Ángel de sangre

Capítulo 24. Amanecer en el nuevo mundo

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Amanecer en el nuevo mundo

 

 

—¿Ellos de verdad pueden hacer eso?

Los ojos del pequeño niño se abrieron en demasía al escuchar todo lo que su abuelo tenía para contarle. Seres con alas enormes capaces de sacudir las copas de los árboles más cercanos cada vez que alzaban el vuelo y habilidades que hacían temblar el suelo cuando eran empleadas. Animales gigantescos que les hacían compañía en el aire y que además podían escupir fuego cada vez que lo desearan.

Todo aquello lo sentía imposible, si se consideraba que vivía dentro de la seguridad que su pequeño hogar le otorgaba. El pensar en algo más allá de los límites de la colonia se le hacía increíble.

—Por supuesto —aseguró el anciano, quien apenas conseguía mantener los ojos abiertos por el constante cansancio que sentía. Además de que pasaba la mayor parte de sus días sentado en la vieja silla de madera que él mismo había construido en su juventud—. Pueden hacer eso y mucho más. ¿Quieres saber sobre un chico igual que tú?

Aiken asintió con vehemencia, a la espera de averiguar información lo más pronto posible sobre aquel niño. El abuelo Cyrus procedió a contarle ahora sobre Xero cuando no era más que un chiquillo soñador que ansiaba viajar por el mundo, sin poder esperar para ayudar a su gente.

—Era un niño molesto —aseguró—. Siempre jaloneaba a su instructor de un lado a otro para aprender sobre las cosas más rápido de lo que podía. A diferencia de los otros duṣṭa, él encontró su habilidad cuando era muy joven.

—¿Cuál era? —lo interrumpió, recibiendo una sonrisa de reproche. Pero es que no podía esperar. El abuelo le había hablado sobre habilidades tan sorprendentes como inútiles y conocer una más, lo emocionaba sobremanera—. ¿Derretía cosas? ¿Podía traspasar paredes? ¿Podía hacer chocolate como mamá?

Sí. Aun con tantas cosas fantásticas, Aiken creía que su madre tenía una habilidad especial para preparar chocolate caliente. Cyrus jamás se sintió tan inhumano como para desmentirlo y solo reía antes de murmurar entre dientes “Seguro, Ken. Tu madre podría tener sangre duṣṭa, nunca deberías descartarlo”.

—Podrías saberlo si me dejas terminar. —Le riñó, consiguiendo que al fin guardara silencio—. Él podía manipular el fuego a su antojo. Ya lo dominaba antes de tener la edad de Cassia.

Cassia, su hermana, contaba con catorce años y ya había sido transferida a otra colonia. Él, en cambio no tenía más de ocho y estaba ansioso por conocer más del mundo, incluso si era a través de “los cuentos fantásticos” del abuelo. No le importaba que su padre se molestara por todas las tardes que pasaba con el anciano, era lo que su inocente imaginación necesitaba en tiempos tan desesperanzadores.

—¡Era increíble entonces! —Exclamó, sin importarle que estuvo a punto de dejar sordo a su abuelo del otro oído—. ¿Y tú lo viste crecer?

—No. Lamentablemente, él ya era un adulto cuando lo conocí. —Procedió a contarle cómo fue su última visita, olvidando el verdadero propósito de aquella plática.

Era un viejo, nadie podría culparle sobre su escasa concentración y memoria al olvidar advertir sobre las cosas verdaderamente importantes a su pequeño nieto. En cambio, ese día pasó toda la tarde recordando las aventuras de los tiempos en que podía hacer todo lo que se le diera en gana.

Ese día, la vida de Cyrus Eerior por fin terminó. Cerró los ojos para siempre cuando obligó a Aiken a ir a cenar con su familia, dejándolo con la promesa de que le contaría la historia de Xero la mañana siguiente. La sabrás de cualquier forma, le aseguró con una sonrisa triste. Por supuesto, nunca se habría imaginado que su querido nieto se toparía con los mismos problemas que él y mucho menos que tendría la decencia de olvidar todo lo que se esforzó en relatarle.

—Será mejor que no te muevas, Aiken —murmuró alguien cerca de él—. Podría arrancarte la mitad del rostro si lo haces.

Hizo todo lo contrario, de cualquier forma. Se levantó de golpe, con la sensación algo frío chocar contra su mejilla al sentarse y recibiendo un lametazo en el acto. Como ya lo esperaba, Yannik comenzó a reír cuando Aiken frunció el ceño para mostrar su molestia, aunque ésta no duró mucho al ver lo que estaba frente a él.

Vaya forma de despertar.

—Es un baleon —remarcó Xero como si fuera demasiado obvio. Se encontraba algunos metros más lejos, preparaba el conejo que había cazado más temprano sobre la hoguera que Yannik se encargó de construir.

El enorme animal se acercó al pálido y tomó asiento junto a él. Era demasiado parecido a los lobos que siempre veía en los viejos documentales, con una mandíbula alargada y ojos penetrantes que lo observaban con atención. Su pelaje era verde —cosa que no hizo más que aumentar su incredulidad— e imitaba el mismo tono de las malezas que lo rodeaban. Aiken no conocía nada sobre medidas exactas, pero calculó que bien podría medir un metro y medio si caminaba sobre sus cuatro patas.




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