Albino: Bajo la cubierta de sangre Ii

Capítulo X: Barnerude

BARNERUDE •

—Pasajeros con destino a Barnerude, favor de pasar a puerta número 2.

Escuché a la mujer de cabellos rizados y cobrizos hablar por tercera y última vez mientras anunciaba nuestro vuelo.

Había decidido a última hora dejar a Arlus en casa, no sin antes haberle dado poco de mi sangre. Últimamente hacer eso me provocaba un gran dolor de cabeza, aunque era por mucho menos intenso que con Ferid, ya que con él sentía otro tipo de cosas, era como si mi cuerpo lo rechazará. Maldición. Con tan solo imaginarlo sentía náuseas.

Apreté los labios y miré de reojo a aquel hombre que estaba parado a mi lado, su porte es elegante, Ferid había decido usar un traje sastre hecho a la medida y demasiado ostentoso, no estaba usando su clásica ropa, supuse lo había hecho para pasar por desapercibido entre la gente que lo miraba, para ellos, él era como un Dios ante sus ojos. Todos le miraban en silencio, sin embargo, sus pensamientos los delataban, no importaba si eran hombres o mujeres, todos querían poseerlo y por eso lo odiaba.

Ferid no era más que otro vampiro mentiroso, cruel y despiadado. Un convenenciero y un maldito oportunista que parecía disfrutarlo.

—¿Aún sigues molesta?

Me preguntó frívolo y lleno de orgullo cuando se posó frente a mí.

Apenas y lo miré.

Era obvio que aún continuaba molesta, no obstante, mis sentimientos de odio hacia él ya no me eran tan difíciles de controlar; de cualquier forma, lo que él había hecho ya estaba hecho y eso no se podía cambiar.

—Bien, como quieras —dijo al bajar su mano cuando me la ofreció, pero yo no la tomé, luego dio media vuelta—. Date prisa o el avión nos dejará.

Sin decir algo me puse de pie y caminé hacia lo que me deparaba mi nuevo destino, sabiendo que dejaba atrás a mi creador y al hombre que alguna vez fue mi mejor amigo.

✤✤✤✤✤✤

—Es una linda tumba —musité con voz calmada y sin quitar mis ojos de aquel grabado en donde se marcaba en un alto relieve su nombre.

—Supuse te gustaría.

Escuché a Arlus decir a mis espaldas.

—Sí. Es un bonito lugar —dije al voltear por sobre mi hombro—. A Matthew siempre le gustaron los atardeceres, y estar junto a sus padres lo hace un poco más… especial.

—Entonces me alegra haber tomado la decisión correcta, aunque lamento que tu amigo haya muerto.

—Sí, yo también —susurré con el rostro frío por la noticia, aún no podía creerlo—. Él no merecía morir en la forma en que lo hizo —dije con un nudo en la garganta—. Él debió haberse convertido en un adulto, debió haberse enamorado y casado, tener dos hijos y morir junto a su esposa. Esa era la clase de vida que yo deseaba para él, pero por mi causa... hoy está aquí.

—Y lo estaría de cualquier forma —acentuó, frívolo como siempre—. Lea, tú no tienes la culpa de lo que le pasó. Él conocía y aceptó los riesgos; además, no sabías que Ferid lo buscaría.

—Pero debí haberlo sabido —aludí apretando los dientes—. Debí haber intuido que Ferid no se quedaría con los brazos cruzados y que tomaría venganza. Debí haberlo protegido.

—Igual que yo —comento de pronto aquel vampiro de ojos serios en la distancia—. Lea, yo no lo conocía mucho y tampoco era como si hubiera sido mi mejor amigo, pero para ti ese chico era especial y yo juré protegerte. Prometí que nadie te dañaría y Ferid de alguna forma se las arregló para herirte. Yo sabía que él era un vampiro despiadado, pero nunca imaginé que fuera aún peor, él ni siquiera se alimentó, solo se divirtió con Matthew, lo torturó y mutiló sin ninguna clase de misericordia.

Recordar las imágenes que Arlus me había mostrado habían sido dolorosas.

Haberme llenado de sus memorias hacía que mi corazón doliera. Jamás iba a volver a ver a Matthew, jamás iba a volver a tocarlo o a escucharlo, él jamás iba a saber que ya lo había perdonado y que siempre iba a tener —aun cuando lo negara— un lugar especial en mi corazón.

—No imagino la clase de dolor que debió haber sufrido.

—Sí, yo tampoco. —Me contestó Arlus a mi lado—. Ferid fue demasiado cruel, aun así… creí que podía salvarlo, pero cuando Leonard y yo lo encontramos... él ya estaba frío —dijo con un sentimiento distante y un vacío descomunal en sus ojos—. Intenté recuperar un poco de sus memorias, pero solo pude rescatar lo que te mostré.

Al escucharlo, cerré los ojos con dolor y supliqué al universo por él. Recé por su descanso y porque su alma encontrará la paz. Matthew no merecía morir en la forma en que lo hizo y, sin embargo, lo había hecho con una sonrisa. El idiota había sonreído al haber susurrado mi nombre y lanzar su último suspiro.

—¿Y Frank? —pregunté de repente por él al haberlo recordado—. ¿Cómo está?

Supuse se encontraría devastado, después de todo, perder a su único hijo y a su nieto en muy poco tiempo no era algo sencillo, sin embargo, la respuesta de Arlus me hizo voltear a mirarlo.

—Él está bien. —Me contestó apenas—. Leonard lo llevó con su padre y entre él y Victtoria cambiaron sus memorias. Para Frank, Matthew jamás existió.




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