Almas de Media Noche

Capitulo 6 VINCULO DE SANGRE

Había pasado una semana desde el xirqit. Una semana de silencios incómodos, de preguntas sin respuesta, de sentir mi propia sangre latir con una intensidad diferente. Midas se encerraba en su mal humor, Maeve trataba de esconder la tensión tras chistes más ácidos de lo normal, y Muna… bueno, Muna parecía observarnos a todos como si esperara el momento de revelarnos un secreto que aún no tenía intención de soltar.

Yo, por mi parte, intentaba seguir con mi rutina. Café, polvo, clientes curiosos, discusiones con mis hermanos. Normalidad disfrazada. Pero dentro de mí sabía que nada volvería a ser normal.

Esa noche, mientras cerraba la tienda, lo sentí. Una presión en el aire, como un roce invisible contra mi piel. No era el típico cosquilleo de emociones ajenas: esto era otra cosa.

—¿Merath…? —la voz resonó en mi cabeza, grave, profunda, como si emergiera de mis propias venas.

Me giré de golpe, el corazón latiendo con fuerza. Ahí estaba.

Un hombre alto, imponente, de ojos chocolate claros con destellos dorados que brillaban aun en la penumbra. El mismo del sueño.

Me quedé helada. —¿Tú…?

Él también parecía sorprendido, aunque lo disimulaba con frialdad. Dio un paso hacia adelante, con movimientos medidos, depredadores.

—No puede ser… —murmuró, casi para sí mismo—. Te vi en un sueño.

Tragué saliva. —Yo también soñé contigo.

Sus ojos se entrecerraron. —Eso no debería ser posible. Nadie entra en mis sueños.

Genial, entonces no solo me visita un desconocido con pinta de Matón intimidante, sino que también resulta que compartimos pesadillas en dúo.

—Pues sorpresa —repuse, cruzándome de brazos, aunque el pulso me martillaba—. Aquí estamos los dos. Desconocidos con sueños compartidos. Qué romántico.

Su expresión se endureció. —Esto no es un juego.

—No, claro que no —le devolví la mirada con firmeza—. Tú apareces de la nada, dices que soñaste conmigo y pretendes que no me asuste. Perdona si no te aplaudo la entrada dramática.

El silencio entre nosotros se volvió espeso. Una corriente invisible vibraba en el aire, tirando de mí hacia él. Lo sentía en la sangre, en cada latido. Y por la forma en que me miraba, él también lo percibía.

—¿Quién eres y qué eres? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

Él se inclinó apenas, con voz grave y firme. —Soy Lutgard Vasile. Soy lo que se conoce hoy en día como vampiro. Y lo que llevas en tus venas… está ligado a mí.

Un escalofrío me recorrió. Mi primer impulso fue reír, el segundo, golpearlo. Terminé haciendo lo primero.

—¿Ligada a ti? Vaya forma de presentarse. ¿También dices eso en tus citas?

Él arqueó una ceja, divertido por mi insolencia, aunque sus ojos seguían serios. —No entiendes. Hay un vínculo entre nosotros. Lo siento en mi sangre. Y tú también lo sientes.

Mi respiración se entrecortó. Claro que lo sentía: esa electricidad, esa atracción peligrosa, esa sensación de que mi cuerpo reaccionaba, aunque mi mente gritara que corriera.

—Mira, vampiro sexy pero intimidante —dije con sarcasmo, intentando recuperar control—, no sé qué demonios significa esto, pero yo no pedí ningún vínculo.

Él se acercó otro paso. La distancia entre nosotros se redujo, y con ella, mi coraza. Su mirada penetrante me atrapaba.

—Tampoco yo lo pedí —confesó, su voz bajando hasta un susurro grave—. Nunca soñé con nadie. Nunca sentí algo así. Jamás imaginé estar unido a un… —tomó aire, sus ojos brillaron un instante— ¿elfo? ¿humano? ¿Eres… un híbrido? —terminó con un dejo de desprecio.

Lo que me faltaba: encima de todo, un racista de especies. Qué lotería la mía.

Algo burbujeó en mi interior, y no era precisamente ternura. Era ira. Y como la boca floja que soy, no me quedé callada. Inhalé hondo, imitando su dramatismo, y solté:

—Vaya, vaya… aquí tenemos al hijo perdido de Draculaura: mitad idiota, mitad imbécil.

El silencio que siguió se podía cortar con cuchillo. ¿Arrepentirme? Para nada. Aunque… la forma en que sus cejas se fruncieron, sus ojos comenzaron a teñirse de un rojo tenue y la mandíbula se tensó, me hizo replantearlo por medio segundo. Quizá esas clases de “cómo comportarse como una señorita” que Odvier quería que tomara a los ocho no hubieran sido tan inútiles. Podría insultar con más elegancia en vez de lanzarle dardos directos al ego de un vampiro.

Porque sí, él era un vampiro. ¡Un vampiro! No el vecino idiota que grita cuando pierde al PlayStation, sino una criatura que podía arrancarme la garganta si se lo proponía.

—A ver, calmémonos —dije alzando las manos, notando cómo el silencio se volvía más pesado—. Tú me insultaste, yo te insulté… ¿estamos a mano?

Él me observaba en silencio, y el nudo en mi estómago apretaba más con cada segundo.

—¿Eso fue una disculpa? —preguntó al fin, su voz más grave, más peligrosa.

—No, fue una tregua verbal —repuse, cambiando el peso de una pierna a otra. Bajé la voz, casi murmurando—. No me gusta esta situación.

—Créeme, a mí tampoco —respondió él, los ojos clavados en los míos—. No me gusta no tener el control.

Me estremecí. Por un segundo, vi la verdad detrás de su molestia: estaba tan desconcertado como yo.

—Entonces somos dos —dije, tragando saliva.

El aire entre nosotros vibró, como un hilo invisible que tiraba de nuestras venas. No era confianza. No era ternura. Era algo crudo, peligroso… inevitable.

Él inclinó la cabeza, estudiándome con cinismo. —Debes aprender a controlar lo que llevas dentro. Y yo… debo guiarte.

Solté una carcajada nerviosa. —¿Maestro y alumna? ¡Por favor! Apenas te conozco y ya quieres ser mi sensei vampírico.

Él no sonrió. —Esto no es una elección. Tu sangre y la mía ya decidieron.

Me quedé quieta, el corazón golpeando. Entre nosotros no había un “hola, mucho gusto”. Había atracción, recelo, poder y un vínculo tan real que casi dolía.




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