Ahora Que Es Verano

Seis

No me hizo falta encender el termo pues aquel día apretaba mucho el calor, así que dejé que el agua fría cayera sobre mi pelo y mi piel en el plato de ducha mientras acompañaba la acción con un enjabonado.

Aquel simple gesto, me hizo sentir más despierta que el café, pero solo por lo bruscamente gélida que me resultó el agua.

Al salir me sequé con una de las toallas que había traído en mi mochila y me miré en el pequeño espejo redondo que había sobre el lavamanos, solo se veía mi rostro, me sequé con otra toalla el pelo mientras no quitaba la vista sobre mí, probablemente se me quedaría un poco encrespado, pero no me importaba mucho.

Antes de meterme en el baño había pasado por mi cuarto para cogerme un conjunto, un pantalón corto negro y una camiseta blanca con los bordes negros, algo básico, algo veraniego.

No tenía muchas ganas de arreglarme por lo que me pinté los labios con un color claro y salí del baño.

Por lo menos el cambio de ahora a como me había levantado era bastante grande si se comparaba, pues Oscar me había visto con un moño desecho con el que había dormido, y como pijama una camiseta ancha desteñida.

—¿Lista? —preguntó su característica voz grave pero amistosa, estaba sentado en el sofá, de espaldad a mí.

—Eh…—guardé mi móvil con su llamativa funda amarilla en el bolsillo derecho, y las llaves que me había dado Oscar en el otro (las cuales tenían un llavero de goofy funko pop colgando) como en la funda del móvil siempre llevaba cinco euros no me hizo falta llevar dinero, aunque claro, no me hubiera cabido nada más, odiaba que los bolsillos en los pantalones de las tías fueran tan pequeños— Sí, sí, cuando quieras nos vamos.

Ágilmente se puso de pie y con dos zancadas ya estaba en la puerta (ventajas de un piso pequeño, ventajas de medir 1’80)

Abrió la puerta y salimos por ella, dio dos vueltas al cerrojo y nos dirigimos a bajar las escaleras.

—Está en un buen sitio, quizá podamos hacer un poco de turismo, si te apetece, claro.

—Tengo las pilas cargadas, así que dalo por hecho.

Estábamos bajando las últimas escaleras cuando Oscar se percató de que había alguien en la zona de buzones.

—¡Gerard! —saludó.

El corpulento hombre, tanto por alto como por ancho se giró, tenía una melena rubia por encima de los hombros que se notaba un poco grasa, unas cholas azules y una camiseta que alguna vez debió de ser blanca conjuntada con un bañador largo negro, al girarse, sonrió a ver a mi primo, no pude analizarlo más puesto que su espejo del alma lo tapaban unas bastas gafas negras.

—¡Pego bueno, si es oskita! Me pagese que no nos veíamos desde la semana pasada, he estado pagticamente en la playa, ¡Adogo el mag! ¿Has visto que mogeno estoy? —Dijo con un marcado acento francés.

—Uy, sí, porque estabas parado frente a tu buzón, ¡Eh!, sino ni te reconozco —Bromeó Oscar.

—¡Jajaja! —el francés posó la mirada en mí— Pegdona mi indiscreción, pego, ¿Quién es?

Oscar se giró para comprobase que efectivamente estaba hablando de mí.

—Soy su prima —me adelanté a contestar.

 Su boca formó una gran “O”

Compengo, tenéis la misma nagiz.

Y sin añadir nada más nos esquivó para subir las escaleras, con su puñado de sobres y folletos de propagandas en mano.

Miré confusa a Oscar pero él me hizo un gesto de “luego te explico”.

Sin decir ni pío nos dirigimos a la salida y nos encontrábamos de lleno en las calles de Barcelona.

Eran finales de junio, faltaba poco para adentrarnos en julio, era un miércoles, y aún así, había varias personas caminando por la calle, cada uno con su propio estilo y con sus propios andares, pero todos tenían en común dos cosas; se centraban en ellos mismos, nadie miraba a nadie (o al menos en aquel momento) o con los cascos o con la cabeza bien alta se dirigían a su destino, siendo eso la cosa que todos tenían en común, sabían a donde se encaminaban.

Una vez más parecía que todo el mundo tenía controlado su futuro menos yo, recordándole el mundo mi mayor miedo; por mucho que lo intentara, por mucho que lo quisiera, no podía tenerlo todo planeado, al menos, no a largos plazos como yo quería, podría controlar cruzar una calle u otra, pero nunca la clase control que a mí me gustaba, era la única forma de tranquilizarme, saber que iba a pasar.

Quizá por eso me gustaba escribir guiones, porque cuando acababa de escribirlos lo conocía todo, conocía cuando empezaba, conocía a los personajes y lo más importante conocía cuando todo acabaría.

—Gerard es nuestro vecino de la puerta de enfrente, es un buen chico, aunque es un poco rarillo, ¿sabes?, lleva como un año cobrando el paro y se pasa el día tocándose los huevos y así será hasta que se le acabe, es mi ídolo. Por cierto, ¿Qué tal vas con las arquitecturas? —Inquirió Oscar.




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