Albino: Bajo la cubierta de sangre Ii

Capítulo V: Rencor

RENCOR •

Por varios días me quedé mirando el frente y dorso de mis manos sin poder reconocerme.

No podía entenderlo.

Estaba sorprendida, pero a la misma vez decepcionada.

Ahora sabía porque todos me estaban buscando. No solo era porque mi sangre era especial, sino porque encima, era la hija de Layla, la única albina que en su momento había sido usada como ganado de los vampiros hasta que, mi padre apareció.

¡Demonios!

Ya no sabía en qué pensar.

Mi padre no solo había sido un hombre cruel, frío e imponente. El bastardo había sido un maldito vampiro.

Me revolví el cabello, me sentía triste y enojada.

Hice mis manos puño.

Odiaba lo que era y ahora más que nunca lo entendía.

—¡Maldición! —espeté con fuerza mientras golpeaba la corteza de un viejo árbol.

Algunas aves salieron volando sobre mi cabeza mientras que otras tantas más solo revolotearon.

Miré hacia arriba, deseando con todas mis fuerzas que lo que Aston me había dicho días atrás fuera una mentira, pero... no lo era, todo lo que él había dicho había sido verdad.

Itan y yo éramos el producto de una mezcla rara entre un vampiro y un humano, ambos éramos la última de las especies prohibidas por los vampiros; el linaje que no podía darse; la clase que nunca sobrevivía y... la razón por la cual antes de ser transformada, una relación como la de Edward y la mía habían sido restringidas.

Toda mi vida había sido una estúpida mentira, y ahora más que nunca entendía el porqué de muchas cosas.

Mi apariencia cuando era humana, mi físico, mis sentidos, mi apatía, el lugar en el que vivíamos, incluso la singular manera en la que mis abuelos me trataban.

Dejé escapar un suave suspiro.

No solo era porque mi hermano y yo éramos los únicos albinos, sino porque nuestra naturaleza siempre había sido distinta.

Una tonta risa se escapó de mis labios, todo comenzaba a tener sentido. Todos nos estaban buscando y ahora Ferid, aquel maldito vampiro ya me había encontrado, solo era cuestión de tiempo para que nos volviéramos a ver, él lo había prometido.  

Toqué mi cabeza con la punta de mis dedos mientras cerraba los ojos, luego suspiré.

—Lamento que te hayas tenido que enterar de esa forma —dijo de pronto su voz a mis espaldas—. Pero fuiste tú quien hizo esas preguntas.

De momento no le contesté.

No tenía deseos de hacerlo, mucho menos de volverme hacia él. Temía mirar sus ojos y devolverle todo el odio que le estaba aguardando. De hecho, no quería ver a nadie de su familia, sentía que los odiaba.

Ellos lo merecían, no solo habían llegado a vivir cerca de mí por casualidad, sino que ellos, los Easley, habían llegado a cumplir con un único propósito en su vida: encontrarme, tal y como aquel otro vampiro lo había hecho, solo que a diferencia de Ferid, Edward terminó enamorándose de mí lo que provocó que tanto sus planes como nuestras vidas cambiaran.

Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás esperando a que las lágrimas brotarán, sin embargo, no estaban saliendo, no sentía deseos de llorar e inclusive, ya no sentía deseos de nada.

Lo único que quería en esos momentos era estar sola y deseaba estarlo para siempre.

—Se lo duro que fue para ti enterarte sobre esto. —Me dijo parándose a uno de mis costados—. Pero tarde o temprano tenías que saberlo, solo… que no así. Yo debí haberte dicho todo lo que sabía desde un principio.

—Claro que debiste —refuté—, pero siempre has sido muy egoísta.  

Mi espontánea respuesta fue muy obvia.

Lo oí suspirar.

—Solo piensas en ti.

—Lea. —Me dijo—. Somos vampiros. Jamás pensamos en nadie más hasta que es necesario.

De repente negué, no por lo que él había dicho sino porque aun cuando aquellas palabras habían sonado tan duras, yo sabía que eran verdad. Nosotros los vampiros jamás pensábamos en nadie más que en nosotros mismos; somos fríos, egocéntricos, obstinados, incluso hasta sarcásticos.

Siempre tratábamos de obtener algún tipo de beneficio sin importarnos los medios.

Así es como habían sido los Easley conmigo al haberme ocultado la verdad.

Eché a reír.

Edward tenía razón.

«Lea…»

—Descuida —murmuré al oír tono melancólico con el cual me había llamado—. No tienes porqué sentir pena por mí. Creo que desde un principio ya lo sabía. Lo supe desde el momento en que tu padre me miró. —Mi voz sonaba con pesar—.  Por favor Edward, retírate. Quiero estar sola.

Él me miró.

En sus ojos había una especie de lástima, no fue necesario preguntarle si la sentía, yo misma podía comprobarlo.




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