ella.

La caja cayó dentro del automóvil.

―No he tratado de espiar a Murries todo el día. Estaba fuera de la ciudad haciendo algunas cosas que después te contaré. Por favor, sube al auto, estamos perdiendo tiempo ―me ordenó otra vez.

Lo pensé.

Aún con el brazo enyesado recayendo en la puerta, me lanzó una sonrisa ladina en la que se mostraban sus perfectos dientes.

«Awwww, moría de ternura, se veía tan precioso sonriendo, ¿cómo podía resistirme a tanta belleza?».

Pensé en hacerme la dura. Obvio no podía mostrar que su belleza me convenció. 

Entonces mentí.

―Iré contigo solo porque el sol está demasiado fuerte y estoy sudando mucho. Además de eso necesito hablar contigo sobre algo que me tiene muy mal.

Él rió a carcajadas.

¿Por qué?

¿Se vió muy falso?

¿Demostré debilidad a su sonrisa?

―Fingiré que creí tus palabras ―volteo su cabeza hacia el parabrisas delantero para dejar de mirarme, esperando a que abordara.

―¿Qué? Todo es cierto ―aclaré.

La verdad sí era cierto, pero el motivo que según yo le propuse, no era el correcto. Su ternura convencedora sí.

Hacía mucho calor, pero creí sentir que el sol estaba bajando para ocultarse y dar paso a la llegada de la luna.

Rodeé el deportivo rosa de Elías y abrí la puerta del copiloto. Para mi sorpresa su perro burgués lo acompañaba con alegría. Pachito comenzó a ladrar apenas me vio, siempre que percibía mi olor comenzaba a ladrar de emoción, o por lo menos así lo tomaba yo.

―Hola precioso, ¿Cómo has estado? ―hablé con ternura, como si le estuviera hablando a un bebé, hablé para no recibir una respuesta.



Jasiel

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En el texto hay: adolescentes adultos, amor pasion, muertes y dolor

Editado: 12.06.2020

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