Albino: Bajo la cubierta de sangre Ii

Capítulo XI: Alimento

• ALIMENTO •

¿Peligroso?

Eso es lo que había dicho Ferid, pero para mí aquella palabra ya no significaba una amenaza, al contrario, implicaba un reto, una nueva aventura, aunque no tenía tiempo para ello, necesitaba concentrarme en encontrar lo más rápido que pudiera a Itan, necesitaba forzar a Ferid a ir con Sebastián lo más pronto que me fuera posible, sin embargo, poco podía hacer ya que el bastardo me había encerrado.

Me encontraba en un pequeño castillo ubicado en el interior del bosque, estaba algo desgastado por fuera, pero en ciertas zonas aún se conservaba, clásica guarida de un vampiro tradicionalista o al menos, el de un cuento de ficticio.

Sonreí para mis adentros, para ser un lugar bastante alejado de todo me sentía cómoda, supuse que una vez que entrara a su castillo podría encontrarme con muchos otros vampiros. Me preguntaba: ¿Cómo serían? ¿Qué clase de rasgos tendrían? Su clase, su etnia, su físico, sus sentimientos. Serían jóvenes o viejos, buenos o malos. Serían igual que Ferid o igual que los Easley. Una y mil ideas cruzaron por mi cabeza, estaba ansiosa de poder encontrarlos y hablar con ellos, aunque no estaba segura de sí se convertirían en amigos o enemigos, aunque esto en alguna parte de mí poco me importó, porque yo no había llegado a este lugar a hacer amigos; aunque sabía por lógica que tendría muchos enemigos, porque una vez que el resto de los clanes se enterará de que estaba al lado de Ferid y que estaba más cerca de ellos que antes, era obvio que vendrían a buscarme.

Literalmente, me había entregado y les había hecho más sencillo su trabajo, sin embargo, sabía que Ferid no iba a traicionarme, él tenía un plan para mí y como yo lo veía, ahora que él me había encerrado él no estaba dispuesto a entregarme a nadie, así lo había sentido y así lo había visto cuando bebí de su sangre. Ferid me había transmitido sus sentimientos y esto era algo que de alguna forma me convenía.

—Así que… ¿Cuándo voy a conocer a los demás? —pregunté caminando a sus espaldas y ver el lugar al que habíamos llegado.

Era una clase de estudio, amplio y con muchos libros.

—¿Conocer... a los demás? —inquirió él al rodear un piano.

Su pregunta me hizo fruncir el ceño.

—Sí, a los demás —repetí al alcanzarlo.

—Si te refieres a los demás por otros vampiros… —dijo al sentarse frente al instrumento—. No hay otros. Solo somos tú y yo.

Por unos momentos me quedé en silencio mientras trataba de procesar sus palabras. No era posible que solo fuéramos él y yo, si cuando había entrado a su castillo pude percibir más de un aroma.

—¿Acaso es una broma? —espeté al recargar mi mano con fuerza sobre la tapa del piano.

—Te parece que lo es. —Me contestó mirando mi mano—. Soy un vampiro solitario —dijo—. ¿Por qué creíste que encontrarías a alguien más aquí a parte de nosotros dos?

Fruncí mi ceño.

—Porque puedo sentirlos.

Dicho esto, Ferid levantó una ceja y me miró con más curiosidad, como si tratará de inmiscuirse en lo más profundo de mi ser.

—Sentirlos... ¿dices?

El tono de su pregunta había captado mi atención.

—Sí —afirmé—. Sé que hay varios vampiros más aquí, así como también puedo sentir que hay un par de humanos, aunque eso es absurdo porque de ser así ya los hubieras asesinado, ¿o no?

—Vaya, que interesante —murmuró al ponerse de pie—. Y yo que pensé que estaban muy bien ocultos.

—¿A qué te refieres?

Lo oí suspirar.

—A que eres asombrosa —declaró al venir una vez más a mí—. Ni tú misma madre podría ser tan intuitiva. Me sorprende ver lo capacitada que estás y lo mucho que han mejorado tus poderes.

—Entonces… ¿Si lo hay?

—Claro que los hay, solo que… no están aquí para hacerme compañía, sino para servirme.

—¿Servirte?

En ese momento sus labios se fueron hacia arriba.

—Ven aquí, mi pequeña doncella. Te mostraré.

Por unos segundos dudé en aceptar su mano, pero finalmente terminé caminando junto a él por un delgado pasillo hasta llegar a unas viejas escaleras, estaba algo oscuro, sin embargo, Ferid estiró su mano y con un chasquido creó una pequeña bola de fuego.

—Vamos, entra.

Me exhortó a seguirlo, pero no era como si yo quisiera hacerlo ya que una vez que me vi parada en la entrada mi cuerpo se paralizó, mis ojos se habían abierto en más de una forma, palpitaban dolorosamente junto a mi corazón.

—¿Qué es esto? —pregunté con el habla apenas estable.

—Solo lo que tu cuerpo necesita.

—Comida… —susurré sin pensarlo.

Volver a imaginar en mis labios ese dulce sabor a sangre me dejó sin las armas necesarias para defenderme. Estaba temblando. La sola idea de volver a sentir aquel líquido viscoso atravesar mi garganta fue fascinante.




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