Alma Salvaje [serie Ice Dagers 6]

Capítulo 11

 

 

ILUMINADO POR la tenue luz de un fuego lejano, Sean se sentó en la banca en donde estaba Aria, evitando que su sonrisa partiera su rostro en dos. Colocó su plato de metal quemado y arañado por demasiado uso en la mesa, la carne cocida apenas olía a algo, le faltaba sal y esa mezcla de condimentos que a él tanto le gustaba.

Pero era carne, y aunque fuera de perro, comería igual.

—Tienes toda una banca en la que acomodar tu torpe figura ¿Por qué tienes que sentarte tan cerca de mí?

Porque lo necesitaba.

Todavía sentía los vestigios del miedo que atrapó su corazón cuando la vio trepar esa cadena, la desesperación al oír a Kyle anunciar la muerte que le esperaría al llegar arriba.

El puma seguía molesto por su acción, inconforme aun cuando la había salvado de su caída.

—Puedo sentarme donde y cuando quiera.

La mujer refunfuñó bajo mientras se acomodaba en la banca, Aria ya había terminado su cena, rasgaba la mesa de madera con una de sus garras.

Algo curioso, era que ella debería haberse ido a la celda como cada noche después de cada insípida cena, pero esta vez no lo había hecho.

Sean quería creer que su dama de hielo se estaba derritiendo, y que eso se debía a esa pequeña fractura apenas perceptible cuando la atrapó. Entre sus brazos, sintió su calor aumentar, sus ojos por un fugaz momento ya no eran fríos, su seria expresión dejó ver por lo que duró un latido, a la mujer que era por dentro.

Estaba seguro, Aria no era una mujer fría e insensible como decía su reputación, ella simplemente lo demostraba en el exterior. Eso reavivaba sus esperanzas.

Así que, aprovechando que no había huido al interior de la celda, Sean decidió indagar más.

— ¿Puedo preguntarte algo sin que me arranques el pellejo?

Ella detuvo sus movimientos, tensó su cuerpo, pero luego se relajó en un suspiro.

—Adelante.

— ¿Por qué eres así?

Los murmullos de los demás, que permanecían cerca de la fogata armada con la madera de las cajas, eclipsaron el ruido del tamborileo de sus dedos.

—Soy así porque así debo ser.

—Tu condición de alfa no te hace ser así —respondió y luego dio un mordisco a su carne.

—Si lo hace —murmuró inspeccionando con su mirada a las demás—. Soy así porque es lo que me funciona para llevar adelante mi vida.

— ¿Eres feliz? —ella lo miró, arqueando una ceja—. Quiero decir ¿Eras feliz antes de terminar aquí?

Aria volteó, la luz del fuego iluminó su rostro, transformando sus ojos azules en grises, sin signos de ese temperamento volátil que haría a cualquier hombre arrodillarse a sus pies.

—La felicidad del clan es la felicidad del alfa.

Sean contuvo la risa para no atragantarse con su comida.

Prácticamente eso significaba que si el clan era feliz, el alfa era feliz.

—Oh vamos, eso es estúpido ¿De verdad crees en el famoso código?

Ella le quitó la mirada de encima y retornó a jugar con sus garras en la mesa.

—El código rige nuestras vidas Sean, nos mantiene por un camino.

En eso tenía razón, pero ese pedazo de papel del cual cada alfa en el mundo tenía copia, había sido creado cuando los primeros cambiantes fueron liberados de los laboratorios en los que fueron creados. Fue inventado como una manera apresurada de dirigir sus vidas. Y eso sucedió hace más de cien años.

—Pero no es obligatorio seguirlo, y eso que dijiste es lo más egoísta que un alfa puede decir.

Claro que, ver a los miembros de su clan sanos, felices y a salvo era motivo de alegría para cualquier alfa, pero no debería ser el único motivo para ser feliz.

Seguir esa regla implicaba abandonar cualquier búsqueda de felicidad propia.

Tal y como lo hacía ella.

—Cada quien es dueño de sus decisiones, tú puedes ignorar el código, corromperlo y hacer tus propias reglas así como yo puedo seguirlo al pie de la letra.

—Sí, pero eso no responde mi pregunta.

Había algo que iba más allá del código, algo más profundo que le hacía alejarse de todos, incluso de los miembros de su propio clan. En los dos años que llevaba persiguiendo a esa mujer, aprendió muchas cosas. Como la fascinación que tenía por correr a medianoche en el bosque, o la inteligencia que la llevaba a pensar cada acción a seguir, o la extraordinaria habilidad que tenía para hacer de un simple trozo de madera una obra de arte. Aria dirigía un pequeño pero funcional taller de carpintería en la ciudad de Lake Saint Jerome, el negocio estaba en auge lo que le permitió a ella y a su clan pagarle las tierras que Sean les había prestado.




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