Amante de la muerte

CAPÍTULO 4: JUSTICIA.

Su rubia melena no dejaba de moverse, ni tampoco sus brillantes ojos color miel dejaban de mirar hacia atrás mientras salía del hospital, las heridas de sus brazos parecían abrirse cuando los movía al correr, y por más que lo intentaba, por más que daba todo y no se rendía, al terminar de correr aquella segunda cuadra, su pierna dijo basta.

Pablo Bravo cayó al suelo mientras suspiraba de dolor, presionaba sus dientes con fuerza, su rostro se había teñido de rojo por la vergüenza y odio, las venas de su frente parecían estallar… y por más que lo intentaba no podía mover la pierna derecha, podía sentirla, pero el dolor era tan fuerte que se había adormecido hasta producirle una parálisis temporal.

《Qué alguien me saque de aquí》 pensaba entre llantos que no quería mostrar.

Tampoco quería regresar al hospital, pero mucho menos, quería ser atrapado por la policía, algunas personas le tenían miedo a la vida y a cometer errores, Pablo le temía a la justicia, a aquella mal ejecutada, a una que sólo pueda perjudicarlo, a su extremidad ante el tema era la justicia divina, creía en un Karma superior, que se encargaba de vengar a aquellos que sufren por otros. Su vida le había demostrado aquello, con padres criminales, desde pequeño tuvo que aprender por la fuerza de sus padres que aquello era algo de lo que personas como ellos debían temer y odiar, le repetían a los tres años de edad en adelante que la justicia no existía, que sólo era un espejo que ocultaba otra de las peores sociedades de la humanidad, la frase "el gato puede ser tan sucio como la rata que captura" se repetía en su cabeza mientras crecía.

Luego de que sus padres murieran en un accidente mientras huían de la policía, su vida cambió, ya que él estaba en el asiento trasero, con tan sólo once años de edad, perdió el conocimiento y no la vida, siendo adoptado por uno de los oficiales al servicio del comisario Pedro Acosta.

En aquel accidente, su pierna derecha había quedado atrapada entre las chapas del auto tan dobladas que nunca pudo ver lo que había quedado de sus padres, el automóvil en el que huían había quedado aplastado por la mitad, y aunque su pierna pudo ser salvada de milagro, la vida de sus padres acabó ahí, acelerando un largo juicio por extorsión, robo a mano armada, asaltos...asesinatos. De una manera u otra ellos iban a perder, y con tan joven edad, Pablo había deseado varias veces aquel desenlace, que le permitiera vivir una vida como todos sus compañeros, dejar de ser un incógnito en la sociedad que lo oprimía.

Ahí, tirado en el suelo, mojado en lágrimas pudo sentir la sensación de temor hacia la justicia que se marchó junto con sus padres. El no dejaba de pensar, tal vez no eran las heridas de la masacre lo que provocaron que su pierna quedará inmóvil ante el miedo, sino el paralelismo inconsciente con sus difuntos padres, mientras huían de la justicia, el accidente era lo que quedaba.

Por más que el oficial Julio cuidase de él hasta que cumplió los 17 años, tuvo un desenlace fatal en uno de sus casos, Julio se había encargado de investigar un crimen, sin saber que aquella escena...se convertiría en su tumba.  Junto a los cadáveres de los asaltados muertos en una lujosa casa de la ciudad, yacía el hombre que se había hecho cargo de Pablo durante años, asesinado, de la manera más horrible, el culpable no fue encontrado.

Pablo Bravo cumplió dieciocho luego de aquel fatal asesinato, sorprendido al enterarse de que aquel bien oficial que lo había ayudado, había dejado encargado a un buen equipo que se encargó de mostrarle la verdad: el se había convertido en el heredero de todas sus posesiones, su casa y auto, absolutamente todo. El joven por primera vez había entendido lo que significaba entregarlo todo por alguien, y como un preludio a su muerte, Julio, preparó todo para que se le fuese entregado a Pablo a penas cumpliese los dieciocho.

Pablo Bravo, aquel muchacho que había olvidado su apellido original, ese que tenía antes de ser adoptado por el oficial Julio Bravo luego del accidente, durante años se culpó por la muerte del único hombre que lo había querido, sintiendo que todo aquel que quisiera estar cerca suyo estaba condenado, aquel pensamiento volvió cuando despertó en el hospital, pensaba que todo era su culpa, que no recordaba sus actos que lo llevaron a la locura.

Una sombra tapó el sol mientras lloraba tirado en el suelo.

—Ayuda...Ayúdame—Le Dijo entre lágrimas al desconocido.

Aquel hombre lo ayudó a levantarse y lo acompaño dejando que apoyará su brazo alrededor de su cuello para poder caminar, llegaron hasta su auto y se marcharon de la escena mientras varios policías lo buscaban por la zona: era un sospechoso, no dejarían que huyera lo suficiente.

—¿De quien te escondes, muchacho?—Preguntó el desconocido.

—De la verdad...—Le dijo Pablo—. De mis actos.

El hombre suspiró y lo miró a los ojos con sentimiento extraño.

—¿Cómo te llamas, muchacho?—Dijo con voz áspera.

—Me llamo Pablo Bravo—Le dijo con confianza—. ¿Usted quién es? ¿Por qué ayudarme?

El desconocido permaneció en silencio durante un minuto largo, hasta que decidió contestarle sin dejar de mirar el camino.

—A nadie le interesa mi nombre—Le dijo—. A diferencia de ti, yo no confío en las personas, no creo que exista alguien vivo que conozca mi verdadero nombre.

Pablo, al escuchar aquellas extrañas palabras, comenzó a sentir un poco de miedo, no iba a negar que el hombre era alguien extraño, que decía cosas extrañas, sin embargo había logrado evadir su pregunta ¿Por qué ayudarlo? De todos modos tenía razón, Pablo era alguien quien confiaba en toda persona, conocida o no...si había algo sí odiaba era la soledad, aquella que irónicamente lo acompañó durante años.

El silencio logró inundar el interior del automóvil por minutos, el aroma a pino fresco se volvía insoportable, Pablo no dejaba de masajear su pierna mientras suspiraba, quería caminar, comenzaba a pensar que era un error dejarse llevar por más palabras de un simple desconocido.



Axel Cataldo Loza

Editado: 26.06.2020

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